La redacción

Estos días me he estado acordando de una antigua profesora de lengua y literatura que me dio clase a los ocho o nueve años. Nos había pedido que hiciéramos una redacción sobre la lluvia, porque empezaba la primavera y habíamos leído el poema de Machado: “Son de abril las aguas mil…”. En aquella época vivía en las afueras de un pueblo que ahora está totalmente rodeado de urbanizaciones, pero por entonces aquello era campo. Como no tenía más que una vecina con la que jugar por las tardes, desarrollé una naturaleza más bien contemplativa. O quizá nací con ella, quién sabe. El caso es que podría haber escrito páginas y páginas sobre la lluvia, pero en aquel momento solo quería contar una cosa: había llovido recientemente y, como hacemos en tantas ocasiones, me había entretenido en mirar cómo resbalaban las gotas por el cristal de la ventana y al hacerlo, se me había venido a la cabeza la manera de describirlo con apenas tres frases cortas. Eso fue lo que escribí en mi redacción. Cuando se la enseñé a mi profe me preguntó: “¿No escribes nada más?” Era tímida, pero por una vez no me costó nada defender que no había nada más que quisiera decir sobre la lluvia en aquel preciso momento. Ella me dijo que de esa forma no me podía poner nota alta y yo lo acepté. Esperaba un suspenso, pero me aprobó, y yo me sentí plenamente satisfecha. Pensando en ello me doy cuenta de que aquello fue un acuerdo tácito en el que ella entendió algo que yo comprendí mucho más tarde: que aquello era, infantilmente, prosa poética y que lo que yo había mantenido era una actitud estética. Y lo que también sé yo ahora es que parte de la simplicidad emotiva de aquel pequeño texto derivaba de que esa tarde, junto a la ventana, mi padre estaba conmigo.