La niña que se pudo perder

Caminas por el campo. Has huido de casa. Llevas falda y no vas bien calzada. Un perro grande, medio atravesado en el camino, te mira por encima del hombro y se marcha por un lateral. Ves cómo se aleja, mecido desde las orejas hasta el rabo por su propio trotecillo diagonal. Está nublado y hace bochorno, y hasta las flores te dan la espalda. Sigues andando, despechada, furiosa, aunque sabes, y esto aún te enfada más, que esta noche cenarás a la luz de la bombilla de la cocina. Huele a humedad… ¡Que se abra el cielo! ¡Que estalle la tormenta! ¡Que me cale hasta los huesos! Huesos y espigas verdes… No me humillaré volviendo a casa antes del primer trueno.

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Un grupo de amigos que pasan discutiendo

Un grupo de amigos que pasan discutiendo, un conductor con la música a todo trapo, una pesadilla, la cisterna que gotea, un mosquito intentando acceder a mi yugular antes de que raye el alba… Qué frágil es la frontera del sueño. En la oscuridad, cuántos motivos de inquietud que a la luz del día no significan nada. Me asomo al balcón y veo a una chica paseando a su perro. Me invade la nostalgia. Miro hacia el norte. Los tejados de Malasaña todavía forman masa unos con otros. Sobre un cielo que clarea sin color se perfilan cuatro grúas. Las más lejanas son, seguramente, enormes, pues son casi tan altas como la más cercana. Debe de ser la recuperación económica. Pienso en los solares vacíos del barrio de mi estudio, los de siempre y los nuevos, las naves y almacenes que se han derruido para edificar. He soñado con eso. Con eso y con mi hogar invadido por escombros. Del estudio nos echan, van a hacer lofts. Ya nos hemos mudado, después de casi veinte años. Seguimos cerca, seguimos en el barrio, seguimos mientras se pueda seguir sin perder la ilusión. Estamos en junio, solamente, y no paro de sumar cambios, minucias para el mundo, pequeños tsunamis para mí. A veces hay que recordar que la humanidad sufre de verdad. Qué frágil es la frontera de la realidad.

Para el recuerdo

En junio y en septiembre es habitual tropezar por las calles del centro con los restos de los erasmus que por aquí anduvieron. Que nadie imagine escenas siniestras. Dichos restos no son otra cosa que amontonamientos de ropa de invierno, botas, edredones baratos, almohadas con cercos amarillentos, toallas y algún bolso un tanto hippie. Todo muy predecible. Por eso hoy he frenado en seco cuando, dentro de una caja de cartón abierta al cielo nublado y sobre un lecho de papeles, kleenex usados y desperdicios, he visto la foto de dos jóvenes rubios, chica y chico, que con las mejillas pegadas y sonriendo me miraban con sus ojos azules desde un marco barato y optimista, profusamente decorado con dibujos de flores y mariposas de colores. Rara vez salgo de casa sin el móvil, pero nunca lo he lamentado tanto como hoy porque, creedme, allí había una foto para el recuerdo.