Hace dieciséis generaciones

Hace dieciséis generaciones, la hermana de una antepasada mía por vía paterna se casó en segundas nupcias con Kristiern Nilsson (para él también era ella su segunda esposa) y acabó siendo la bisabuela de Gustavo I, primer rey de Suecia tal y como la conocemos ahora. Con él se inicia, en 1523, la dinastía Vasa, que durará hasta que, en 1654, la reina Cristina, protectora de las artes y mecenas, abdique del trono, se convierta al catolicismo y vaya a morir a Roma. Cristina se carteaba con Descartes, y fue ella la que le regaló a Felipe IV el “Adán y Eva” de Durero que está en el Museo del Prado.

Pero me pierdo por derroteros. Para poder volver a Gustavo I, diré que Cristina murió un 6 de junio, día de la fiesta nacional sueca, que lo es, precisamente, porque ese día de 1523 Gustavo fue elegido rey (rey electo, así fue la cosa) por el parlamento. Antes había luchado contra los daneses hasta expulsarlos, rompiendo La Unión de Kalmar, que reunía a Dinamarca, Suecia y Noruega bajo la soberanía danesa, e incluso había sufrido cárcel en el país de Ibsen (otro “pariente” mío, como ya os conté).

De todo esto me acabo de enterar. Así que en esta tarde de otoño, mientras la luz del atardecer entra sesgada por las ventanas del salón y yo me entrego al asueto, porque me lo merezco y porque me estoy recuperando de la migraña de los últimos días, del catarro y de la sesión de dentista de esta mañana, me complazco en perderme en ensoñaciones históricamente cogidas con alfileres y pienso en esos monarcas a los que me unen pequeños segmentos de ADN, en nuestros brazos luchando contra los daneses, en nuestros ojos contemplando en soledad la obra de Durero, en nuestros logros, nuestros abandonos, nuestros fríos, nuestras congojas y nuestras muertes… Y me acuerdo de mi padre y de su conversión al catolicismo para casarse con mi madre, cosa que algunos de sus mejores amigos jamás aceptaron (cambio fe por un rayo de sol y un poco de calor humano). Y entiendo por qué a mí, antimonárquica como soy, me gusta fotografiarme con coronas y por qué, no siendo nacionalista, me suena bien eso de la independencia. Hasta creo que le hago justicia a Cristina siendo artista. Lo llevo en la sangre, qué le vamos a hacer. Lo que hace falta ahora es que mi cabeza sea capaz de poner orden en todo eso.

Os dejo este dibujo de mis ventipocos años, cuando andaba yo fascinada por el incipiente tema de los avances genéticos.

86027

Sin título, 1986.

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