Ser otra cosa

Llevo años pensando que, si existiera la metempsicosis, me gustaría ser ballena. Así podría volver a probar el lácteo amor materno y, para el resto de la vida, alimentarme en cantidades ingentes sin preocuparme por mi peso, sostenida por el agua salada tan graciosamente que me vendría literalmente arriba y ensayaría algún que otro salto angélico aprovechando que hay que tomar aire. Además, podría aguantar la respiración durante cuarenta minutos y expulsar chorros de vapor cual geiser viviente. Y cantaría sin pensar si desafino o no.

Esto de la metempsicosis es una palabra que muchos no oíamos desde los tiempos de Jiménez del Oso. La parte de “psicosis” de la palabra no se refiere a la locura, sino, como la locura misma, a los estados del alma. Jiménez del Oso realizó su propia transmigración, de psiquiatra a agitador de lo oculto, solo que sin abandonar su cuerpo, demasiado humano para un apellido tan animal. Pensándolo bien, tampoco me importaría ser osa. También podría comer sin preocuparme por el peso, al contrario, todo mi afán sería engordar lo suficiente como para poderme ir a dormir unos cuantos meses, hasta que la tibieza del sol, los aromas de la primavera y los gruñidos de mi estómago me volvieran a despertar.

Sí, ser oso me parece una buena opción. Pero me preocupa quedar atrapada durante mi larga siesta invernal en uno de esos sueños que nunca se acaban, sin ser capaz de espabilarme siquiera lo suficiente como para cambiar de registro. Porque algunos sueños son dulces como dedos de santo, y como tales te llevan más allá de ti misma, pero otros tienen su huesito de aceituna y angustian como esos caballitos de mar encapsulados en pisapapeles de resina. Sueños que proceden de recuerdos que no deberían siquiera estar ahí y que no sabemos como devolver a las profundidades a las que pertenecen sin caer nosotros con ellos hasta el fondo.

Algo así, pienso, les ocurrirá a esas cabras transmutadas con genes de araña (lo que permite ordeñarlas y extraer de su leche una proteína de seda que puede servir, entre otras cosas, para fabricar tendones). Estas bucólicas rumiantes no sabemos si se soñarán caníbales, saltarinas de ocho patas o si se despertarán con los atrapasueños repletos de pesadillas y el pánico en sus pupilas rectangulares, sintiendo que, en vez de cuernos, aún llevan sobre la cabeza una corona de ojos.

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