Zona de confort

Desde que leí que la zona de confort no es lo que su nombre indica, no estoy a gusto en ningún sitio, como si me hubieran quitado el paraguas o mi peluche favorito y no tuviera en qué apoyarme, a quién agarrarme o cómo protegerme. Como un gato en la playa, me agazapo y busco un escondite y cuando estoy a gusto y a punto de empezar a ronronear, salta la alarma: ¡Cuidado! ¡Esto también podría ser una zona de confort! El invento de la dichosa zona de confort ha hecho el mundo más intolerablemente inhabitable de lo que ya era, ha vuelto al espíritu infinitamente más desconfiado y vigilante y ha transformado al ser humano en un explorador solitario intentando conquistar una cima que no existe. Por eso hoy me siento inclinada a abrazar las filosofías orientales, tomar el primer avión a Japón y precipitarme al templo de Todaiji para reptar por el tubo que desemboca en el agujero que representa el orificio nasal del Gran Buda, cuyo umbral atravesaré en la confianza de haber conseguido la iluminación en mi próxima vida. Así podré descansar y dejarme llevar por las circunstancias hasta que muera dulcemente soñando con ser posiblemente un moco, sí, pero un moco iluminado.

 

 

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