Rezad

Tortilla francesa que susurra en la sartén

Reza por nosotras

Sopa que eleva su vapor al cielo

Reza por nosotras

Tiernas fragancias hijas del laurel

Rezad por nosotras

Hermana perra que sestea al sol

Reza por nosotras

Rezad por nosotras grises palomas

Insignificantes moscas

Migas de pan

Cortinas echadas

Rutinas silenciosas

Joyas del loto

Rezad por nosotras

El mirador

– ¿Qué tal?

– Bien, bien, aquí seguimos.

– Al pie del cañón ¿no?

– Sí, solo que sin saber dónde está el cañón.

Y entonces me acordé de aquel mirador frente al mar con el cañón apuntando al infinito en donde mi amiga de la infancia y yo nos hicimos fotos sin fijarnos, ni por un instante, el lo que pudiera haber allí, al pie del cañón:

Diminuta e incómoda, como la púa seca de un enebro

Temblorosa, como plumón aventado del nido

Imperceptible, como un granito de cuarzo en la arena

Mellada y sin brillo, cual canica olvidad tras el juego

Aquí sigo, al pie del cañón.

Merenderos

De todos los merenderos

en los que nos hemos sentado

a disfrutar de la pura nada,

a pasar el rato,

el que más me gusta es éste,

en el que me siento yo sola

y desenvuelvo

frases burdas como ristras de salchichas,

palabras rellenas de anchoa,

sentimientos cocidos con la cáscara rota,

bocadillos de bocas,

manzanas que refrutan mis ideas,

cacahuetes en nutrido soliloquio

y chucherías, para que te rías.

La hierba crece alrededor de mis pies

porque por aquí viene poca gente,

o porque llevo mucho rato, no sé.

Pero no me iré hasta que llueva.

Solo entonces,

porque, de sobra sabemos,

que las ideas,

mojadas,

son un asco.

Misión Imposible

Como una paloma que bajo la tormenta

busca rauda la improbable protección de un alero

y en su descenso diagonal traza

un ángulo agudo con cada gota de agua,

así busco yo el amparo de cualquier recoveco

en la fachada en la que habito, que me resguarde

de las miríadas de razonamientos cartesianos

que caen sobre mí como escuadrones mortales.

Coged escuadra y cartabón, niños,

dibujaremos una línea recta en el aire

que niegue el quebrado recorrido del rayo.

Srta. Benson

Tengo la casa en obras. Me siento algo confusa mientras intento calcular la altura del rodapié según la de la plataforma de un zapato de mi madre de los años setenta. Suena el timbre y una voz de hombre dice: “Srta. Benson, ¡ábrame!”. Me dirijo hacia la puerta. Hay una otomana cubierta de cal. No llego a abrir porque me despierto.

Ha sido solo una cabezada de un instante, pero podría servir para comenzar un relato. Por ejemplo:

La Srta. Benson abrió la puerta y tres hombres fornidos entraron. Llevaban bolsas de deporte.

– Buenos días – dijeron uno por uno al entrar.

– Buenos días – dijo la Srta. Benson – ¿Falta alguien?

Invito a quien quiera a continuar el relato. Así de vaga me he vuelto.

El reloj digital (poema rápido)

Las horas, con su puntito digital

y precisión cronométrica

que no le debe nada al azar.

Y, sin embargo,

nos alcanza la sorpresa:

las diecinueve y diecinueve,

por ejemplo,

en este preciso momento.

¡Qué casualidad! ¿Justamente?

O las once y once, siempre a falta

del palito atravesado

para contar cinco.

O una de las mejores:

las cero seis cero seis

(por suerte, no hay segundero)

¿Habrá alguna que no haya visto nunca?

Me parece que sí:

las veintiuna y veintiuna.

Ésa es difícil de atrapar.

Las veintidós y veintidós, en cambio,

se dejan cazar como patos dormidos.

El reloj digital, lo siento,

es preciso, pero nada trascendente.

Invita a tomar el tiempo a risa

y así también la vida.

¿Las diecinueve cincuenta?

Vaya, esta vez ha sido rápido.

Arduína

– Hoy no estoy para nada, chicas. No he pegado ojo.

Las demás neuronas miraron a Arduína. La verdad es que la pobre tenía mal aspecto. A simple vista se notaba que su energía era débil y tan oscura como un par de ojeras. Arrastraba con esfuerzo sus flácidas dendritas y el axón se le hacía más pesado que una trompa de elefante.

– Vete a descansar, nosotras te cubrimos – dijeron sus compañeras.

Arduína sabía que en el lóbulo frontal no podía quedarse porque pronto empezaría a funcionar como una oficina en pleno rendimiento, así que fue a refugiarse a una zona resguardada cerca del lóbulo temporal y se cubrió con un gran pliegue, blanco y mullido, dispuesta a recuperar el sueño perdido. Pero había mucho ruido, más del que ella había imaginado. Especialmente enervantes eran esos cinco pequeños pitidos que se repetían una y otra vez: pi-pi-pi-pi-pi, pi-pi-pi-pi-pi.

Arduína buscó acomodo en otras partes del cerebro. Medio dormida como estaba, se pegó un buen susto al pasar delante de un grupo de neuronas espejo que la miraban fijamente. Se dio cuenta de que era la hora del desayuno cuando empezó a notar un aroma a magdalenas y se encogió disgustada. Ella tenía sus propios gustos gastronómicos y literarios, y hubiera preferido unos riñoncitos fritos para empezar el día. El recuerdo del Ulises se le mezclaba con imágenes aún más extrañas generadas por el cansancio y buscaba desesperada un lugar tranquilo donde reposar, aunque solo fuera unos minutos. Pero era ya imposible: toda la química de la vigilia fluía a su alrededor, sus compañeras no paraban de chismorrear entre ellas y había mensajeros que iban y venían por todas partes a toda velocidad. Desesperada, se dejó caer en el torrente sanguíneo y cuando recobró el conocimiento estaba en el corazón. Aquello era como estar en medio de un desfile, dentro del bombo, para ser exactos, y volvió a perder el conocimiento. Cuarenta mil neuronas desconocidas para ella la vieron pasar flotando como una Ofelia diminuta en un río rojo que finalmente la depositó en una orilla de lo que resultó ser el estómago. No tardó en despertar de nuevo, aunque más bien le pareciera estar en medio de una pesadilla. Cien millones de supuestas congéneres se afanaban en triturar todo lo que por allí pasaba. Parecían descontroladas y Arduína, debilitada por el cansancio y las emociones, no hubiera podido enfrentarse a ellas de ninguna de las maneras. Milagrosamente, pasó desapercibida, y atravesó esa especie de laguna estigia envuelta en la pastosidad de lo que volvió a reconocer como magdalenas.

A partir de ese momento, todo fueron vibraciones, gruñidos como de jungla, rápidos y meandros. Arduína se sentía morir. Finalmente, todo se tranquilizó. Estaba tan débil y tan lejos de sus compañeras que ya no era capaz ni de recibir ni de procesar información. Felizmente para ella, porque había llegado al recto junto con los restos del desayuno, y en la quietud de esa ciénaga sulfurosa pudo, por fín, dormir unas horas.

Son las cuatro de la mañana

Son las cuatro de la mañana y cuatro chicas se bajan de un Uber. Parecen todas iguales: pantaloncito corto, sandalias planas y camisetas sin mangas, la misma altura, se diría que el mismo peso y la misma melena lisa, larga y suelta. Solo las diferencia el color del pelo, en cuatro tonos que van del rubio al castaño oscuro.  Tres de ellas comienzan a caminar hacia el semáforo, que está a apenas veinte pasos, pero se paran al ver que la cuarta no las sigue. Plantada en el bordillo de la acera, se nota en su actitud que es la dominante y ha decidido cruzar por ahí mismo. Las otras vacilan, forman un triángulo, y esperan un tanto alejadas del carril. Cuando el tráfico disminuye, las cuatro atraviesan la ancha calle corriendo a pasitos cortos, como quien completa una travesura, mientras un poco más allá el paso de peatones se pone en verde.