Premio

Una vez soñé que asistía a la entrega de un Nobel

en un gran teatro de Estocolmo, sobriamente lujoso.

Era yo muy joven.

También soñé que compraba tomates en NY,

en un puesto callejero.

Lo que recuerdo de ambos sueños es el color rojo

del terciopelo, de los tomates.

No hay lujo sin terciopelo, pero más lujo es sentir

el calor del sol sobre la piel de un tomate.

La escapista

¿Y qué pasa si a nuestro alrededor todo sucede como siempre,

si las glicinias y las bignonias siguen floreciendo,

si el polvo se sigue posando sobre los libros del estante,

si el gato sigue durmiendo enroscado en el cojín?

¿Qué pasa si nada cambia y se queda así eternamente?

¿No es esta mansedumbre de lo cotidiano,

esta facilidad con la que sucede lo pequeño,

este transitar despacioso de los días, el Paraíso?

¿No eres tú regando, restaurando, acariciando,

cuidando de cada ser y cada objeto,

no eres tú la creadora, la dueña del espejismo?

¿Por qué falla el holograma? ¿Por qué se descompone en mil imágenes grotescas?

¿De dónde salen los gritos, los aullidos?

¿No basta con ocuparse de todo a conciencia para que perdure

en calma hasta el fin de los tiempos, para fingir, incluso,

que se puede pacificar el mundo con el solo impulso del corazón,

que estas cuatro paredes no son porosas y permeables a la acción de lo exterior,

que esta carne no tiembla ante el dolor y ante el miedo,

porque tal cosa no existe cuando todo sucede a nuestro alrededor

como siempre?

Miro

Miro, con la paciencia de la nieve que se posa

una vez y otra, para convertirse en agua.

Con fingida inocencia, sin más propósito

que extenderse, se posa

cubriéndolo todo de preguntas blancas,

como si no supiera dónde, como si no supiera qué, como si no supiera cómo.

Hay un árbol del que cuelgan espejitos redondos

que tintinean y se empañan antes de quebrarse

con un ruido similar al del hielo que se resquebraja

en la superficie del lago, y el agua que corre por debajo

es como la que gotea de las ramas, solo que negra y honda.

Y llegados a este punto, miro, y vuelvo a estirar el velo

sobre el paisaje descompuesto, esperando

otro resultado tras la nevada nueva.

Hace algún tiempo

Hace algún tiempo escribí un relato que terminaba así: “Por eso nunca, nunca, escribe poemas de amor”. ¿Escribo yo poemas de amor? Sí, los escribo, aunque pocos. Y los enseño aún menos. Lo que no he escrito nunca es un poema de amor con la palabra “amor” dentro. Andaba pensando en eso estos días, en cual es la auténtica naturaleza de los poemas y canciones de amor ¿Se habla de lo que se tiene, de lo que se pierde, de lo que se desea? ¿Ha de sentirse uno en algún estado de ánimo especial? ¿O se trata solo de apartar la mente de las rutinas cotidianas, de la opresión del día a día, de lo plano, de lo insulso? Como para responder a esta pregunta, el ejercicio que me había propuesto -escribir un poema de amor con la palabra “amor” dentro- se “desenroscó”, él solito, después del debate de anoche. Ahí os lo dejo, para mojarlo en esta lluviosa mañana de abril cual churro en el café:

 

Mientras dure el amor no habrá

botellas de vino vacías,

ni velas recién encendidas

o a punto de apagarse.

Habrá siempre jabón

en el pompero,

arena

en el reloj,

rosas

en el rosal.

Todo, todo, estará

en pleno y abundante suceso,

obstinadamente dispuesto

a volver a repetirse.

Mientras dure el amor, nada será

sombra paralizada,

enfrentamiento hosco de ayeres y mañanas.

Mientras el amor dure, el presente

irá durando,

irá siendo,

irá estando.

Un gato

Estoy nerviosa. Me enderezo en la silla, cierro los ojos y relajo los brazos:

– Ooommmmmmmmm, …

Así, varias veces.

El sonido cada vez me retumba más en el pecho y en la cavidad bucal, incluso noto cierta vibración en los dientes. Visualizo a mi gato, cuando caza moscas vivas y las deja aletear entre sus labios. Me río por dentro, como un Buda feliz, y recuerdo unas líneas que escribí leyendo la novela de Natsume Soseki “Soy un gato”, que me regaló mi querido amigo y desconocido artista Julio Queipo Ferragut:

 

Un gato llega hasta la valla del jardín.

Un perro, hasta las afueras del pueblo.

Un niño, hasta las lindes del bosque.

Un cazador, hasta lo más profundo.

Un ciervo, hasta los pastos del valle.

Un lobo, hasta el cercado comunal.

Un zorro, hasta el gallinero.

¿Dónde están los límites?

 

El instinto y la necesidad marcan los límites.

También la imaginación.

Y el miedo.

 

Feliz semana de primavera adelantada. Las glicinias están ya en plena floración y el viento de marzo se lleva los pétalos a ráfagas. El cambio climático es real.

 

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Las desnoches

¿Qué es esto?

Son tus desnoches, querida,

la forma en que te desvaneces

cuando duermes, el modo

en que se desdibuja tu rostro,

incluso cuando te desvelas,

o ante el rumbo desconocido

de tus sueños,

desde antes de desmaquillarte

hasta después de despertarte.

Hoy masticabas

los bordes de un filete que eran

todo nervio, y dejabas en el plato

el centro intacto y tierno.

Qué belleza, qué emoción.

Solo lo mejor para quien venga a verlo.

Solo lo mejor.

Sangre

Hoy mi sangre huele a bosque

a corzo abatido, a dentellada,

a raíz y suelo húmedo, a hojas mojadas

por una fina y persistente lluvia.

 

Huele a techo verde y vivo,

a luz filtrada y oscuridad temible.

Huele a todo lo que respira y vibra

y tiembla y se sobresalta y huye.

 

Hoy mi sangre es una despedida

anticipada, un abandono,

el íntimo abrazo, ¿el último?,

antes de la partida.

La redacción

Estos días me he estado acordando de una antigua profesora de lengua y literatura que me dio clase a los ocho o nueve años. Nos había pedido que hiciéramos una redacción sobre la lluvia, porque empezaba la primavera y habíamos leído el poema de Machado: “Son de abril las aguas mil…”. En aquella época vivía en las afueras de un pueblo que ahora está totalmente rodeado de urbanizaciones, pero por entonces aquello era campo. Como no tenía más que una vecina con la que jugar por las tardes, desarrollé una naturaleza más bien contemplativa. O quizá nací con ella, quién sabe. El caso es que podría haber escrito páginas y páginas sobre la lluvia, pero en aquel momento solo quería contar una cosa: había llovido recientemente y, como hacemos en tantas ocasiones, me había entretenido en mirar cómo resbalaban las gotas por el cristal de la ventana y al hacerlo, se me había venido a la cabeza la manera de describirlo con apenas tres frases cortas. Eso fue lo que escribí en mi redacción. Cuando se la enseñé a mi profe me preguntó: “¿No escribes nada más?” Era tímida, pero por una vez no me costó nada defender que no había nada más que quisiera decir sobre la lluvia en aquel preciso momento. Ella me dijo que de esa forma no me podía poner nota alta y yo lo acepté. Esperaba un suspenso, pero me aprobó, y yo me sentí plenamente satisfecha. Pensando en ello me doy cuenta de que aquello fue un acuerdo tácito en el que ella entendió algo que yo comprendí mucho más tarde: que aquello era, infantilmente, prosa poética y que lo que yo había mantenido era una actitud estética. Y lo que también sé yo ahora es que parte de la simplicidad emotiva de aquel pequeño texto derivaba de que esa tarde, junto a la ventana, mi padre estaba conmigo.

Chopo

Hojas secas y palomas

revolotean

en esta ventosa mañana

bajo un sol de invierno,

mientras el agua de la fuente

desliza su lengua sobre el blanco mármol

a los pies de la estatua de Colón,

aquí, en Plaza de España, y mi perro

bebe apaciblemente de un charco.

chopo4meses

¡Éste es Chopo!

Mujer que se depila

Mujer que se depila

En un vagón de metro

Las cejas con unas pinzas

Y para en cada parada

Como es debido

Para volver a su tarea

Al ponerse el tren en marcha

Después refresca su rostro

Con agua micelar

Y se da brillo en los labios

Mientras de su bolso

De falso charol

Asoma un neceser rosa

Como sus uñas postizas

Envidia de un mandarín

Me fijo en su pantalón

De chandal pitillo

En sus sneakers

En su chaquetilla

Y ya está

Hemos llegado

 

¿Por qué lo cuento así, en columna? Pues porque es uno de esos poemas de la vida cotidiana.