Te lo mereces

Entra un mensaje en el móvil: “TE MERECES… AÚN MÁS DESCUENTO”, así, en mayúsculas. Me quedo un poco perpleja. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Acudo al diccionario y de la consulta deduzco que comprar el líquido de las lentillas de mi hija en Visionlab es una acción o conducta que me hace digna de premio o alabanza. Madre de Dios, qué fácil es sentirse gratificada en nuestros días.

Quizás no le hubiera prestado atención al reclamo si justo ayer no hubiera surgido el tema en una conversación doméstica: cuán fácilmente damos por bien merecidas recompensas grandes o pequeñas, propias o ajenas, sin cuestionarnos si realmente se han hecho méritos para ello. Merecer… mérito… ¿eh? ¿eh?

No, no hablábamos de los likes de las redes, pero bueno, para el caso también valdría el ejemplo.

Y yo me quedé un poco consternada porque justo antes de ayer había escrito unos ripios que ahora miro con desconfianza. Pero como son de antes de entrar en este nuevo estado de consciencia, los doy por buenos. Ahí van, para todas, con cariño estival:

Querida, te mereces un descanso,

Leer un rato en el silencio de un jardín,

Pasear entre olivos al atardecer,

Beber vino y aferrarte

A la vida bajo las estrellas,

Desaparecer por un tiempo,

Guardar silencio,

O gritar, si quieres.

Dejar de ser el cuerpo nutricio,

El cuidado latente,

La presencia perenne.

Olvidar

Y ser caduca,

Empezar algo desde el principio,

Salir de la rueda del tiempo ajena

Y de cualquier pasado.

 

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