Me despierto antes que mis brazos

Últimamente me despierto antes que mis brazos. Solo después que probar la temperatura del suelo con las plantas de los pies, ensayar la verticalidad y dar unos pocos pasos, cuando ya se hace imprescindible bajar el picaporte del baño o subir la tapa del váter, mis brazos hacen un esfuerzo por desperezarse en medio de un cosquilleo como de espuma de mar. No puedo explicarme a qué se debe este despertar en segunda convocatoria, a menos que sea mi cuerpo indicándome que aquí no soy yo la propietaria, sino una simple inquilina a la que no va a parar de subir el alquiler. Entonces me acuerdo de la vitamina efervescente que tomo por las mañanas y lo entiendo todo: es mi organismo eliminando las burbujas del día anterior.

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Uñas

Aquella mirada grave de pequinés, aquellas formas redondeadas y acogedoras, la edad bien asentada bajo la piel aún tersa… Había, sin embargo, algo en ella que hacía pensar en un tigre de Hokusai. El pelo oxigenado, el vestido rojo, la profusión de joyas, el bolso con estampado de leopardo… y las uñas: las de las manos decoradas con diseños y colores de fantasía y, en la Patagonia de su cuerpo, ¡oh, Señor!, las de los pies, que curvándose en el extremo de los dedos se precipitaban sobre la elevada plataforma de las sandalias como pingüinos a punto de saltar al mar.

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Hokusai. Tigre en la nieve, 1840.