Hace ya dieciseis años que comparto estudio con un colega

Hace ya dieciseis años que comparto estudio con un colega. Es un buen espacio, si no se tiene en cuenta el techo de uralita y poliespán, las paredes con medio metro de humedad, la pequeña ventana que no se abre y el aire acondicionado que no funciona, pero donde anidan las palomas que me lo ponen todo perdido de plumas. Tampoco hay que tener en cuenta las visitas ocasionales de roedores ni la saturación de objetos en tránsito que han tomado aquí acomodo, el frío y el calor. Lo que hay que tener en cuenta es el ruido de la lluvia en la uralita, las paredes de más de cuatro metros de altura, la pequeña ventana por la que entra la luz que inunda el patio, el arrullo de las palomas en su nido y el correteo de los roedores sobre el poliespán, más o menos animados según la música que les pongas.

Algo que sólo saben los amigos más cercanos es que he estado siete años sin trabajar en el estudio. A los que me habéis preguntado os he dicho “bien, ahí vamos, haciendo cosas”. Mentira. Pero desde hace ya dos meses acudo religiosamente cada día, o casi, a la llamada de ese espacio que no acaba nunca de llenarse.

Me dicen en casa que voy como fumada, y es verdad que muchas mañanas, al levantarme, la idea de lo que me espera en el estudio me absorbe totalmente y soy capaz de echar el café encima de la tostada. Hoy me he levantado pensando en lo difícil que es pintar. Llevo muchos años dibujando y ahora, poco a poco, intento volver a la humedad de la pintura y sé que no sé hacerlo, simplemente pongo todo de mi parte para que finalmente, al mirar la obra, pueda llegar a tener la sensación que busco. Creo que siempre hay un vacío entre el artista y su obra que metafóricamente se traduce en la distancia necesaria para mirar, en el espacio entre lo de allí –lo imaginado, el modelo- y lo de aquí -la mano torpe, el pincel pringoso-. Todo sucede en ese espacio en el que caben todas las posibilidades, todas las nostalgias y todos los deseos.

Algunos autores son como algunas medicinas

Algunos autores son como algunas medicinas: tienen efecto paradójico, es decir, producen el efecto contrario al esperado. Es típico de los antidepresivos, que pueden producir excitación y agresividad en niños y adolescentes, pero tranquilizan a los adultos. A mí me pasó con Ciorán: me metí unas dosis cuando era adolescente y acabé enfadada y repudiando aquel dichoso libro, Breviarios de Podredumbre. Ahora he vuelto, con otro libro, Ejercicios negativos, que resulta ser el precursor del anterior. Y funciona. Atravieso cada capítulo sentada en mi vagón de metro con toda facilidad, porque esos tránsitos subterráneos le van bien a Ciorán, y al final de cada trayecto puedo mirar hacia atrás y reírme como quien acaba de cruzar el páramo con sus mulos. Hoy he abandonado el metro con una frase tremenda en el corazón: “A veces siento deseos de ver algo vivo, y entonces acaricio el despertador”, y puedo acariciar la frase y sonreir porque ahora que soy adulta Ciorán hace efecto.