La ropa fría

“La ropa fría en el cajón advierte

No del invierno,

Sino de la muerte.”

A: ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

B: Ni caso, ni caso. Solo intenta llamar la atención. No hagáis caso.

A: Pero ¿por qué? ¿Alguien se ha quejado?

B: Nada, las epiteliales, que dicen que están raras, que todo les afecta.

C: Una amiga de arriba, una neurona, me ha dicho que percibe pensamientos negativos…

B: ¡Qué sabrá esa!

A: Que las epiteliales noten algo es normal. Al fin y al cabo, ellas están en contacto con el mundo.

C: Sí, ¡a saber qué andará pasando por ahí fuera!

B: Lo que pase fuera a nosotras nos da igual. Lo que hay que evitar es que esas tontas vayan por ahí transmitiendo su malestar hasta el centro del sistema. Y que esa neurona amiga tuya le diga a la gorda pedante que se deje de rimitas paupérrimas y se eche crema hidratante.

A: Jajaja… lo has rimado

B: ¡Tú te callas!

C: Hija, qué borde te pones.

B: Porque sois una panda de células atolondradas, y si no se os frena en seco os desmandáis. Y ya sabéis lo que pasa cuando perdéis el control.

Hubo un estremecimiento generalizado. A las células les da mucho miedo pensar en su lado oscuro.

—–

En estos días de invierno, me dedico a la contemplación de las plantas en la terraza. Este año he sido diligente y he realizado a tiempo mis tareas, así que todo tiene buen aspecto. Los árboles se dejan acariciar por el transcurrir apacible de los días y hasta las ramas desnudas de las trepadoras parecen menos enmarañadas que otros años. Pequeñas flores de invierno brotan discretamente, como siempre, aunque no faltan las hojas coloreadas de la glicinia para recordarnos que el tiempo está loco.

Una mañana del mes de octubre abrí el cajón de las camisetas y me las encontré tiritando. Pensé entonces que tendríamos un invierno de barba blanca, de esos que son raros en Madrid. Pero me equivocaba. Lo del cajón fue un simulacro… o una broma que me gastó mi ropa, vete tú a saber.

Simulacro de invierno. La verdad es que no me gusta el frío, pero este año tenía ganas de observarlo, como quien se familiariza con un enemigo. Quizás esta gélida introspección que hubiera querido ensayar es lo que confunde a mis neuronas más desconfiadas. “No os preocupéis -les digo-, mi corazón es un hornillo”.

Me paso por la librería a recoger un encargo y descubro “Regalos de invierno”, una breve recopilación de textos de Colette.  Es el último ejemplar. Me lo llevo.

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