Pájaros

Un gorrión se posa sobre la enorme rama del abeto, justo frente a la ventana, y ésta cede gentilmente bajo los pocos gramos de su peso. Entre sol y sombra, sus plumas adquieren el color de la corteza de pino al atardecer. Una brisa suave cimbrea la rama, y el pájaro se asea en su columpio. Como si alguien le llamara, levanta la cabeza y sale volando.

…..

Me tumbo al sol. Estoy achicharrada y quiero bañarme, pero hay una algarabía de pájaros que no me quiero perder. Unos pían con urgencia, otros discretamente, los hay que gorjean y algunos emiten tenues pitidos. Finalmente, una urraca viene a poner orden. El coro enmudece. Por encima del seto la copa de un ciprés navega como una vela verde en el horizonte. Una nubecilla blanca completa la escena de cubito playero. Dos golondrinas bajan a beber a la piscina. Me levanto. En el muro de piedra hay sombras rosadas.

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La niña que se pudo perder

Caminas por el campo. Has huido de casa. Llevas falda y no vas bien calzada. Un perro grande, medio atravesado en el camino, te mira por encima del hombro y se marcha por un lateral. Ves cómo se aleja, mecido desde las orejas hasta el rabo por su propio trotecillo diagonal. Está nublado y hace bochorno, y hasta las flores te dan la espalda. Sigues andando, despechada, furiosa, aunque sabes, y esto aún te enfada más, que esta noche cenarás a la luz de la bombilla de la cocina. Huele a humedad… ¡Que se abra el cielo! ¡Que estalle la tormenta! ¡Que me cale hasta los huesos! Huesos y espigas verdes… No me humillaré volviendo a casa antes del primer trueno.

Un grupo de amigos que pasan discutiendo

Un grupo de amigos que pasan discutiendo, un conductor con la música a todo trapo, una pesadilla, la cisterna que gotea, un mosquito intentando acceder a mi yugular antes de que raye el alba… Qué frágil es la frontera del sueño. En la oscuridad, cuántos motivos de inquietud que a la luz del día no significan nada. Me asomo al balcón y veo a una chica paseando a su perro. Me invade la nostalgia. Miro hacia el norte. Los tejados de Malasaña todavía forman masa unos con otros. Sobre un cielo que clarea sin color se perfilan cuatro grúas. Las más lejanas son, seguramente, enormes, pues son casi tan altas como la más cercana. Debe de ser la recuperación económica. Pienso en los solares vacíos del barrio de mi estudio, los de siempre y los nuevos, las naves y almacenes que se han derruido para edificar. He soñado con eso. Con eso y con mi hogar invadido por escombros. Del estudio nos echan, van a hacer lofts. Ya nos hemos mudado, después de casi veinte años. Seguimos cerca, seguimos en el barrio, seguimos mientras se pueda seguir sin perder la ilusión. Estamos en junio, solamente, y no paro de sumar cambios, minucias para el mundo, pequeños tsunamis para mí. A veces hay que recordar que la humanidad sufre de verdad. Qué frágil es la frontera de la realidad.

Para el recuerdo

En junio y en septiembre es habitual tropezar por las calles del centro con los restos de los erasmus que por aquí anduvieron. Que nadie imagine escenas siniestras. Dichos restos no son otra cosa que amontonamientos de ropa de invierno, botas, edredones baratos, almohadas con cercos amarillentos, toallas y algún bolso un tanto hippie. Todo muy predecible. Por eso hoy he frenado en seco cuando, dentro de una caja de cartón abierta al cielo nublado y sobre un lecho de papeles, kleenex usados y desperdicios, he visto la foto de dos jóvenes rubios, chica y chico, que con las mejillas pegadas y sonriendo me miraban con sus ojos azules desde un marco barato y optimista, profusamente decorado con dibujos de flores y mariposas de colores. Rara vez salgo de casa sin el móvil, pero nunca lo he lamentado tanto como hoy porque, creedme, allí había una foto para el recuerdo.

La edad, la memoria, la distancia, las alas

Voy a Móstoles a hacer unas gestiones. Como soy de la antigua escuela, ni se me ocurre consultar la dirección en Google y nada más bajar del tren le pregunto a un señor. Por la cara que pone me doy cuenta de que estoy a punto de entrar en un laberinto. Él se zafa diciendo: “Es al otro lado de las vías. Cruce Vd. y pregunte”. Le doy las gracias y hago lo que me dice. Pregunto entonces a una señora que me indica, sobre todo con las manos, que debo ir hacia la derecha y luego por la primera calle a la izquierda, que resulta ser peatonal, hasta el final y entonces cruzar la carretera, que es también la calle principal según me dice. “Allí pregunte”, me indica. Y de nuevo agradecida emprendo el camino. Después de cruzar, vuelvo a preguntar, esta vez a una pareja. Otra vez, caras de consternación. Siento que estoy lejos de mi objetivo, especialmente cuando el ímpetu de sus explicaciones solo llega hasta el final del colegio que ocupa la mitad de la manzana, pero vuelvo a ponerme en marcha igualmente agradecida. Por el camino caigo en que quizá me estoy equivocando al preguntar a personas mayores. Me da la sensación de que su memoria es tan corta como sus pasitos y solo llega hasta donde pueden llevarles sus debilitadas piernas. Cien metros, doscientos, cincuenta… Más allá, una confusión inexpresable, una extensión gris, una bruma en la que se pierden los caminos. Decido preguntar a alguien más joven. Por suerte hay una empleada del Ayuntamiento que en cuclillas arregla unos arriates de romero, y hacia ella me dirijo. Con entusiasmo me explica que debo ir por la estrecha acera que, como un caminito rojo, separa la valla del colegio de un pequeño parque infantil, girar a la izquierda, seguir por la primera a la derecha (“casi en donde se ven las antenas”, me aclara) y seguir recto hasta el final. Le doy las gracias, esta vez con auténtico agradecimiento. Si, como yo, habéis seguido las explicaciones, hemos llegado. No hemos tardado más de doce minutos desde la estación, contando con las cuatro paradas informativas. No era para tanto.

Hago la vuelta como quien transita por un espejo. Me encuentro de nuevo con la jardinera y le dedico un saludo al que no responde, quizá sorprendida al percibir que no es invisible. Me pregunto si no habré estado toda la mañana dilapidando cortesía. Por el camino alcanzo a comprobar que las frutas y verduras están a menos de la mitad de precio que en mi barrio y que todas las tiendas de chinos en las que podría comprarme un refresco están fuera de mi ruta.

El tren no tarda en llegar. Va medio vacío, es casi mediodía. Al llegar a Cuatro Vientos se sube una chica muy joven con una chaqueta vaquera que lleva apliques de lentejuelas plateadas en la espalda, en forma de alas. Me quedo fascinada: siempre me han gustado las alas, aunque ella es tan menuda y la chaqueta tan pequeña que las suyas parecen de gorrión. De cría sentía que, debido a mi nombre, debería de haber nacido con alas. Del tallo de mi memoria brota una hojita verde: “Angelito patudo, que quiso volar y no pudo”, me canturrea mi primo. Nunca me ofendió su rima, sentía que encerraba un cariño guasón de primo mayor.

Lo siguiente es un túnel oscuro que nos lleva hasta el corazón de la ciudad.

Otros mundos

A y B se desplazan en autobús entre dos localidades del cinturón de Madrid. Yo también voy en ese autobús. Son dos chicas jóvenes que entran conversando como cualquier par de amigas y se sientan detrás de mí. Me llegan sus voces, y al principio no me fijo en lo que hablan (que si relojes, que si pulseras) hasta que A dice:

-Yo siempre sé a quién venderle, no me preguntes cómo, pero lo sé. Así que, si alguien te da ciento cincuenta, yo puedo darte ciento setenta, porque sé que lo voy a vender. O me lo guardo y lo vendo dentro de un tiempo, cuando valga más, o cuando me haga falta el dinero.

A lleva la voz cantante. No parece la típica chica de extrarradio: no dice tacos ni usa interjecciones o muletillas, su vocalización es perfecta y el tono claro y asertivo. Ante B, es la voz de la experiencia:

– He hecho muchas cosas de jovencita. La necesidad obliga. Por eso me guardo cosas, para cuando lo necesite.

Tiene el botín enterrado. De vez en cuando se pasa por el lugar y vigila, no vaya a ser que el desarrollo urbanístico se lleve por delante el fruto de su esfuerzo.

Durante el trayecto, A continúa dándole a B sabios y prudentes consejos:

– Tú no te gastes nada en el piso hasta que estés segura de que es tuyo, no vaya a ser que…

No puedo oír el final de la frase, pero me doy cuenta de que no hablan de una hipoteca compartida con el novio, más cuando B dice:

– A mi amiga X le gustan esos adosados de allí.

– Dile que, si quiere, escoja uno -contesta A- y se lo cojo de ocupa.

Me trastorna un poco la naturalidad de la conversación, especialmente cuando me llega este fragmento:

– Lo que hay que hacer es quedar con él; le explicas las cosas y luego, muy tranquilamente, le abres la cabeza al nieto.

Diálogo y violencia cogidos de la mano.

Finalmente se bajan y puedo verlas: A es realmente guapa, no tendrá más de veintidós años, pero tiene esa mirada de sabérselas todas que la hace parecer mayor. Su forma de vestir, llamativamente discreta, también es contradictoria. Es una hipnotizadora, y B está ya a su merced. El día que aprenda a vestirse de modo discretamente llamativo, estará lista para llevar su negocio a otro nivel.

Mayo florido

La unión hace la fuerza, y las flores silvestres pierden su modestia cuando por millones cubren prados y cunetas.

Extensiones coloreadas por pétalos no más grandes que el ala de una mosca; amarillo, blanco, añil, violeta…

Amapolas que con el color compensan la fragilidad de sus corolas y cubren los campos de besos.