Cabezas

Teníamos la cabeza ancha y aplastada, con una especie de vértebra discal en la coronilla que servía para que nos creciera una nueva cabeza cuando la anterior ya estaba llena. La mayor parte de los adultos andábamos por ahí con tres o cuatro cabezas, unas encima de otras. Lo malo era que cuando por error crecía una cabeza antes de que se hubiera llenado la anterior, se creaba una especie de bolsa de aire que impedía a las cabezas viejas utilizar el contenido de las nuevas. Éstas solo podían intercambiar información entre ellas, no con las que estaban por debajo de la bolsa de aire, cuyo contenido quedaba desvinculado. Como no había una cabeza principal, las de abajo terminaban por pensar de una forma y las de arriba de otra. Por suerte, era un fallo que se producía pocas veces, y la gente en general iba llenando sus cabezas según la capacidad de sus cerebros, sin huecos perturbadores de su funcionamiento.

Todo esto, que parece largo de explicar, duraba en el sueño lo que un parpadeo.