Paraguas

Como murciélagos han salido esta primavera los paraguas de armarios, cajones, trasteros y hasta desvanes, en definitiva, de todos los rincones oscuros a los que sus dueños los habían relegado en este Madrid en el que nunca llueve. Muchos habían quedado olvidados en los garajes o en los maleteros de los coches porque oye, caen cuatro gotas, pero ¿para qué sacar el paraguas? Mejor sacamos el todoterreno. Los madrileños somos así. Otro clásico nuestro de cara, literalmente, a la lluvia, es ese gorrito como de gabardina, de alas cortas y caídas, igualito al que usa la reina inglesa para pasear por sus muy británicos y encharcados dominios. Estos gorritos abundan, me he fijado, en los barrios buenos, y debajo de él todas las mujeres tienen la misma cara de cutis perfecto, monísima pero insulsa de tan educada en el arte de la inexpresividad. “No gesticules”, nos decían de crías, “que salen arrugas”.

Se puede calibrar la gravedad de la cuestión pluvial en Madrid, no ya por los atascos de tráfico, sino por la cantidad de paraguas de palo que portan sus habitantes. Los madrileños de a pie somos más de paraguas plegable, en parte por escepticismo y en parte por pundonor: parece que va a llover, sí, pero nunca se sabe ¿Y si luego no llueve? ¿Vas a ir paseando bajo el famoso cielo azul de Madrid un paraguas gigantesco, como prueba fehaciente de que no conoces el clima de tu ciudad, de que no eres un gato de tercera generación? ¿Quieres parecer un turista oriental temeroso de los joviales rayos de nuestro sol? ¡No, qué bochorno! El paraguas plegable se escamotea fácilmente en el bolso, en la cartera, incluso lo puedes deslizar sin remordimiento en una papelera y ya le comprarás otro a los chinos cuando vuelva a llover. Por eso en estos días, sentada en el vagón del metro, cuando miro a mi alrededor y veo que todos los allí reunidos llevamos nuestros paraguas de palo, lo valoro como un hecho histórico, un hito meteorológico.

Otro asunto es el del calzado. Aquí, los fabricantes de botas de goma no tienen nada que hacer, a menos que nos convenzan de que están de moda, como hicieron hace dos años: fueron listos cuando modificaron el diseño y acortaron la caña, convirtiéndolas en botines urbanos. Pero ahora no veo a nadie que los lleve: están pensados para una ligera humedad, no para los profundos charcos de los bordillos. Como tampoco veo a nadie con impermeable. En realidad, si lo pienso, no he visto un impermeable en Madrid desde mediados de los setenta…

En estas cavilaciones andaba cuando, justo delante de mí, surgió de la nada una mujer con impermeable negro. La capucha era tan grande que aun llevándola sobre los hombros casi le tapaba la cabeza. Vista desde atrás, parecía Darth Vader. Juro que hice un esfuerzo por adelantarla para ver si llevaba un paraguas láser, pero se desvaneció entre la gente cual fantasma.

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Flores de albaricoque

Voz 1:

Sobre las ramas desnudas

como suspiros de abril

las flores de albaricoque

ensayan su perfil.

 

Voz 2:

…descubiertas por el sol en su declive,

reveladas sus formas contra el muro,

equilibrio de fantasmas diminutos,

desconcierto de lo claro vuelto oscuro…

 

Voz 3:

Definidas por su sombra,

en la luz inmateriales.

La suma breve

de lo fugaz y lo leve.

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La primavera tiene muchas voces.

Uno de abril

Salgo a la terraza y me asomo por la barandilla. Desde arriba veo a mis primas subirse a un taxi con las maletas. Es mi ritual de despedida. Las calles están casi vacías, el sol apenas empieza a calentar los muros de los edificios. En el cielo cuento hasta doce estelas de aviones. Me doy la vuelta y a través de la ventana observo a mi hija que duerme plácidamente envuelta en su edredón. Su gato me mira, sentado en la mesilla. Yo estoy en bata y zapatillas y empiezo a tener frío. Paso bajo las glicinias, que están empezando a brotar, y vuelvo al calor del hogar. Le abro al gato la puerta del dormitorio. Me preparo un té. Ojalá el domingo transcurriera a cámara lenta y en silencio.

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Genio

Ayer la primavera parecía haberse estrellado contra la acera, posiblemente descalabrada por el fuerte viento de marzo, cuando salí a la calle. Un empleado del Papizza baldeaba el suelo y los transeúntes nos arrimábamos a la pared del Edificio de la Prensa para no pisar los regueros de agua marrón y rosada que escurrían calle abajo. La ambulancia del Sámur seguía allí, a puerta cerrada, como un huevo de Pascua.

Aunque yo había andado todo el día de cabeza, puse buen cuidado para no llenarme de sangre la suela de los zapatos, y no conseguí superar la impresión hasta la noche, cuando un correo electrónico me trajo la siguiente noticia: “Geni le informa: ¿sabe que está emparentado con Ibsen?”.

Una de las cosas que ayer me tenían algo alterada era lo que di en llamar “la tristeza de las redes”. Pues bien, Geni es una más de esas redes que, según y cómo, nos entretienen o nos causan ansiedad, una ansiedad cósmica relacionada con la soledad y la insignificancia de cada ser en el mapa estelar de la historia. Cuánto nos esforzamos –como al parecer debe hacer el artista- en construir y mantener una individualidad, y cuántas veces deseamos, al mismo tiempo, ser uno más, indiscernible de los otros, parte de un todo, como una gota de agua que cae en el mar.

Retomando el hilo, Geni, que significa “genio” en sueco, es en realidad una web en la que los usuarios van construyendo sus árboles genealógicos, que se convierten en redes enormes cuando el sistema (o sus gestores) interrelacionan unos árboles con otros. El de mi familia, según por donde vayas ascendiendo, llega más o menos hasta mediados del s.XVI, y es un auténtico mareo visualizar las incorporaciones de nuevos miembros y sus ramificaciones.

Puesto que los árboles genealógicos tienen tantas ramas, es normal que, tarde o temprano, un pájaro se pose en alguna de ellas. En mi árbol el pájaro es Ibsen, que era descendiente del tío-bisabuelo de la tatarabuela de mi abuela paterna, o lo que es lo mismo, primo en quinto grado de la madre de mi abuela, lo cual, en definitiva, significa que la abuela de Ibsen y mi bisabuela tenían el mismo apellido, Plesner.

Pero si no fuera porque se trata de Ibsen, compartir su ADN sería como llevar sangre de un desconocido en los zapatos. Porque, lo confieso, no fue la primavera, sino un desafortunado viandante quien dio con la cabeza contra el suelo ayer junto al metro de Callao.

Si os apetece saber más sobre la etimología de “genio” y “genética”, os dejo este enlace:

http://etimologias.dechile.net/?genio 

IbsenPorSusanWeil      IBSEN por Munch

Ibsen según Susan Weil y Edvard Munch

Lluvia de marzo

Poco a poco, imperceptiblemente, la lluvia resbala sobre el membrillero japonés. Aún no tiene ni una hoja, pero sus brazos de palo se adornan de flores rojas que se reúnen en grupos, como colegialas. Cuando una gota se ha deslizado hasta el borde mismo de un pétalo, se queda colgando y durante un rato las flores parecen pendientes llevando pendientes. Esta noche, cuando yo me acueste, ellas seguirán luciendo sus leves joyas en la oscuridad de la terraza mientras, seis pisos más abajo, los mendigos protegen sus cartones de la lluvia.

Dice Wislawa Szymborska: “la belleza es descanso”.