Deseos

Me he despertado temprano, a horas en las que nadie debería de estar despierto, pensando en la futilidad de las cosas, en este no llegar nunca a ningún sitio que es la vida, cuando me he dado cuenta de que tenía hambre y un grano en la nariz. “¿A esto se reduce toda mi preocupación existencial?”, me he preguntado a mí misma. Y como no sabía contestarme (no siempre es verdad eso de que los grandes descubrimientos surgen de preguntas sencillas) y deseaba con la misma intensidad volver a dormirme y tomar un té, me he levantado y me he preparado unos cereales, porque no es cuestión de empezar, a mi edad, a ser coherente con los propios deseos, truncando su atropellada naturaleza. Más que sucederse unos a otros, mis deseos se superponen, como en el relato de Tagore: “¿Desea su majestad ir a caballo o en barca?”, le preguntaron al joven príncipe. “Quiero ir a caballo y en barca”, respondió. Yo contestaría lo mismo, y luego iría andando.

Y este es el motivo por el que no llego nunca a ningún sitio.

Ya me puedo volver a la cama.

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