En mi vida paralela

En mi vida paralela, esa vida imaginaria en la que me refugio cuando no estoy muy ocupada, he recorrido las islas griegas, he contemplado las pirámides al atardecer ignorando la gran masa gris de El Cairo, he visitado las galerías y museos de Nueva York y me he refugiado en un pequeño pueblo escandinavo frente a un mar helado. He sido una mujer de éxito, he trabajado en organismos internacionales, me he ido a vivir a un lugar perdido y paso las vacaciones en Francia. De joven estudié en el extranjero y estuve fuera el tiempo suficiente como para añorar mi tierra. Nada me ata, nada me retiene y siempre, siempre, puedo elegir. Pero hoy… Hoy me he descubierto absorta en una rara ensoñación, intentando imaginar qué manías tendré de vieja, si comeré la mermelada directamente del tarro, como Louise Bourgeois, o un aguacate diario, como Leonora Carrington, o la fruta en puré, como mi madre, aunque tenga mejores dientes que yo. Manías modestas, manías como las de cualquiera, que quizás sean los últimos reductos de libertad y albedrío que les quedan a los ancianos, pequeñas costumbres irrenunciables ante los rápidos cambios en sus condiciones de vida, los deterioros que se producen de un año para otro, de un mes para otro, mientras los demás los observamos creyéndolos congelados en el tiempo. La mujer arrogante que llevo dentro ha vuelto a replegarse ante la rigurosa minucia de la vida.

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Freudiana

Me contaron hace poco que la psicología actual rechaza la interpretación freudiana de los sueños… ¡Ya era hora! Pregunté, claro, si eso anulaba cualquier otro tipo de interpretación, si los sueños se habían emancipado, por fin, de la psique del individuo, del peso de sus traumas, de sus complejos… Incluso imaginé, durante un segundo de ensoñación, la muerte como una explosión de nuestra capacidad de visualizar, como la suelta de ideas, enlazadas hasta entonces por frágiles hilos asociativos, liberadas en el espacio-tiempo para que evolucionen por puro azar, el alma como una disgregación de sueños lanzados en partículas al negro vacío de lo eterno… Pero me dicen que no, que no me entero.

Planos

Ocurre, con los objetos volumétricos – la realidad, en fin, – que a menudo no somos capaces de aprehender su belleza mediante un método directo de traslación, puesto que ésta se halla simultáneamente en varios planos. Entonces no queda más remedio que acudir a otro plano, por ejemplo, el de lo simbólico. Por lo demás, como sabemos, todas las piedras son prehistóricas. Eso es un hecho.

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No abras

No abras, que no es el aire

quien llama a puertas y ventanas,

quien sacude los toldos

y las lonas del andamio.

Es un desconocido que arde en fiebre

y viene a robarle su fruto a la higuera,

el verde al jazmín

y al hibiscus la flor.

Es el mayordomo del desierto,

su valet bien entrenado,

cubierto de polvo y calamidad.

 

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Riego las macetas

Riego las macetas. Algunas son muy grandes. Huele a tierra caliente, agradecida y palpitante. Recuerdo los pajares en los que paren las gatas sus camadas, el olor a placenta en las cabezas de mis hijos recién nacidos, los diferentes aromas del sexo. Hay algo emocionante en este calor que, aun hecho jirones por el riego, rehúsa desprenderse y se queda en el aire dándole cuerpo a la luz amarillenta del ocaso.