Un gato

Estoy nerviosa. Me enderezo en la silla, cierro los ojos y relajo los brazos:

– Ooommmmmmmmm, …

Así, varias veces.

El sonido cada vez me retumba más en el pecho y en la cavidad bucal, incluso noto cierta vibración en los dientes. Visualizo a mi gato, cuando caza moscas vivas y las deja aletear entre sus labios. Me río por dentro, como un Buda feliz, y recuerdo unas líneas que escribí leyendo la novela de Natsume Soseki “Soy un gato”, que me regaló mi querido amigo y desconocido artista Julio Queipo Ferragut:

 

Un gato llega hasta la valla del jardín.

Un perro, hasta las afueras del pueblo.

Un niño, hasta las lindes del bosque.

Un cazador, hasta lo más profundo.

Un ciervo, hasta los pastos del valle.

Un lobo, hasta el cercado comunal.

Un zorro, hasta el gallinero.

¿Dónde están los límites?

 

El instinto y la necesidad marcan los límites.

También la imaginación.

Y el miedo.

 

Feliz semana de primavera adelantada. Las glicinias están ya en plena floración y el viento de marzo se lleva los pétalos a ráfagas. El cambio climático es real.

 

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Las desnoches

¿Qué es esto?

Son tus desnoches, querida,

la forma en que te desvaneces

cuando duermes, el modo

en que se desdibuja tu rostro,

incluso cuando te desvelas,

o ante el rumbo desconocido

de tus sueños,

desde antes de desmaquillarte

hasta después de despertarte.

Hoy masticabas

los bordes de un filete que eran

todo nervio, y dejabas en el plato

el centro intacto y tierno.

Qué belleza, qué emoción.

Solo lo mejor para quien venga a verlo.

Solo lo mejor.

Sangre

Hoy mi sangre huele a bosque

a corzo abatido, a dentellada,

a raíz y suelo húmedo, a hojas mojadas

por una fina y persistente lluvia.

 

Huele a techo verde y vivo,

a luz filtrada y oscuridad temible.

Huele a todo lo que respira y vibra

y tiembla y se sobresalta y huye.

 

Hoy mi sangre es una despedida

anticipada, un abandono,

el íntimo abrazo, ¿el último?,

antes de la partida.

La redacción

Estos días me he estado acordando de una antigua profesora de lengua y literatura que me dio clase a los ocho o nueve años. Nos había pedido que hiciéramos una redacción sobre la lluvia, porque empezaba la primavera y habíamos leído el poema de Machado: “Son de abril las aguas mil…”. En aquella época vivía en las afueras de un pueblo que ahora está totalmente rodeado de urbanizaciones, pero por entonces aquello era campo. Como no tenía más que una vecina con la que jugar por las tardes, desarrollé una naturaleza más bien contemplativa. O quizá nací con ella, quién sabe. El caso es que podría haber escrito páginas y páginas sobre la lluvia, pero en aquel momento solo quería contar una cosa: había llovido recientemente y, como hacemos en tantas ocasiones, me había entretenido en mirar cómo resbalaban las gotas por el cristal de la ventana y al hacerlo, se me había venido a la cabeza la manera de describirlo con apenas tres frases cortas. Eso fue lo que escribí en mi redacción. Cuando se la enseñé a mi profe me preguntó: “¿No escribes nada más?” Era tímida, pero por una vez no me costó nada defender que no había nada más que quisiera decir sobre la lluvia en aquel preciso momento. Ella me dijo que de esa forma no me podía poner nota alta y yo lo acepté. Esperaba un suspenso, pero me aprobó, y yo me sentí plenamente satisfecha. Pensando en ello me doy cuenta de que aquello fue un acuerdo tácito en el que ella entendió algo que yo comprendí mucho más tarde: que aquello era, infantilmente, prosa poética y que lo que yo había mantenido era una actitud estética. Y lo que también sé yo ahora es que parte de la simplicidad emotiva de aquel pequeño texto derivaba de que esa tarde, junto a la ventana, mi padre estaba conmigo.

Chopo

Hojas secas y palomas

revolotean

en esta ventosa mañana

bajo un sol de invierno,

mientras el agua de la fuente

desliza su lengua sobre el blanco mármol

a los pies de la estatua de Colón,

aquí, en Plaza de España, y mi perro

bebe apaciblemente de un charco.

chopo4meses

¡Éste es Chopo!

Mujer que se depila

Mujer que se depila

En un vagón de metro

Las cejas con unas pinzas

Y para en cada parada

Como es debido

Para volver a su tarea

Al ponerse el tren en marcha

Después refresca su rostro

Con agua micelar

Y se da brillo en los labios

Mientras de su bolso

De falso charol

Asoma un neceser rosa

Como sus uñas postizas

Envidia de un mandarín

Me fijo en su pantalón

De chandal pitillo

En sus sneakers

En su chaquetilla

Y ya está

Hemos llegado

 

¿Por qué lo cuento así, en columna? Pues porque es uno de esos poemas de la vida cotidiana.

Esqueleto río puente

¿Qué pasa cuando un puente se refleja en el río?

¿No permanece en cada gota el reflejo?

¿No está el mar inundado de diminutos puentes,

pequeños esqueletos retorcidos como hipocampos metálicos?

Ahí van los huesos de acero del puente, río abajo,

y no hay palabra más larga que río

en lo que río es vida y así

la vida y su esqueleto discurren juntos sin más finalidad

que soportarse mutuamente.

¿Y si a la postre resultara

que la misión del puente

no era cruzar el río?

 

Dedicado, con todo el cariño, a las piezas con río y puente de Isidro Blasco.

https://www.facebook.com/events/276387186379128/

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Instalación de Isidro Blasco en Revised Realities, Esther Massry Gallery, Albany, EEUU.