La cuarta pregunta

Dos cuestiones me intrigaban en la infancia: qué era el “tercer grado” y cuál era “la cuarta pregunta”. Con los adultos no se podía contar, como si estas dos simples preguntas, íntimamente relacionadas en mi imaginación, hicieran tambalear el mundo. A la primera, el cine y las novelas terminaron por dar respuesta, pero la segunda parecía un secreto mejor guardado y más oscuro que los de la masonería. Por el contexto, aprendí a usar la expresión “estar a la cuarta pregunta”, pero sigo sin saber qué pregunta es esa. Por eso ahora, casi tiemblo de emoción al escribirla en la barra de Google. Respiro hondo, estoy a punto de descubrir la incógnita y por un momento dudo antes de pulsar intro y perder uno de mis últimos residuos de inocencia… Unos segundos de lectura y… sí, mi intuición infantil era cierta, o por lo menos aproximada, ya que, si el tercer grado se refería a los interrogatorios policiales, la cuarta pregunta se formulaba en los interrogatorios judiciales. ¿Cuáles eran las cuatro preguntas? Uno: nombre y edad. Dos: lugar de nacimiento y domicilio. Tres: religión y estado civil. Y cuatro… (tachaaaan, redoble de tambor)…: bienes y rentas. Y ya está. A la cuarta pregunta era cuando el interrogado salía por peteneras. ¿Y qué son peteneras? Pues es un palo flamenco, de origen tan incierto como algunas fortunas.

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Hace dieciséis generaciones

Hace dieciséis generaciones, la hermana de una antepasada mía por vía paterna se casó en segundas nupcias con Kristiern Nilsson (para él también era ella su segunda esposa) y acabó siendo la bisabuela de Gustavo I, primer rey de Suecia tal y como la conocemos ahora. Con él se inicia, en 1523, la dinastía Vasa, que durará hasta que, en 1654, la reina Cristina, protectora de las artes y mecenas, abdique del trono, se convierta al catolicismo y vaya a morir a Roma. Cristina se carteaba con Descartes, y fue ella la que le regaló a Felipe IV el “Adán y Eva” de Durero que está en el Museo del Prado.

Pero me pierdo por derroteros. Para poder volver a Gustavo I, diré que Cristina murió un 6 de junio, día de la fiesta nacional sueca, que lo es, precisamente, porque ese día de 1523 Gustavo fue elegido rey (rey electo, así fue la cosa) por el parlamento. Antes había luchado contra los daneses hasta expulsarlos, rompiendo La Unión de Kalmar, que reunía a Dinamarca, Suecia y Noruega bajo la soberanía danesa, e incluso había sufrido cárcel en el país de Ibsen (otro “pariente” mío, como ya os conté).

De todo esto me acabo de enterar. Así que en esta tarde de otoño, mientras la luz del atardecer entra sesgada por las ventanas del salón y yo me entrego al asueto, porque me lo merezco y porque me estoy recuperando de la migraña de los últimos días, del catarro y de la sesión de dentista de esta mañana, me complazco en perderme en ensoñaciones históricamente cogidas con alfileres y pienso en esos monarcas a los que me unen pequeños segmentos de ADN, en nuestros brazos luchando contra los daneses, en nuestros ojos contemplando en soledad la obra de Durero, en nuestros logros, nuestros abandonos, nuestros fríos, nuestras congojas y nuestras muertes… Y me acuerdo de mi padre y de su conversión al catolicismo para casarse con mi madre, cosa que algunos de sus mejores amigos jamás aceptaron (cambio fe por un rayo de sol y un poco de calor humano). Y entiendo por qué a mí, antimonárquica como soy, me gusta fotografiarme con coronas y por qué, no siendo nacionalista, me suena bien eso de la independencia. Hasta creo que le hago justicia a Cristina siendo artista. Lo llevo en la sangre, qué le vamos a hacer. Lo que hace falta ahora es que mi cabeza sea capaz de poner orden en todo eso.

Os dejo este dibujo de mis ventipocos años, cuando andaba yo fascinada por el incipiente tema de los avances genéticos.

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Sin título, 1986.

El precio de una rosa

Cuando todo está ya limpio y ordenado,

y observas tu hogar tibio y transparente,

te sientas dolorida y te preguntas

¿cuál es el precio de una rosa?

…..

A tu paso dejas pétalos caídos,

de tu espalda se desprenden como plumas.

“Tendré que recogerlos luego”, piensas.

Pero es otoño, puede esperar un poco.

…..

Por todo tu cuerpo afloran las espinas,

rozas con ellas las paredes de la casa.

¡Cuidado, hay una caja dentro de una caja!

Y afuera el cielo, azul y líquido.

…..

¿Por qué el mundo desprende tanta arena?

La integridad se desmorona lentamente.

Por todas partes cae la cal molida

del tiempo, la polilla de la muerte.

…..

“Aroma de rosas”, piensas.

Perfume, ambientador, insecticida.

Olor hecho veneno, lecho veneno.

Mentira del idioma, eso de aroma.

…..

Todo vuelve a estar como al principio,

cubierto de plumas, cal, arena y hiedra

que ha crecido en una esquina, imperceptible.

El precio de la perfección y la belleza.

Dos palomas

Dos palomas se cortejan trazando círculos sobre la acera. Una es gris, la otra parda. Las palomas de la Biblia son blancas. También las de los magos… ilusionistas, claro. La ilusión nos mantiene vivos en este mundo y nos prepara para el otro. La ilusión hay que conservarla intacta, hay que vestirla de blanco. ¿Qué pasaría si el Espíritu Santo fuera una paloma gris, como esas que se acurrucan en los aleros, picotean en las aceras, se persiguen en círculos y mueren en cualquier esquina; esas palomas llenas de bichos que todo lo ensucian y a las que solemos llamar ratas de ciudad, que solo nos gustan cuando nuestros niños se divierten con ellas, unas veces tirándoles migas, otras asustando a las pequeñas bandadas que se posan en la arena bajo el sol de invierno? A veces, cuando veo una paloma moribunda, me pregunto si su alma se desprenderá en forma de paloma blanca.