Pasó el uno de enero

Pasó el uno de enero, como un paréntesis. Ese primer día del año que para mí es casi siempre un día en blanco; día de desidia, de letargo, de pereza y, a menudo, de jaqueca: el día después. No quiero más celebraciones de fin de año. Creo que prefiero mínimos gestos nocturnos en íntimo silencio, menos jolgorio y más regocijo, menos aspaviento y más gozo. La última noche del año preferiría libar, más que comer, libar un néctar mágico lleno de energía y sustancias inmunológicas, y brindar con besos. En vez de eso, cena para doce, vinos, cava, polvorones, campanadas y turrones. Silencio, por favor. Que los próximos 364 días sean como una suave sábana en la que vivir nuestros sueños.

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No recuerdo

No recuerdo la mayor parte

de mis cumpleaños,

los viajes de la infancia,

los hoteles

en los que dormí una sola noche,

las noches de fiesta,

las discusiones,

casi nada de lo que me cuentan,

muchas películas al salir del cine,

muchos libros al cerrar las tapas,

muchos poemas que me gustan

y querría recordar.

No recuerdo los rostros

y sus nombres,

los nombres y sus cargos,

los cargos y su altura.

Pero recuerdo haber deseado

mucho de lo que tengo.

Mucho de lo que me ha pasado

recuerdo haberlo deseado,

malo o bueno, no es esa la cuestión,

unas cosas conducen a otras

y al final, ya sabes…

Reconoce ahora, si te atreves,

que querrías desear menos

y recordar más.

 

Disociación

Tememos por nuestras mujeres, por nuestras niñas. Siempre. Es un peso que se lleva en el corazón. ¿Hasta cuándo?

No se equivoca la niña cuando cuenta
con los ojos cerrados los golpes de la cuerda,
la que se desafía a sí misma en cada salto,
cada vez que estalla su sonido en la arena.
No necesita abrir los ojos para saber
que una nube de polvo envuelve sus piernas,
que pequeñas grietas como ríos
surcan el charol de sus zapatos,
que la borla de sus calcetines blancos
se ha deslizado ya hasta sus tobillos
y que su trenza sube y baja
como un pequeño látigo dócil.
Los latidos de su corazón
acompañando a los chasquidos,
las mejillas arreboladas, sudando,
la niña salta y cuenta, en un murmullo,
y no se equivoca, allí, en la oscuridad.

No es lo que parece

Pelirroja, anciana y contrahecha, envuelta en un abrigo negro con sobrecapa ribeteada en pieles, se desplaza en un carrito motorizado con la pierna deforme estirada por delante de ella, como si volara sobre una alfombra. Sin perder la compostura, cruza la calle desafiando al viento bajo la cruda luz del sol. Ahora parece una heroína rusa que atravesara en trineo la página arrancada de un libro. ¿Adónde va? Al llegar a la esquina, su acompañante abre una puerta sin rozarla, ni a ella ni a su carrito. ¡Ha entrado en la carnicería! La magia parece haberse desvanecido… Pero no, ahora lo entiendo: es Baba Yagá.

 

Sueño que estoy desvelada

Sueño que estoy desvelada y salgo a dar un paseo. Son casi las cinco de la mañana y no hay gente en la calle. Es un barrio pueblerino de ciudad pequeña. Todo está vacío, tranquilo y limpio. A esas horas y en esa soledad, pienso que me sentiría más segura si fuera con mi perra, y siento su ausencia de mascota difunta. De vez en cuando, en el cielo aparecen frases escritas con humo, que al principio confundo con la Vía Láctea.

Una idea perdida

Me estoy quedando dormida cuando se me pasa una idea por la cabeza. Vaya, pienso, ahora me voy a desvelar. Dos frases se forman en mi cerebro y noto que empieza a ponerse en marcha buscando la continuación cuando, de repente, se para, se queda quieto como una roca en un jardín de grava. Mi corazón se impacienta: la idea era buena, exclama, e importante, ¡trascendental! Pero el cerebro ha entrado en una especie de trance y nada pueden los gritos del corazón frente a ese estado de paz y de calma. Y poco a poco, un velo negro envuelve las emociones, que se funden con la oscuridad de la noche.

Oído de lince

– Hay que ver ¡cómo se nos mete el mundo en casa!

– Soy yo, mamá, acabo de llegar.

– Ya sé que eres tú, te he oído entrar, conozco tus pasos.

– Entonces, eso que has dicho… ¿se ha pasado mucha gente por aquí últimamente?

– Como siempre, más o menos.

– Eso es bueno ¿no? Los que vienen de fuera nos aportan experiencias, puntos de vista, conocimiento, diálogo…

– Que no, que no va de eso.

– ¿Entonces?

– Que me estás llenando la casa de barro. ¿Para qué está el felpudo?