Cuando era muy, muy joven

Cuando era muy, muy joven, me encargaron un retrato de Hussein de Jordania al estilo de Macarrón. Os podéis imaginar que el cuadro, más que un Macarrón, acabó siendo un Churro que me tuvo ocupada un par de meses y arrepentida muchos años. No le faltaba parecido, le faltaba talento, y mis clientes pensaban que era una cuestión de quitarle o ponerle la gorra de plato de su uniforme de gala. Así que la gorra pasó de estar bajo su brazo a tapar su calva, y de nuevo bajo el brazo.
Me da pena Antonio López cuando pienso en el cuadro de la familia Real y en todos los cambios físicos, mentales, familiares y sociales por los que han pasado como familia y como institución. Me pongo en el lugar del pintor y no sé cómo reflejar eso, si debo reflejarlo, y termino irritándome por la lentitud de mi metabolismo pictórico. Un retrato familiar, un retrato institucional, son prácticamente la misma cosa: el deseo de fijar como paradigma un instante que se vuelve atemporal, independientemente de que fuéramos vestidos con pantalones de campana.
Miro el retrato de la Familia Real y no sé qué significa en una época en que tanto la familia como las instituciones -y muy especialmente la monarquía- no paran de cambiar de cara. A Antonio López no le falta talento y su irritante lentitud puede que sea muy de mi agrado, pero en el tumulto de los tiempos puede que se haya resignado al simple parecido.
Conocí a un monitor de equitación que cuando los críos se asustaban del pony y decían “Ay, se mueve…” contestaba “Claro, ¡está vivo!”

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