Sylvette

Si en mi árbol genealógico retrocedo veinticuatro generaciones en línea directa hasta encontrarme, en el año mil ciento y pico, con mi ilustre antepasado Otto I van Bentheim van Rheineck, conde de Bentheim (estado del Sacro Imperio Romano Germánico, localizado en la esquina suroccidental de la actual Baja Sajonia, según la Wikipedia), y desde allí salto a la rama de su hermano y desciendo de nuevo las veinticuatro generaciones entre los terciopelos y oropeles de diversos condes y duques, e incluso de una reina regente, me doy de bruces con Lydia Corbett, más conocida como Sylvette o “la chica de la cola de caballo”, que, desprovista de títulos y retratos oficiales desde cuatrocientos años antes de su nacimiento quedó sin embargo inmortalizada para la posteridad nada menos que por Pablo Picasso, de modo que, si no su nombre, por lo menos su apodo y su rostro son más conocido que los de cualquiera de sus sangreazulados tatara-tatarabuelos.

Picasso hizo a Lydia/Sylvette más de sesenta retratos y, en el silencio de las sesiones de posado, ella empezó a dibujar. Fue una transformación profunda. Cuando empezó a pintar y a exponer, lo hizo con el nombre con que la bautizó Picasso y el apellido de su segundo marido, para evitar el aura de musa. Pero un artista debe saber borrar sus huellas, no basta con cambiarse el apellido. Picasso lo sabía y por eso, en los estudios de sus amigos, entraba descalzo y salía de puntillas. Sylvette, en cambio, es inevitablemente picassiana (además de chagalliana y matissiana). Como decía Jaqueline, “Picasso no era el sol, pero era la sombra del sol”. Una sombra alargada, alargadísima. O, en mis propias palabras: la sombra de Picasso es un coñasso.

Óleo de Picasso de 1954 y retrato de Sylvette del fotógrafo André Villers

La ventana

Creía no haberme dormido cuando me despertó la lluvia. Este ático tiembla entero cuando hay tormenta y con cada trueno parece que fuera a partirse en dos como una granada madura. Pero esta vez era la lluvia la que, unas veces por encima, otras por debajo de los chasquidos y bramidos eléctricos, ponía un telón sonoro que me resultaba irreconocible porque, más que un golpeteo, era como un raspar con lija gruesa la casa toda. Parecía llover en el pasillo, en el salón, en cada dormitorio… Así lo percibía desde la cama y me levanté a cerrar la ranura que había dejado abierta en algunas ventanas. Al otro lado de los cristales, la cortina de agua no dejaba ver el final de la calle, opacaba la luz de las farolas y resbalaba, continua y precipitadamente, por la fachada del edificio de en frente, simulando la cascada de una piscina de diseño moderno. Muchas ventanas brillaban iluminadas, vecinos que, como yo, no querían perderse el espectáculo de la gran tormenta anunciando el final del verano.

Además de iluminada, la ventana del séptimo en la casa de la esquina estaba abierta y enmarcaba a una pareja que grababa un vídeo desafiando a los elementos. Me quedé un rato mirándolos, imaginando el interior de esa cocina, el suelo encharcado por la lluvia, el fregadero con los platos de la cena amontonados, y sabía que el baile estaba a punto de empezar, que el camisón mojado de ella, la camiseta mojada de él, el hecho de que hubiera vecinos en las ventanas, de que la luz de su cocina se esparciera cálida a su alrededor, de que hubiera cesado la lluvia dejando olor a ciudad lavada, era un escenario idóneo para su fantasía habitual. Y así, una caricia por aquí, otra por allá, él detrás, apoyando ella en el alféizar su generosísimo escote, se entregaron de nuevo a su ritual de deslumbramiento del vecindario, a la exhibición de su pasión y su energía sexual, esta vez, eso sí, sin gritos y gemidos estentóreos, como los que lanzaban aquellas primeras noches del pasado verano hasta que los vecinos nos dimos cuenta de que su ventana era como un canal de Youtube y ya no les resultó necesario seguir publicitándolo.

Me veía a mí misma junto al cristal, en la oscuridad de mi salón, revelada a las miradas con cada resplandor azul de los relámpagos, como en una película de terror, y sabía que ellos podían verme, es más, que esperaban verme, que atisbaban mi aparición con cada destello, igual que cuando salgo a la terraza o cada vez que me asomo al balcón, que mi mirada forma parte de su razón de ser como pareja. Y, como esos niños malos que tiran piedras a los perros en plena cópula, bajé la persiana y me fui a dormir.