La escapista

¿Y qué pasa si a nuestro alrededor todo sucede como siempre,

si las glicinias y las bignonias siguen floreciendo,

si el polvo se sigue posando sobre los libros del estante,

si el gato sigue durmiendo enroscado en el cojín?

¿Qué pasa si nada cambia y se queda así eternamente?

¿No es esta mansedumbre de lo cotidiano,

esta facilidad con la que sucede lo pequeño,

este transitar despacioso de los días, el Paraíso?

¿No eres tú regando, restaurando, acariciando,

cuidando de cada ser y cada objeto,

no eres tú la creadora, la dueña del espejismo?

¿Por qué falla el holograma? ¿Por qué se descompone en mil imágenes grotescas?

¿De dónde salen los gritos, los aullidos?

¿No basta con ocuparse de todo a conciencia para que perdure

en calma hasta el fin de los tiempos, para fingir, incluso,

que se puede pacificar el mundo con el solo impulso del corazón,

que estas cuatro paredes no son porosas y permeables a la acción de lo exterior,

que esta carne no tiembla ante el dolor y ante el miedo,

porque tal cosa no existe cuando todo sucede a nuestro alrededor

como siempre?

Miro

Miro, con la paciencia de la nieve que se posa

una vez y otra, para convertirse en agua.

Con fingida inocencia, sin más propósito

que extenderse, se posa

cubriéndolo todo de preguntas blancas,

como si no supiera dónde, como si no supiera qué, como si no supiera cómo.

Hay un árbol del que cuelgan espejitos redondos

que tintinean y se empañan antes de quebrarse

con un ruido similar al del hielo que se resquebraja

en la superficie del lago, y el agua que corre por debajo

es como la que gotea de las ramas, solo que negra y honda.

Y llegados a este punto, miro, y vuelvo a estirar el velo

sobre el paisaje descompuesto, esperando

otro resultado tras la nevada nueva.