Fantasma acuático

Creo que no había dormido ni una hora cuando me despertó un ruido extraño. Era como si lloviera sobre el motor de un coche en marcha y el sonido se mezclaba con la insistente repetición mental de una frase que no se resignaba a quedarse en el mundo de los sueños. En el silencio del toque de queda aquel ruido parecía crecer más y más. La confusión hacía que se me acelerase el corazón. Recordé que mi madre me había dicho que iba a llover, pero no, no llovía, el suelo de la terraza estaba seco, podía verlo por una rendija debajo de la persiana.

El ruido venía del cuarto de baño. Hacía décadas que no pensaba en ello, pero se me vino a la cabeza el recuerdo de aquel compañero de colegio que murió cuando yo tenía unos diez años. Cada vez que entraba en el baño rogaba por que su espíritu no anduviera por ahí, me daba mucho pudor. Decidí entonces no creer en fantasmas, negarles su identidad plasmática, su unicidad, su personalidad. Pero ahora me estaba entrando miedo e hice justamente aquello que a las chicas de las películas les decimos que no hagan con un susurro angustiado: no entres ahí, no entres.

Ya decía yo, cuando me instalaron la ducha con efecto lluvia, que a mí me bastaba con la manual de toda la vida. Daba la sensación de que alguien hubiera abierto el grifo, pero no, era la condensación que habitualmente se produce en el tubo y que termina por gotear, solo que esta vez, más que gotear, el agua caía a chorros y el vientre de la bañera multiplicaba el ruido con furor. Aunque también puede que un fantasma se quedara dormido en la alcachofa y se escurriera por los agujeros sin poderlo remediar.

Me levanto temprano

Me levanto temprano confiando en la ayuda divina, pero no estoy tranquila. Me tiembla el pulso y no puedo dibujar. Si escribo a mano, los palos de las letras se me tuercen. ¿Será que bebo mucho té? Noto pequeños serpenteos eléctricos y presión en la cabeza. Me abrazo a mi gato, que ronronea suavemente entre mis brazos, frente a la pantalla del ordenador. Mira Paquito, le digo, el mundo es enorme, pero a ti y a mí, ahora mismo, solo nos hace falta un cachito de mesa. El sigue a lo suyo, con la cadencia de una barca que se mece en una cala cualquier día de verano. Ya estoy mejor.

Justificación de una dormilona

Esta mañana podía 
haberme quedado despierta,
pero me he ido a dormir, 
porque mañana,
en nuestro idioma,
es un futuro anticipado 
desde que abrimos los ojos,
una contradicción latente
con algo de confusión de género
gramatical, se entiende.
La mañana, el mañana, mañana…
¡Dilo!
Es la masticación del tiempo,
una urgencia que se agota
en su propio no llegar.
Mejor pasarla durmiendo
y por la tarde ¡Ay, la tarde!
Después de la siesta ya es…
tarde.
Ese fragmento del día,
nombrado para morir
desde su propio nacimiento. 
¿Qué queda entonces,
sino dormir 
y esperar a mañana,
el eco
cuyo volumen no mengua?

Nada me sorprende

 
 
 
 Hojas amarillas han caído
 entre las púas de los pinos
 y brillan húmedas, pero a mí
 nada me sorprende.
  
 Un niño ha perdido un guante
 y alguien lo ha encajado
 en la punta de una rama.
 Me saluda con la mano, pero hoy
 nada me sorprende.
  
 Con trote abandonado mi perra camina
 y cambia de parterre sin razón aparente,
 las orejas enhiestas, aguzando el oído.
 Bien sé que está muerta, pero ya
 nada me sorprende.
  
 Al llegar a casa guisaré la carne
 que tengo en la nevera.
 Hígado de ángel, pone en el paquete,
 cuatrocientos treinta gramos.
 Ni siquiera eso me sorprende.