La niña que se pudo perder

Caminas por el campo. Has huido de casa. Llevas falda y no vas bien calzada. Un perro grande, medio atravesado en el camino, te mira por encima del hombro y se marcha por un lateral. Ves cómo se aleja, mecido desde las orejas hasta el rabo por su propio trotecillo diagonal. Está nublado y hace bochorno, y hasta las flores te dan la espalda. Sigues andando, despechada, furiosa, aunque sabes, y esto aún te enfada más, que esta noche cenarás a la luz de la bombilla de la cocina. Huele a humedad… ¡Que se abra el cielo! ¡Que estalle la tormenta! ¡Que me cale hasta los huesos! Huesos y espigas verdes… No me humillaré volviendo a casa antes del primer trueno.

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