Una de picos

Llevo toda la mañana corriendo y necesito consuelo. A punto de llegar al estudio me desvío de mi camino y enfilo hacia la pastelería, tres manzanas (¿manzanas?, no gracias) más allá. Mouse de queso y arándanos, milhojas de merengue, súper palmeras con dos coberturas diferentes… Mi voz interior de madre me reprende: “Un capricho un día, vale, pero no te pases. Además, es casi la hora de comer”. Un poco enfurruñada, me decido por un cruasán. Estoy pagando cuando alguien entra diciendo “Una de picos”. Veinticuatro años, pienso de inmediato. Miro, pero no puedo verle la cara porque lleva echada la capucha de la chupa, una cazadora de paño con cuadros grandes en tonos grises, forrada de borrego. Cruzo la puerta de la calle y me planto en el semáforo. “Una de picos”, resuena en mi cabeza. Es una voz increíblemente atractiva. Me doy la vuelta, pero está de espaldas, frente a la barra de la pastelería. Quiero esperar para verle salir, pero al mismo tiempo tengo prisa y el semáforo se pone verde para los peatones. La calle es estrecha, calculo que me dará tiempo a verlo si me vuelvo nada más cruzar, pero ya es tarde, camina en dirección opuesta mostrando su rostro a todos, menos a mí. Y con la imagen garbosa de su alta figura y un suspiro en lo hondo, giro sobre mis talones y camino hacia el estudio, “una de picos” resonando en mi cabeza mientras un escaparate me devuelve mi imagen, gabardina negra, bolso naranja, la coleta cada vez más blanca pendiente abajo entre mis omoplatos, e intento recordar cuántas veces he sentido la momentánea seducción de una voz. Ya no sé si ha sido su juventud o la mía quien ha llamado hoy a mi puerta con una barra de pan bajo el brazo.