El vestido

Por ocho euros me he comprado en los chinos un vestido un como de señora con jardín. No me roza en ningún sitio, flota a mi alrededor cual fantasma doméstico y me siento como en el centro de una corola mientras me preparo el desayuno. La tormenta de la madrugada, como todo acontecimiento digno de mención, me ha abierto el apetito.

– No deberías sentirte tan contenta dentro de ese globo informe, me dice mi conciencia, esa eterna censora, siempre sobre mis hombros como caspa caída.

– Qué mas te dará que esté yo contenta esta mañana tan fresca, respondo, mientras me preparo un sándwich de queso

– ¿En serio te vas a comer eso? Mira, tienes manzanas en el frutero.

– Déjame un poquito en paz, ¿eh? La tormenta me ha emocionado y ya sabes que todo lo que me emociona, me da hambre.

– Hija mía, tú naciste con la boca abierta, esa es tu emoción primigenia.

– ¡Qué sabrás tú, que ni siquiera tienes cuerpo! Anda, métete para dentro y que las neuronas te den una lección de química.

– ¿En serio te vas a comer eso?

– ¡Y usted que lo vea!

– Eres imposible. Después no me vengas llorando.

Se esfuma. El disfrute del vestido y del desayuno también se han evaporado. Ahora miro el estampado, la flor que se abre sobre mi barriga como una diana. Avispas y abejorrillos, ¡cuidado! También he comprado un matamoscas.

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