Nada me sorprende

 
 
 
 Hojas amarillas han caído
 entre las púas de los pinos
 y brillan húmedas, pero a mí
 nada me sorprende.
  
 Un niño ha perdido un guante
 y alguien lo ha encajado
 en la punta de una rama.
 Me saluda con la mano, pero hoy
 nada me sorprende.
  
 Con trote abandonado mi perra camina
 y cambia de parterre sin razón aparente,
 las orejas enhiestas, aguzando el oído.
 Bien sé que está muerta, pero ya
 nada me sorprende.
  
 Al llegar a casa guisaré la carne
 que tengo en la nevera.
 Hígado de ángel, pone en el paquete,
 cuatrocientos treinta gramos.
 Ni siquiera eso me sorprende.

De aquí me quedo

 De esta ciudad, que se desparrama al borde del mar,
 que se va, languideciendo hacia el infinito
 aplastado por el sol, aplastado por la bruma,
 aplastado por el indeciso color de las horas de tránsito,
 que allí donde la tierra se arremanga del agua
 se vuelve línea perenne y férrea, navegable para otros,
 desconocido borde del mundo imaginado antes de mí por todos…
 De esta ciudad me quedo, fundida con su gris sustancia.
 De este infinito me quedo, aplomada en el presente.
 De esta línea me quedo, sin líneas, sin palabras. 

Sylvette

Si en mi árbol genealógico retrocedo veinticuatro generaciones en línea directa hasta encontrarme, en el año mil ciento y pico, con mi ilustre antepasado Otto I van Bentheim van Rheineck, conde de Bentheim (estado del Sacro Imperio Romano Germánico, localizado en la esquina suroccidental de la actual Baja Sajonia, según la Wikipedia), y desde allí salto a la rama de su hermano y desciendo de nuevo las veinticuatro generaciones entre los terciopelos y oropeles de diversos condes y duques, e incluso de una reina regente, me doy de bruces con Lydia Corbett, más conocida como Sylvette o “la chica de la cola de caballo”, que, desprovista de títulos y retratos oficiales desde cuatrocientos años antes de su nacimiento quedó sin embargo inmortalizada para la posteridad nada menos que por Pablo Picasso, de modo que, si no su nombre, por lo menos su apodo y su rostro son más conocido que los de cualquiera de sus sangreazulados tatara-tatarabuelos.

Picasso hizo a Lydia/Sylvette más de sesenta retratos y, en el silencio de las sesiones de posado, ella empezó a dibujar. Fue una transformación profunda. Cuando empezó a pintar y a exponer, lo hizo con el nombre con que la bautizó Picasso y el apellido de su segundo marido, para evitar el aura de musa. Pero un artista debe saber borrar sus huellas, no basta con cambiarse el apellido. Picasso lo sabía y por eso, en los estudios de sus amigos, entraba descalzo y salía de puntillas. Sylvette, en cambio, es inevitablemente picassiana (además de chagalliana y matissiana). Como decía Jaqueline, “Picasso no era el sol, pero era la sombra del sol”. Una sombra alargada, alargadísima. O, en mis propias palabras: la sombra de Picasso es un coñasso.

Óleo de Picasso de 1954 y retrato de Sylvette del fotógrafo André Villers

La ventana

Creía no haberme dormido cuando me despertó la lluvia. Este ático tiembla entero cuando hay tormenta y con cada trueno parece que fuera a partirse en dos como una granada madura. Pero esta vez era la lluvia la que, unas veces por encima, otras por debajo de los chasquidos y bramidos eléctricos, ponía un telón sonoro que me resultaba irreconocible porque, más que un golpeteo, era como un raspar con lija gruesa la casa toda. Parecía llover en el pasillo, en el salón, en cada dormitorio… Así lo percibía desde la cama y me levanté a cerrar la ranura que había dejado abierta en algunas ventanas. Al otro lado de los cristales, la cortina de agua no dejaba ver el final de la calle, opacaba la luz de las farolas y resbalaba, continua y precipitadamente, por la fachada del edificio de en frente, simulando la cascada de una piscina de diseño moderno. Muchas ventanas brillaban iluminadas, vecinos que, como yo, no querían perderse el espectáculo de la gran tormenta anunciando el final del verano.

Además de iluminada, la ventana del séptimo en la casa de la esquina estaba abierta y enmarcaba a una pareja que grababa un vídeo desafiando a los elementos. Me quedé un rato mirándolos, imaginando el interior de esa cocina, el suelo encharcado por la lluvia, el fregadero con los platos de la cena amontonados, y sabía que el baile estaba a punto de empezar, que el camisón mojado de ella, la camiseta mojada de él, el hecho de que hubiera vecinos en las ventanas, de que la luz de su cocina se esparciera cálida a su alrededor, de que hubiera cesado la lluvia dejando olor a ciudad lavada, era un escenario idóneo para su fantasía habitual. Y así, una caricia por aquí, otra por allá, él detrás, apoyando ella en el alféizar su generosísimo escote, se entregaron de nuevo a su ritual de deslumbramiento del vecindario, a la exhibición de su pasión y su energía sexual, esta vez, eso sí, sin gritos y gemidos estentóreos, como los que lanzaban aquellas primeras noches del pasado verano hasta que los vecinos nos dimos cuenta de que su ventana era como un canal de Youtube y ya no les resultó necesario seguir publicitándolo.

Me veía a mí misma junto al cristal, en la oscuridad de mi salón, revelada a las miradas con cada resplandor azul de los relámpagos, como en una película de terror, y sabía que ellos podían verme, es más, que esperaban verme, que atisbaban mi aparición con cada destello, igual que cuando salgo a la terraza o cada vez que me asomo al balcón, que mi mirada forma parte de su razón de ser como pareja. Y, como esos niños malos que tiran piedras a los perros en plena cópula, bajé la persiana y me fui a dormir.

La báscula

Esta mañana he decidido plantarle cara a la realidad y me he subido a la báscula. La realidad suele ser muy dura, así que mi báscula lleva escrito un mensaje alentador: “Nobody is perfect but you”, y un dibujo de una oveja. Mientras levantaba el pie izquierdo pensaba que el mensaje estaba un poco llevado al extremo, que no necesito ser la única oveja perfecta. Al apoyar el pie derecho me he dado cuenta de que a la báscula se le había acabado la pila. No he podido evitar un suspiro de alivio. Me quedo con el mensaje y me ahorro el disgusto.

Después he empezado a pensar qué otros mensajes podría haber en mi vida cotidiana que me hicieran más llevaderas las tareas. Por ejemplo, en las macetas podría poner “Todas te queremos”; en la bandeja en la que le llevo la comida a mi madre “Tres hurras por la cocinera”; en las camisetas de mis hijos “Bien hecho” y, ya puestos, en las casas en las que he vivido, una placa que rece “Aquí vivió la insigne artista…” Ay, se me escapa otro suspiro.

Pero ya me ha entrado la curiosidad y me meto en Google: etimológicamente “insigne” es aquel al que se puede seguir por su nobleza, mérito o preminencia. Para la RAE, “insigne” es sinónimo de “célebre”, que etimológicamente significa “concurrido, frecuentado, numeroso y abundante”. Por eso es célebre aquel a quien muchos acuden, frecuentan o siguen. Deduzco que, hilando fino, lo insigne tiene que ver con la excelencia y lo célebre con la popularidad. A mí esto me suena a élites y masas, pero bueno, serán cosas mías.

Noto que las fantasías se me están superponiendo cuando empiezo a pensar en masas de élites. Es curioso cómo la deriva de los pensamientos nos puede alejar más y más de la realidad hasta el Puerto Banús de la ensoñación. Personalmente, más que una oveja perfecta, prefiero ser una oveja que sueña.

“Amnesia”, 1997. Pastel sobre papel. 127,5 x 101 cm.

El comisario

Aquí estuvo una vez un comisario
Lo llevaron al Cock y a cuatro galerías
Visitó los estudios de doce artistas
Y además fue a los toros
(ir a los toros era normal entonces)
Todo eso en una semana
Además de cosas que no se cuentan
Fue muy intenso
Pero también muy divertido
De vuelta a su país
Sabía más que nadie del arte actual en España
Es más, al ser americano,
Era un experto mundial
Lástima que lo actual
Dure tan poco
Quieren que vuelva
Pero se ha jubilado
Ahora vive en un rancho y colecciona
Sillas de montar
Afirma que lo mejor
Fue la corrida

Así es la casa de…

Hemos peinado a los niños
Porque nos hacían fotos
Y nos ha parecido bien
Que salieran con nosotros

Sobre la mesa hemos puesto
Unas tazas de colores
Que componen con el resto
Dando a todo cierto orden

Se ve que somos artistas
Lo dice toda la casa
Y también disciplinados
Manteniendo el caos a raya

Las obras de arte son
Lo que da altura al hogar
Altura moral, ¿me entiendes?
Nivel intelectual

Puede ser que algún objeto
Sí, sea bastante kitch,
Mas mira la librería
No has visto ninguna así

Tenemos algunos tomos
Que son realmente rarezas
Difíciles de encontrar
Y también sillas de Ikea

Y las tazas van y vienen
vacías, pues son de atrezo,
de una habitación a otra
en medio de todo el jaleo

¿No está todo un poco lleno?
Bueno, es un piso, ya veis,
Y aunque aquí quepamos cuatro
No es un palacio ¿sabéis?

El reportaje saldrá
Colorido y muy bonito
Con sus páginas cuché
Bien rellenas de fotitos

Así puede ser tu casa
Fíjate en estos artistas
Solo hace falta buen ojo
Y unas tazas muy turistas

Porque soy artista

Porque soy artista
Ves a través de mí
Sin llegar a verme

En ello hay
Un principio transparente
Y también
Un principio sólido
Y quebradizo

Soy, pues, mujer cristal
Compuesta por millones
De granos de arena
Invisibles
La que ve está hecha
De lo que no se ve

Soy, pues, mujer ventana
Lo que enseño está hecho
De lo que no se enseña
De esa naturaleza
Con sabor a tierra
Que me da forma

Estoy
Entre lo que ves
Y lo que es visto
Pero no es penetrable

Si me golpeas
Te desangrarás hasta morir.

El vestido

Por ocho euros me he comprado en los chinos un vestido un como de señora con jardín. No me roza en ningún sitio, flota a mi alrededor cual fantasma doméstico y me siento como en el centro de una corola mientras me preparo el desayuno. La tormenta de la madrugada, como todo acontecimiento digno de mención, me ha abierto el apetito.

– No deberías sentirte tan contenta dentro de ese globo informe, me dice mi conciencia, esa eterna censora, siempre sobre mis hombros como caspa caída.

– Qué mas te dará que esté yo contenta esta mañana tan fresca, respondo, mientras me preparo un sándwich de queso

– ¿En serio te vas a comer eso? Mira, tienes manzanas en el frutero.

– Déjame un poquito en paz, ¿eh? La tormenta me ha emocionado y ya sabes que todo lo que me emociona, me da hambre.

– Hija mía, tú naciste con la boca abierta, esa es tu emoción primigenia.

– ¡Qué sabrás tú, que ni siquiera tienes cuerpo! Anda, métete para dentro y que las neuronas te den una lección de química.

– ¿En serio te vas a comer eso?

– ¡Y usted que lo vea!

– Eres imposible. Después no me vengas llorando.

Se esfuma. El disfrute del vestido y del desayuno también se han evaporado. Ahora miro el estampado, la flor que se abre sobre mi barriga como una diana. Avispas y abejorrillos, ¡cuidado! También he comprado un matamoscas.