La redacción

Estos días me he estado acordando de una antigua profesora de lengua y literatura que me dio clase a los ocho o nueve años. Nos había pedido que hiciéramos una redacción sobre la lluvia, porque empezaba la primavera y habíamos leído el poema de Machado: “Son de abril las aguas mil…”. En aquella época vivía en las afueras de un pueblo que ahora está totalmente rodeado de urbanizaciones, pero por entonces aquello era campo. Como no tenía más que una vecina con la que jugar por las tardes, desarrollé una naturaleza más bien contemplativa. O quizá nací con ella, quién sabe. El caso es que podría haber escrito páginas y páginas sobre la lluvia, pero en aquel momento solo quería contar una cosa: había llovido recientemente y, como hacemos en tantas ocasiones, me había entretenido en mirar cómo resbalaban las gotas por el cristal de la ventana y al hacerlo, se me había venido a la cabeza la manera de describirlo con apenas tres frases cortas. Eso fue lo que escribí en mi redacción. Cuando se la enseñé a mi profe me preguntó: “¿No escribes nada más?” Era tímida, pero por una vez no me costó nada defender que no había nada más que quisiera decir sobre la lluvia en aquel preciso momento. Ella me dijo que de esa forma no me podía poner nota alta y yo lo acepté. Esperaba un suspenso, pero me aprobó, y yo me sentí plenamente satisfecha. Pensando en ello me doy cuenta de que aquello fue un acuerdo tácito en el que ella entendió algo que yo comprendí mucho más tarde: que aquello era, infantilmente, prosa poética y que lo que yo había mantenido era una actitud estética. Y lo que también sé yo ahora es que parte de la simplicidad emotiva de aquel pequeño texto derivaba de que esa tarde, junto a la ventana, mi padre estaba conmigo.

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Chopo

Hojas secas y palomas

revolotean

en esta ventosa mañana

bajo un sol de invierno,

mientras el agua de la fuente

desliza su lengua sobre el blanco mármol

a los pies de la estatua de Colón,

aquí, en Plaza de España, y mi perro

bebe apaciblemente de un charco.

chopo4meses

¡Éste es Chopo!

Mujer que se depila

Mujer que se depila

En un vagón de metro

Las cejas con unas pinzas

Y para en cada parada

Como es debido

Para volver a su tarea

Al ponerse el tren en marcha

Después refresca su rostro

Con agua micelar

Y se da brillo en los labios

Mientras de su bolso

De falso charol

Asoma un neceser rosa

Como sus uñas postizas

Envidia de un mandarín

Me fijo en su pantalón

De chandal pitillo

En sus sneakers

En su chaquetilla

Y ya está

Hemos llegado

 

¿Por qué lo cuento así, en columna? Pues porque es uno de esos poemas de la vida cotidiana.

Esqueleto río puente

¿Qué pasa cuando un puente se refleja en el río?

¿No permanece en cada gota el reflejo?

¿No está el mar inundado de diminutos puentes,

pequeños esqueletos retorcidos como hipocampos metálicos?

Ahí van los huesos de acero del puente, río abajo,

y no hay palabra más larga que río

en lo que río es vida y así

la vida y su esqueleto discurren juntos sin más finalidad

que soportarse mutuamente.

¿Y si a la postre resultara

que la misión del puente

no era cruzar el río?

 

Dedicado, con todo el cariño, a las piezas con río y puente de Isidro Blasco.

https://www.facebook.com/events/276387186379128/

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Instalación de Isidro Blasco en Revised Realities, Esther Massry Gallery, Albany, EEUU.

 

Pasó el uno de enero

Pasó el uno de enero, como un paréntesis. Ese primer día del año que para mí es casi siempre un día en blanco; día de desidia, de letargo, de pereza y, a menudo, de jaqueca: el día después. No quiero más celebraciones de fin de año. Creo que prefiero mínimos gestos nocturnos en íntimo silencio, menos jolgorio y más regocijo, menos aspaviento y más gozo. La última noche del año preferiría libar, más que comer, libar un néctar mágico lleno de energía y sustancias inmunológicas, y brindar con besos. En vez de eso, cena para doce, vinos, cava, polvorones, campanadas y turrones. Silencio, por favor. Que los próximos 364 días sean como una suave sábana en la que vivir nuestros sueños.

No recuerdo

No recuerdo la mayor parte

de mis cumpleaños,

los viajes de la infancia,

los hoteles

en los que dormí una sola noche,

las noches de fiesta,

las discusiones,

casi nada de lo que me cuentan,

muchas películas al salir del cine,

muchos libros al cerrar las tapas,

muchos poemas que me gustan

y querría recordar.

No recuerdo los rostros

y sus nombres,

los nombres y sus cargos,

los cargos y su altura.

Pero recuerdo haber deseado

mucho de lo que tengo.

Mucho de lo que me ha pasado

recuerdo haberlo deseado,

malo o bueno, no es esa la cuestión,

unas cosas conducen a otras

y al final, ya sabes…

Reconoce ahora, si te atreves,

que querrías desear menos

y recordar más.

 

Disociación

Tememos por nuestras mujeres, por nuestras niñas. Siempre. Es un peso que se lleva en el corazón. ¿Hasta cuándo?

No se equivoca la niña cuando cuenta
con los ojos cerrados los golpes de la cuerda,
la que se desafía a sí misma en cada salto,
cada vez que estalla su sonido en la arena.
No necesita abrir los ojos para saber
que una nube de polvo envuelve sus piernas,
que pequeñas grietas como ríos
surcan el charol de sus zapatos,
que la borla de sus calcetines blancos
se ha deslizado ya hasta sus tobillos
y que su trenza sube y baja
como un pequeño látigo dócil.
Los latidos de su corazón
acompañando a los chasquidos,
las mejillas arreboladas, sudando,
la niña salta y cuenta, en un murmullo,
y no se equivoca, allí, en la oscuridad.