No abras

No abras, que no es el aire

quien llama a puertas y ventanas,

quien sacude los toldos

y las lonas del andamio.

Es un desconocido que arde en fiebre

y viene a robarle su fruto a la higuera,

el verde al jazmín

y al hibiscus la flor.

Es el mayordomo del desierto,

su valet bien entrenado,

cubierto de polvo y calamidad.

 

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Riego las macetas

Riego las macetas. Algunas son muy grandes. Huele a tierra caliente, agradecida y palpitante. Recuerdo los pajares en los que paren las gatas sus camadas, el olor a placenta en las cabezas de mis hijos recién nacidos, los diferentes aromas del sexo. Hay algo emocionante en este calor que, aun hecho jirones por el riego, rehúsa desprenderse y se queda en el aire dándole cuerpo a la luz amarillenta del ocaso.

Eclipse de luna

Pasó el eclipse, y hasta nuevo aviso la Tierra vuelve a ser un planeta sin sombra. O más bien, la sombra de la Tierra vuelve a fundirse con la oscuridad del universo como si ambas cosas, oscuridad y sombra, fueran una sola. ¿Lo son? La sombra es una oscuridad con vocación de protagonismo, un antagonista que nos ratifica, la nada que da fe de la materia. Ayer miraba la luna pensando que en esa sombra proyectada estamos todos y ninguno, los vivos, los enterrados, los incinerados y los que se ahogan en el mar, nuestros cuerpos y nuestros ácaros, como agua en una esponja que recupera su forma después de ser estrujada. La sombra de la Tierra, hoy como hace cuatro mil quinientos millones de años, cuando no había nadie que se parara a mirar la luna roja.

Te lo mereces

Entra un mensaje en el móvil: “TE MERECES… AÚN MÁS DESCUENTO”, así, en mayúsculas. Me quedo un poco perpleja. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Acudo al diccionario y de la consulta deduzco que comprar el líquido de las lentillas de mi hija en Visionlab es una acción o conducta que me hace digna de premio o alabanza. Madre de Dios, qué fácil es sentirse gratificada en nuestros días.

Quizás no le hubiera prestado atención al reclamo si justo ayer no hubiera surgido el tema en una conversación doméstica: cuán fácilmente damos por bien merecidas recompensas grandes o pequeñas, propias o ajenas, sin cuestionarnos si realmente se han hecho méritos para ello. Merecer… mérito… ¿eh? ¿eh?

No, no hablábamos de los likes de las redes, pero bueno, para el caso también valdría el ejemplo.

Y yo me quedé un poco consternada porque justo antes de ayer había escrito unos ripios que ahora miro con desconfianza. Pero como son de antes de entrar en este nuevo estado de consciencia, los doy por buenos. Ahí van, para todas, con cariño estival:

Querida, te mereces un descanso,

Leer un rato en el silencio de un jardín,

Pasear entre olivos al atardecer,

Beber vino y aferrarte

A la vida bajo las estrellas,

Desaparecer por un tiempo,

Guardar silencio,

O gritar, si quieres.

Dejar de ser el cuerpo nutricio,

El cuidado latente,

La presencia perenne.

Olvidar

Y ser caduca,

Empezar algo desde el principio,

Salir de la rueda del tiempo ajena

Y de cualquier pasado.

A.N.2018

Fantasmas

A veces noto que, en su periplo por el más allá, Danka me encuentra y me acompaña un rato, y yo me siento con mi perro fantasma como cuando de niña leía las novelas de Jack London. Nunca he experimentado la presencia de un ser humano difunto, y esto me hace pensar que a lo mejor es verdad eso que dicen, que los animales no van al cielo, aunque yo no crea ni en unas cosas ni en otras. Pero me divierte imaginar que, si fuera cierto y tuviera yo poderes, podría ver, con solo asomarme al balcón, todo tipo de animales paseando su incorporeidad entre coches y viandantes, desde chihuahuas a elefantes, pues tengo la impresión de que estas presencias no se aferran a ningún entorno en particular, excepto si fueron acuáticos. Tengo dudas con los insectos, que deambularían por tierra y cielo en masas vibrantes, oscureciendolo todo. Por eso, me siento inclinada a otorgarles la gracia de la reencarnación: un nuevo mosquito o pulga por cada mosquito o pulga muertos. Eso mantendría el equilibrio en la Tierra y a los animales espectrales libres de picaduras. Danka, no te preocupes, no necesitas collar antiparasitario.

Zona de confort

Desde que leí que la zona de confort no es lo que su nombre indica, no estoy a gusto en ningún sitio, como si me hubieran quitado el paraguas o mi peluche favorito y no tuviera en qué apoyarme, a quién agarrarme o cómo protegerme. Como un gato en la playa, me agazapo y busco un escondite y cuando estoy a gusto y a punto de empezar a ronronear, salta la alarma: ¡Cuidado! ¡Esto también podría ser una zona de confort! El invento de la dichosa zona de confort ha hecho el mundo más intolerablemente inhabitable de lo que ya era, ha vuelto al espíritu infinitamente más desconfiado y vigilante y ha transformado al ser humano en un explorador solitario intentando conquistar una cima que no existe. Por eso hoy me siento inclinada a abrazar las filosofías orientales, tomar el primer avión a Japón y precipitarme al templo de Todaiji para reptar por el tubo que desemboca en el agujero que representa el orificio nasal del Gran Buda, cuyo umbral atravesaré en la confianza de haber conseguido la iluminación en mi próxima vida. Así podré descansar y dejarme llevar por las circunstancias hasta que muera dulcemente soñando con ser posiblemente un moco, sí, pero un moco iluminado.

 

 

No soy buena nadadora

No soy buena nadadora, pero sé que cuando sea vieja y tenga el esqueleto como un palé mal claveteado, echaré de menos ese instante en el que manos, brazos, cabeza, hombros y el resto de este cuerpo utilitario entran en lo azul con los ojos abiertos, percibiendo los juegos de luces en el fondo de la piscina, el cambio de rasante de lo hondo a lo bajo y la nítida línea de la zona en sombra, deseando vivirlo a cámara lenta, prolongar ese momento de aislamiento estupefacto antes de salir resoplando y decirles a los otros si está buena el agua.