El precio de una rosa

Cuando todo está ya limpio y ordenado,

y observas tu hogar tibio y transparente,

te sientas dolorida y te preguntas

¿cuál es el precio de una rosa?

…..

A tu paso dejas pétalos caídos,

de tu espalda se desprenden como plumas.

“Tendré que recogerlos luego”, piensas.

Pero es otoño, puede esperar un poco.

…..

Por todo tu cuerpo afloran las espinas,

rozas con ellas las paredes de la casa.

¡Cuidado, hay una caja dentro de una caja!

Y afuera el cielo, azul y líquido.

…..

¿Por qué el mundo desprende tanta arena?

La integridad se desmorona lentamente.

Por todas partes cae la cal molida

del tiempo, la polilla de la muerte.

…..

“Aroma de rosas”, piensas.

Perfume, ambientador, insecticida.

Olor hecho veneno, lecho veneno.

Mentira del idioma, eso de aroma.

…..

Todo vuelve a estar como al principio,

cubierto de plumas, cal, arena y hiedra

que ha crecido en una esquina, imperceptible.

El precio de la perfección y la belleza.

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Dos palomas

Dos palomas se cortejan trazando círculos sobre la acera. Una es gris, la otra parda. Las palomas de la Biblia son blancas. También las de los magos… ilusionistas, claro. La ilusión nos mantiene vivos en este mundo y nos prepara para el otro. La ilusión hay que mantenerla intacta, hay que vestirla de blanco. ¿Qué pasaría si el Espíritu Santo fuera una paloma gris, como esas que se acurrucan en los aleros, picotean en las aceras, se persiguen en círculos y mueren en cualquier esquina; esas palomas llenas de bichos que todo lo ensucian y a las que solemos llamar ratas de ciudad, que solo nos gustan cuando nuestros niños se divierten con ellas, unas veces tirándoles migas, otras asustando a las pequeñas bandadas que se posan en la arena bajo el sol de invierno? A veces, cuando veo una paloma moribunda, me pregunto si su alma se desprenderá en forma de paloma blanca.

Me despierto antes que mis brazos

Últimamente me despierto antes que mis brazos. Solo después que probar la temperatura del suelo con las plantas de los pies, ensayar la verticalidad y dar unos pocos pasos, cuando ya se hace imprescindible bajar el picaporte del baño o subir la tapa del váter, mis brazos hacen un esfuerzo por desperezarse en medio de un cosquilleo como de espuma de mar. No puedo explicarme a qué se debe este despertar en segunda convocatoria, a menos que sea mi cuerpo indicándome que aquí no soy yo la propietaria, sino una simple inquilina a la que no va a parar de subir el alquiler. Entonces me acuerdo de la vitamina efervescente que tomo por las mañanas y lo entiendo todo: es mi organismo eliminando las burbujas del día anterior.

Uñas

Aquella mirada grave de pequinés, aquellas formas redondeadas y acogedoras, la edad bien asentada bajo la piel aún tersa… Había, sin embargo, algo en ella que hacía pensar en un tigre de Hokusai. El pelo oxigenado, el vestido rojo, la profusión de joyas, el bolso con estampado de leopardo… y las uñas: las de las manos decoradas con diseños y colores de fantasía y, en la Patagonia de su cuerpo, ¡oh, Señor!, las de los pies, que curvándose en el extremo de los dedos se precipitaban sobre la elevada plataforma de las sandalias como pingüinos a punto de saltar al mar.

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Hokusai. Tigre en la nieve, 1840.

 

En mi vida paralela

En mi vida paralela, esa vida imaginaria en la que me refugio cuando no estoy muy ocupada, he recorrido las islas griegas, he contemplado las pirámides al atardecer ignorando la gran masa gris de El Cairo, he visitado las galerías y museos de Nueva York y me he refugiado en un pequeño pueblo escandinavo frente a un mar helado. He sido una mujer de éxito, he trabajado en organismos internacionales, me he ido a vivir a un lugar perdido y paso las vacaciones en Francia. De joven estudié en el extranjero y estuve fuera el tiempo suficiente como para añorar mi tierra. Nada me ata, nada me retiene y siempre, siempre, puedo elegir. Pero hoy… Hoy me he descubierto absorta en una rara ensoñación, intentando imaginar qué manías tendré de vieja, si comeré la mermelada directamente del tarro, como Louise Bourgeois, o un aguacate diario, como Leonora Carrington, o la fruta en puré, como mi madre, aunque tenga mejores dientes que yo. Manías modestas, manías como las de cualquiera, que quizás sean los últimos reductos de libertad y albedrío que les quedan a los ancianos, pequeñas costumbres irrenunciables ante los rápidos cambios en sus condiciones de vida, los deterioros que se producen de un año para otro, de un mes para otro, mientras los demás los observamos creyéndolos congelados en el tiempo. La mujer arrogante que llevo dentro ha vuelto a replegarse ante la rigurosa minucia de la vida.

Freudiana

Me contaron hace poco que la psicología actual rechaza la interpretación freudiana de los sueños… ¡Ya era hora! Pregunté, claro, si eso anulaba cualquier otro tipo de interpretación, si los sueños se habían emancipado, por fin, de la psique del individuo, del peso de sus traumas, de sus complejos… Incluso imaginé, durante un segundo de ensoñación, la muerte como una explosión de nuestra capacidad de visualizar, como la suelta de ideas, enlazadas hasta entonces por frágiles hilos asociativos, liberadas en el espacio-tiempo para que evolucionen por puro azar, el alma como una disgregación de sueños lanzados en partículas al negro vacío de lo eterno… Pero me dicen que no, que no me entero.

Planos

Ocurre, con los objetos volumétricos – la realidad, en fin, – que a menudo no somos capaces de aprehender su belleza mediante un método directo de traslación, puesto que ésta se halla simultáneamente en varios planos. Entonces no queda más remedio que acudir a otro plano, por ejemplo, el de lo simbólico. Por lo demás, como sabemos, todas las piedras son prehistóricas. Eso es un hecho.

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