Arduína

– Hoy no estoy para nada, chicas. No he pegado ojo.

Las demás neuronas miraron a Arduína. La verdad es que la pobre tenía mal aspecto. A simple vista se notaba que su energía era débil y tan oscura como un par de ojeras. Arrastraba con esfuerzo sus flácidas dendritas y el axón se le hacía más pesado que una trompa de elefante.

– Vete a descansar, nosotras te cubrimos – dijeron sus compañeras.

Arduína sabía que en el lóbulo frontal no podía quedarse porque pronto empezaría a funcionar como una oficina en pleno rendimiento, así que fue a refugiarse a una zona resguardada cerca del lóbulo temporal y se cubrió con un gran pliegue, blanco y mullido, dispuesta a recuperar el sueño perdido. Pero había mucho ruido, más del que ella había imaginado. Especialmente enervantes eran esos cinco pequeños pitidos que se repetían una y otra vez: pi-pi-pi-pi-pi, pi-pi-pi-pi-pi.

Arduína buscó acomodo en otras partes del cerebro. Medio dormida como estaba, se pegó un buen susto al pasar delante de un grupo de neuronas espejo que la miraban fijamente. Se dio cuenta de que era la hora del desayuno cuando empezó a notar un aroma a magdalenas y se encogió disgustada. Ella tenía sus propios gustos gastronómicos y literarios, y hubiera preferido unos riñoncitos fritos para empezar el día. El recuerdo del Ulises se le mezclaba con imágenes aún más extrañas generadas por el cansancio y buscaba desesperada un lugar tranquilo donde reposar, aunque solo fuera unos minutos. Pero era ya imposible: toda la química de la vigilia fluía a su alrededor, sus compañeras no paraban de chismorrear entre ellas y había mensajeros que iban y venían por todas partes a toda velocidad. Desesperada, se dejó caer en el torrente sanguíneo y cuando recobró el conocimiento estaba en el corazón. Aquello era como estar en medio de un desfile, dentro del bombo, para ser exactos, y volvió a perder el conocimiento. Cuarenta mil neuronas desconocidas para ella la vieron pasar flotando como una Ofelia diminuta en un río rojo que finalmente la depositó en una orilla de lo que resultó ser el estómago. No tardó en despertar de nuevo, aunque más bien le pareciera estar en medio de una pesadilla. Cien millones de supuestas congéneres se afanaban en triturar todo lo que por allí pasaba. Parecían descontroladas y Arduína, debilitada por el cansancio y las emociones, no hubiera podido enfrentarse a ellas de ninguna de las maneras. Milagrosamente, pasó desapercibida, y atravesó esa especie de laguna estigia envuelta en la pastosidad de lo que volvió a reconocer como magdalenas.

A partir de ese momento, todo fueron vibraciones, gruñidos como de jungla, rápidos y meandros. Arduína se sentía morir. Finalmente, todo se tranquilizó. Estaba tan débil y tan lejos de sus compañeras que ya no era capaz ni de recibir ni de procesar información. Felizmente para ella, porque había llegado al recto junto con los restos del desayuno, y en la quietud de esa ciénaga sulfurosa pudo, por fín, dormir unas horas.

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