La cuarta pregunta

Dos cuestiones me intrigaban en la infancia: qué era el “tercer grado” y cuál era “la cuarta pregunta”. Con los adultos no se podía contar, como si estas dos simples preguntas, íntimamente relacionadas en mi imaginación, hicieran tambalear el mundo. A la primera, el cine y las novelas terminaron por dar respuesta, pero la segunda parecía un secreto mejor guardado y más oscuro que los de la masonería. Por el contexto, aprendí a usar la expresión “estar a la cuarta pregunta”, pero sigo sin saber qué pregunta es esa. Por eso ahora, casi tiemblo de emoción al escribirla en la barra de Google. Respiro hondo, estoy a punto de descubrir la incógnita y por un momento dudo antes de pulsar intro y perder uno de mis últimos residuos de inocencia… Unos segundos de lectura y… sí, mi intuición infantil era cierta, o por lo menos aproximada, ya que, si el tercer grado se refería a los interrogatorios policiales, la cuarta pregunta se formulaba en los interrogatorios judiciales. ¿Cuáles eran las cuatro preguntas? Uno: nombre y edad. Dos: lugar de nacimiento y domicilio. Tres: religión y estado civil. Y cuatro… (tachaaaan, redoble de tambor)…: bienes y rentas. Y ya está. A la cuarta pregunta era cuando el interrogado salía por peteneras. ¿Y qué son peteneras? Pues es un palo flamenco, de origen tan incierto como algunas fortunas.

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