El planchazo

Creo que, de tan poco salir de casa, estoy perdiendo la costumbre de caminar, es decir, de poner un pie delante del otro para mi propia automoción. Solo así puedo explicar la extraordinaria caída de ayer. Hacía mucho que no comprobaba empíricamente la dureza real del mundo, su misma existencia física diría incluso, y me alegra poder proclamar que sí, que el mundo sigue ahí, a nuestros pies, por muy en las nubes que llevemos la cabeza.

Otra cosa que me alegra es haber podido constatar que mi cuerpo aún reacciona y se pone en cámara lenta mientras cae, analizando los puntos débiles, los objetos circundantes y la mejor postura para el aterrizaje. Así, mientras me precipitaba cuan larga soy hacia delante, pude hacer una estimación de riesgos, poner las manos y levantar bien la cabeza. Diréis que eso se hace de manera instintiva, y no lo niego, pero en los tres o cuatro últimos accidentes con tortazo final que he padecido me he podido dar cuenta de cómo el cuerpo concentra su energía en los puntos más vulnerables a tal velocidad que el movimiento de protección subsiguiente es tan espontáneo como analítico. Acción-reacción, sí, pero entre ambos, un momento maravilloso de lucidez.

La tercera cosa que me ha hecho feliz ha sido ver que la gente aún reacciona ante la caída en desgracia de un semejante (siempre que la situación no se prolongue demasiado, sospecho). Nada más tocar el suelo ya tenía a cinco personas a mi alrededor, y eso que hay menos viandantes que de costumbre. Estoy bien, gracias, estoy bien… Y era verdad, solo tenía que sacudirme un poco el polvo de las manos y de la gabardina. Pero más cierto aún era que tenía ganas de salir corriendo. Mi cerebro, un poco sacudido con el impacto de la caída, me mandaba huir como si aquellas personas que acudían en mi ayuda mientras me levantaba lo más airosamente posible del suelo fueran, en realidad, cinco leones dispuestos a cobrarse la pieza caída.  Ay, cuando baja a ras de suelo mi mente ve solo amenazas.

Y aún hay un cuarto motivo de alegría: parece que con el golpetazo las lumbares, tras diez meses de dolor insidioso, han aflojado un poco y casi no me molestan. Si el alivio resulta duradero tendré que estudiar el sistema del planchazo como terapia de choque. Mientras el cuerpo aguante, claro.

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