Disociación

Tememos por nuestras mujeres, por nuestras niñas. Siempre. Es un peso que se lleva en el corazón. ¿Hasta cuándo?

No se equivoca la niña cuando cuenta
con los ojos cerrados los golpes de la cuerda,
la que se desafía a sí misma en cada salto,
cada vez que estalla su sonido en la arena.
No necesita abrir los ojos para saber
que una nube de polvo envuelve sus piernas,
que pequeñas grietas como ríos
surcan el charol de sus zapatos,
que la borla de sus calcetines blancos
se ha deslizado ya hasta sus tobillos
y que su trenza sube y baja
como un pequeño látigo dócil.
Los latidos de su corazón
acompañando a los chasquidos,
las mejillas arreboladas, sudando,
la niña salta y cuenta, en un murmullo,
y no se equivoca, allí, en la oscuridad.

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