In fraganti

Me ha despertado la lluvia, el consistente golpear del agua sobre la colchoneta de la tumbona y sobre las grandes hojas de las canas. De repente me he acordado de mi viejo Capi, que ahora duerme siempre fuera y cada mañana me pide con grandes gestos y la boca muy abierta que le deje entrar en casa. Me he levantado corriendo, envuelta en un pareo, dispuesta a salvarlo del diluvio, pero nada más salir del dormitorio he oído cómo golpeaba la puerta de la gatera y me lo he encontrado allí, al final del pasillo, mirándome de soslayo, consciente de que lo he pillado in fraganti y de que ahora ya sé que, en circunstancias extremas, aún puede entrar en casa por sí mismo.

He vuelto a la cama tambaleándome, la resaca envolviendo mi cabeza como un turbante bien apretado. La lluvia ha cesado, los vencejos han vuelto a apoderarse del aire y poco a poco, desde la repisa, ha ido haciéndose presente el tictac del despertador. Nada resulta más irritante para este cuerpo consciente y dolorido que el sonido del reloj que, una vez detectado, se amplifica a cada golpe y acaba por invadir todo el espacio sonoro. Pero esta vez su llamada no iba dirigida a mí, sino al otro cuerpo que me ocupa, invisible, de pies a cabeza, y que es capaz de sentirse consolado y acunado por esas resonancias diminutas. Me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no sentía esa otra parte de mí misma, ese otro cuerpo mío, quizá desde la adolescencia. No quiero reconocer que pudiera estar aún bajo los efectos del alcohol que pocas horas antes nos había llevado a recordar extrañas experiencias relacionadas con el tiempo, percepciones casi tangibles, casi corpóreas, físicas, sólidas, del paso de un momento a otro, de un tiempo a otro.

Pero, seguramente para romper ese estado de paz, mi organismo habitual ha empezado a pedir cafeína. Hacia el sudeste la cúpula de la iglesia es casi del mismo color gris plomizo que el cielo, y se respira humedad en el aire. Por la puerta entreabierta del balcón una ligera corriente hace vibrar la cinta de la persiana y, mientras posa el té, salgo a la terraza y me siento en el rincón del romero, la lavanda y el tomillo pensando en la relación que pueda existir entre “fragante” e “in fraganti”, y otras cosas por el estilo que, como esto mismo que os estoy contando, no tienen mayor importancia.

Cabezas

Teníamos la cabeza ancha y aplastada, con una especie de vértebra discal en la coronilla que servía para que nos creciera una nueva cabeza cuando la anterior ya estaba llena. La mayor parte de los adultos andábamos por ahí con tres o cuatro cabezas, unas encima de otras. Lo malo era que cuando por error crecía una cabeza antes de que se hubiera llenado la anterior, se creaba una especie de bolsa de aire que impedía a las cabezas viejas utilizar el contenido de las nuevas. Éstas solo podían intercambiar información entre ellas, no con las que estaban por debajo de la bolsa de aire, cuyo contenido quedaba desvinculado. Como no había una cabeza principal, las de abajo terminaban por pensar de una forma y las de arriba de otra. Por suerte, era un fallo que se producía pocas veces, y la gente en general iba llenando sus cabezas según la capacidad de sus cerebros, sin huecos perturbadores de su funcionamiento.

Todo esto, que parece largo de explicar, duraba en el sueño lo que un parpadeo.

Los sistemas de clasificación del tiempo

Me despierto y voy al baño. Son las nueve menos trece minutos. En mi cabeza voy tarareando una tonadilla, un jirón que arrastro de mi último sueño. Cuando por fin mi cerebro se libera de sus telarañas me doy cuenta de lo que canturrea: “los sistemas de clasificación del tiempo, los sistemas de clasificación del tiempooo”. Son las nueve. He tardado trece minutos en salir de la penumbra, pero no salgo de mi asombro. ¿Tiempo clasificado? Sin duda ha de ser, me digo, un tiempo pasado, no disponible. O un tiempo disponible solo para ciertas personas, como los secretos militares. Aunque también puede ser un tiempo de distintos diámetros y colores, como los botones de una mercería, un tiempo del que echar mano según la situación. O un tiempo perdido, aunque claro, si está perdido no podremos clasificar sino el registro de lo que se perdió. Y si el tiempo fuera una dimensión… No, no, ahí mejor no entrar. En cuestión de dimensiones solo sé contar hasta tres. Largo, ancho y profundo son para mí también las distintas medidas del tiempo, y eso ya es un principio de clasificación. Tipos y tamaños. He de revisar las cajas que guardo en mi almacén mental. ¿Puede un tiempo largo y azul compartir caja con otro prolongado y negro o con un simple “gran rato”? No, esto último seguro que no. Habrá que establecer en qué consiste su grandeza, si es dimensionable o simbólica. Me temo que voy a tener que conseguir muchas más cajas, archivos, ficheros. ¿Y si me muero de vieja antes de completar la tarea? Ay, los sistemas de clasificación del tiempo. ¡En qué hora!

Acontecimiento

Hay una palabra, “acontecimiento”, que parece caída en desuso, olvidada y cubierta de polvo como un cachivache cualquiera en una cacharrería. Me gusta especialmente el verbo, “acontecer”, que parece ir siempre arrimado a algo, como entre amigos. Es “acontecimiento” una palabra desplazada por otra más veloz, “evento”, que es un ocurrir mucho más rápido, tanto que no ha dado tiempo ni de hacerle un verbo. Curiosamente, se suele decir que el evento “transcurre”, pero ese transcurrir es un disfraz de larga distancia, de recorrido con un punto de destino que en realidad se alcanza desde el mismo principio del acto, como si la finalidad del viaje fuera puramente subirse al tren. Y en este moderno Trans-iberiano, nuestro Evento hace amigos, algunos dudosos, como Eventual, que nuca sabe si sucederá o no, y su primo anglosajón Eventually, decididamente un falso amigo con sus propias metas, pues no debemos olvidar que “eventually” significa “finalmente”.

Suceder, ocurrir, acontecer, trascurrir… Intenciones, direcciones, velocidades…

Pasar. Como pasa la vida, atraída hacia la muerte como las moscas a la miel. Pasa tan rápido que sin duda es un evento. El único objetivo era subirse al tren.

Ser otra cosa

Llevo años pensando que, si existiera la metempsicosis, me gustaría ser ballena. Así podría volver a probar el lácteo amor materno y, para el resto de la vida, alimentarme en cantidades ingentes sin preocuparme por mi peso, sostenida por el agua salada tan graciosamente que me vendría literalmente arriba y ensayaría algún que otro salto angélico aprovechando que hay que tomar aire. Además, podría aguantar la respiración durante cuarenta minutos y expulsar chorros de vapor cual geiser viviente. Y cantaría sin pensar si desafino o no.

Esto de la metempsicosis es una palabra que muchos no oíamos desde los tiempos de Jiménez del Oso. La parte de “psicosis” de la palabra no se refiere a la locura, sino, como la locura misma, a los estados del alma. Jiménez del Oso realizó su propia transmigración, de psiquiatra a agitador de lo oculto, solo que sin abandonar su cuerpo, demasiado humano para un apellido tan animal. Pensándolo bien, tampoco me importaría ser osa. También podría comer sin preocuparme por el peso, al contrario, todo mi afán sería engordar lo suficiente como para poderme ir a dormir unos cuantos meses, hasta que la tibieza del sol, los aromas de la primavera y los gruñidos de mi estómago me volvieran a despertar.

Sí, ser oso me parece una buena opción. Pero me preocupa quedar atrapada durante mi larga siesta invernal en uno de esos sueños que nunca se acaban, sin ser capaz de espabilarme siquiera lo suficiente como para cambiar de registro. Porque algunos sueños son dulces como dedos de santo, y como tales te llevan más allá de ti misma, pero otros tienen su huesito de aceituna y angustian como esos caballitos de mar encapsulados en pisapapeles de resina. Sueños que proceden de recuerdos que no deberían siquiera estar ahí y que no sabemos como devolver a las profundidades a las que pertenecen sin caer nosotros con ellos hasta el fondo.

Algo así, pienso, les ocurrirá a esas cabras transmutadas con genes de araña (lo que permite ordeñarlas y extraer de su leche una proteína de seda que puede servir, entre otras cosas, para fabricar tendones). Estas bucólicas rumiantes no sabemos si se soñarán caníbales, saltarinas de ocho patas o si se despertarán con los atrapasueños repletos de pesadillas y el pánico en sus pupilas rectangulares, sintiendo que, en vez de cuernos, aún llevan sobre la cabeza una corona de ojos.

La ropa fría

“La ropa fría en el cajón advierte

No del invierno,

Sino de la muerte.”

A: ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

B: Ni caso, ni caso. Solo intenta llamar la atención. No hagáis caso.

A: Pero ¿por qué? ¿Alguien se ha quejado?

B: Nada, las epiteliales, que dicen que están raras, que todo les afecta.

C: Una amiga de arriba, una neurona, me ha dicho que percibe pensamientos negativos…

B: ¡Qué sabrá esa!

A: Que las epiteliales noten algo es normal. Al fin y al cabo, ellas están en contacto con el mundo.

C: Sí, ¡a saber qué andará pasando por ahí fuera!

B: Lo que pase fuera a nosotras nos da igual. Lo que hay que evitar es que esas tontas vayan por ahí transmitiendo su malestar hasta el centro del sistema. Y que esa neurona amiga tuya le diga a la gorda pedante que se deje de rimitas paupérrimas y se eche crema hidratante.

A: Jajaja… lo has rimado

B: ¡Tú te callas!

C: Hija, qué borde te pones.

B: Porque sois una panda de células atolondradas, y si no se os frena en seco os desmandáis. Y ya sabéis lo que pasa cuando perdéis el control.

Hubo un estremecimiento generalizado. A las células les da mucho miedo pensar en su lado oscuro.

—–

En estos días de invierno, me dedico a la contemplación de las plantas en la terraza. Este año he sido diligente y he realizado a tiempo mis tareas, así que todo tiene buen aspecto. Los árboles se dejan acariciar por el transcurrir apacible de los días y hasta las ramas desnudas de las trepadoras parecen menos enmarañadas que otros años. Pequeñas flores de invierno brotan discretamente, como siempre, aunque no faltan las hojas coloreadas de la glicinia para recordarnos que el tiempo está loco.

Una mañana del mes de octubre abrí el cajón de las camisetas y me las encontré tiritando. Pensé entonces que tendríamos un invierno de barba blanca, de esos que son raros en Madrid. Pero me equivocaba. Lo del cajón fue un simulacro… o una broma que me gastó mi ropa, vete tú a saber.

Simulacro de invierno. La verdad es que no me gusta el frío, pero este año tenía ganas de observarlo, como quien se familiariza con un enemigo. Quizás esta gélida introspección que hubiera querido ensayar es lo que confunde a mis neuronas más desconfiadas. “No os preocupéis -les digo-, mi corazón es un hornillo”.

Me paso por la librería a recoger un encargo y descubro “Regalos de invierno”, una breve recopilación de textos de Colette.  Es el último ejemplar. Me lo llevo.

Me he vestido

Me he vestido, me he peinado, me he puesto el abrigo, me he enroscado la bufanda, he cogido el paraguas, y allá voy, como una colegiala, tarareando, mi corazón dando saltitos, hacia el estudio, en el metro, calentita, sentada, leyendo. Ni siquiera parece martes. Lo anticipo, lo hago, lo hice. Me fui. Mi ánimo ya está en ese mundo paralelo, y pronto estaré yo, en cuanto me vista, me peine, me ponga el abrigo…

Rezad

Tortilla francesa que susurra en la sartén

Reza por nosotras

Sopa que eleva su vapor al cielo

Reza por nosotras

Tiernas fragancias hijas del laurel

Rezad por nosotras

Hermana perra que sestea al sol

Reza por nosotras

Rezad por nosotras grises palomas

Insignificantes moscas

Migas de pan

Cortinas echadas

Rutinas silenciosas

Joyas del loto

Rezad por nosotras

El mirador

– ¿Qué tal?

– Bien, bien, aquí seguimos.

– Al pie del cañón ¿no?

– Sí, solo que sin saber dónde está el cañón.

Y entonces me acordé de aquel mirador frente al mar con el cañón apuntando al infinito en donde mi amiga de la infancia y yo nos hicimos fotos sin fijarnos, ni por un instante, el lo que pudiera haber allí, al pie del cañón:

Diminuta e incómoda, como la púa seca de un enebro

Temblorosa, como plumón aventado del nido

Imperceptible, como un granito de cuarzo en la arena

Mellada y sin brillo, cual canica olvidad tras el juego

Aquí sigo, al pie del cañón.

Merenderos

De todos los merenderos

en los que nos hemos sentado

a disfrutar de la pura nada,

a pasar el rato,

el que más me gusta es éste,

en el que me siento yo sola

y desenvuelvo

frases burdas como ristras de salchichas,

palabras rellenas de anchoa,

sentimientos cocidos con la cáscara rota,

bocadillos de bocas,

manzanas que refrutan mis ideas,

cacahuetes en nutrido soliloquio

y chucherías, para que te rías.

La hierba crece alrededor de mis pies

porque por aquí viene poca gente,

o porque llevo mucho rato, no sé.

Pero no me iré hasta que llueva.

Solo entonces,

porque, de sobra sabemos,

que las ideas,

mojadas,

son un asco.