Danka y yo hemos salido pronto a pasear esta tarde

Danka y yo hemos salido pronto a pasear esta tarde. A esas horas no se puede soltar al perro, así que nuestros destinos están ligados. En la Gran Vía una luz fuerte ilumina desde abajo las estatuas de los tejados: el sol está cayendo, si apretamos el paso y no nos paramos a olfatearlo todo, llegaremos a tiempo. Cruzamos la Plaza de España. Como hay municipales no suelto a mi perra hasta llegar a la escalera del terraplén del parque del Oeste. Ahora cada una va a su aire, pero nos vigilamos y nos esperamos cortesmente. Danka se entretiene jugando con un galgo, pero las fachadas de Rosales ya están rosas y hay que darse prisa. Llegamos al mirador, el sol se pone tras la Casa de Campo. Una nube-ovni flota sobre el horizonte entre estelas de aviones y, un poco más altas, nubes estriadas imitan un arco iris azul y verde sobre el cielo anaranjado, como en una aurora boreal. Aún se ve el borde del sol sobre el horizonte. Cuando desaparece, continuamos hacia lo hondo del parque. Me gusta venir en las tardes de verano: el color del sol sobre los pinos me recuerda a Cezanne. Ahora veo troncos y ramas grises contra el cielo rosa y los perfiles casi negros de los abetos. Se encienden las luces de los caminos, amarillas, como si fueran de gas. Danka mordisquea el césped como una oveja. Me pregunto si la luna en creciente la vuelve herbívora. Luego desaparece bajo la sombra de un abeto, y un rayo de luz hace brillar uno de sus ojos en la oscuridad: allí está el lobo.

Nunca me imaginé paseando un perro por Madrid. Me imaginaba artista y un poco excéntrica, en algún lugar de América, acariciando un gato, una y mil veces fotografiada en blanco y negro como una diosa de piedra serena y distante, fantasía adolescente recuperada entre las sombras del parque.

Hoy he salido a pasear porque necesitaba un baño de color.

Receta para lo gris y emborronado: sumergir cinco minutos en la luz naranja de un atardecer de invierno.

Camino del estudio

Camino del estudio, a un lado de General Ricardos, hay un campo de fútbol con tres palmeras. Casi enfrente, la fachada ruinosa de la fundación Goicoechea. Juntas, palmeras y fachada, se dan un aire indiano, como de postal partida en dos. Desde lo alto de la calle de la Oca, la planta superior del Burger King ofrece un panorama neoyorquino de barrio proletario. Llegando al portal saco la llave y del taller de motos llegan voces cubanas y olor a gasolina. Al cruzar el patio huele a ropa tendida y suena… un chotis. No hay nadie en el estudio, quizás me he equivocado de lugar o de época. Quiero quedarme, pero hoy sólo he venido a recoger unas cosas. Salgo cargada, como quien se va de viaje.

Anoche fui a recoger a mi hijo al aeropuerto

Anoche fui a recoger a mi hijo al aeropuerto. Llegué pronto, pero no me importó, porque me encanta observar a los viajeros que regresan. Los mejores encuentros: un pastor belga que recibe a su dueño; una niña de tres años que recibe a su madre; un novio, a cuya mediocre belleza la emoción de la espera añade un atractivo extraordinario; una pareja que no sabe por dónde empezar a besarse; una chica con abrigo caro y mochila de diseño que mira a su alrededor y se queda perpleja como un usb sin puerto (entonces aparecen sus cuatro amigas y se forma una melé espontánea); la familia numerosa curtida en momentos de aeropuerto que espera a pocos pasos de las puertas de la calle: su viajero les busca en la distancia, como un navegante que aún no ha tocado tierra. Desembarca la tripulación, las azafatas con abrigos amarillos y moños aerodinámicos de serie, rodeando a los pilotos como escoltas en formación migratoria. Llega mi hijo y procuro no abochornarle. Me pincha con la barba.