El vestido

Por ocho euros me he comprado en los chinos un vestido un como de señora con jardín. No me roza en ningún sitio, flota a mi alrededor cual fantasma doméstico y me siento como en el centro de una corola mientras me preparo el desayuno. La tormenta de la madrugada, como todo acontecimiento digno de mención, me ha abierto el apetito.

– No deberías sentirte tan contenta dentro de ese globo informe, me dice mi conciencia, esa eterna censora, siempre sobre mis hombros como caspa caída.

– Qué mas te dará que esté yo contenta esta mañana tan fresca, respondo, mientras me preparo un sándwich de queso

– ¿En serio te vas a comer eso? Mira, tienes manzanas en el frutero.

– Déjame un poquito en paz, ¿eh? La tormenta me ha emocionado y ya sabes que todo lo que me emociona, me da hambre.

– Hija mía, tú naciste con la boca abierta, esa es tu emoción primigenia.

– ¡Qué sabrás tú, que ni siquiera tienes cuerpo! Anda, métete para dentro y que las neuronas te den una lección de química.

– ¿En serio te vas a comer eso?

– ¡Y usted que lo vea!

– Eres imposible. Después no me vengas llorando.

Se esfuma. El disfrute del vestido y del desayuno también se han evaporado. Ahora miro el estampado, la flor que se abre sobre mi barriga como una diana. Avispas y abejorrillos, ¡cuidado! También he comprado un matamoscas.

Amigos de alguna vez

Tengo la cabeza llena
de nombres que aletean
como si buscaran
su rama al atardecer

Muchos han huido en un revoloteo
del que nadie fue consciente,
pájaros migratorios
que, a veces, vuelven de su viaje

Otros se han perdido en la noche
o han caído
bajo las garras de la lechuza

A la lechuza, amigos,
no se le escapa una.

In fraganti

Me ha despertado la lluvia, el consistente golpear del agua sobre la colchoneta de la tumbona y sobre las grandes hojas de las canas. De repente me he acordado de mi viejo Capi, que ahora duerme siempre fuera y cada mañana me pide con grandes gestos y la boca muy abierta que le deje entrar en casa. Me he levantado corriendo, envuelta en un pareo, dispuesta a salvarlo del diluvio, pero nada más salir del dormitorio he oído cómo golpeaba la puerta de la gatera y me lo he encontrado allí, al final del pasillo, mirándome de soslayo, consciente de que lo he pillado in fraganti y de que ahora ya sé que, en circunstancias extremas, aún puede entrar en casa por sí mismo.

He vuelto a la cama tambaleándome, la resaca envolviendo mi cabeza como un turbante bien apretado. La lluvia ha cesado, los vencejos han vuelto a apoderarse del aire y poco a poco, desde la repisa, ha ido haciéndose presente el tictac del despertador. Nada resulta más irritante para este cuerpo consciente y dolorido que el sonido del reloj que, una vez detectado, se amplifica a cada golpe y acaba por invadir todo el espacio sonoro. Pero esta vez su llamada no iba dirigida a mí, sino al otro cuerpo que me ocupa, invisible, de pies a cabeza, y que es capaz de sentirse consolado y acunado por esas resonancias diminutas. Me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no sentía esa otra parte de mí misma, ese otro cuerpo mío, quizá desde la adolescencia. No quiero reconocer que pudiera estar aún bajo los efectos del alcohol que pocas horas antes nos había llevado a recordar extrañas experiencias relacionadas con el tiempo, percepciones casi tangibles, casi corpóreas, físicas, sólidas, del paso de un momento a otro, de un tiempo a otro.

Pero, seguramente para romper ese estado de paz, mi organismo habitual ha empezado a pedir cafeína. Hacia el sudeste la cúpula de la iglesia es casi del mismo color gris plomizo que el cielo, y se respira humedad en el aire. Por la puerta entreabierta del balcón una ligera corriente hace vibrar la cinta de la persiana y, mientras posa el té, salgo a la terraza y me siento en el rincón del romero, la lavanda y el tomillo pensando en la relación que pueda existir entre “fragante” e “in fraganti”, y otras cosas por el estilo que, como esto mismo que os estoy contando, no tienen mayor importancia.