La edad, la memoria, la distancia, las alas

Voy a Móstoles a hacer unas gestiones. Como soy de la antigua escuela, ni se me ocurre consultar la dirección en Google y nada más bajar del tren le pregunto a un señor. Por la cara que pone me doy cuenta de que estoy a punto de entrar en un laberinto. Él se zafa diciendo: “Es al otro lado de las vías. Cruce Vd. y pregunte”. Le doy las gracias y hago lo que me dice. Pregunto entonces a una señora que me indica, sobre todo con las manos, que debo ir hacia la derecha y luego por la primera calle a la izquierda, que resulta ser peatonal, hasta el final y entonces cruzar la carretera, que es también la calle principal según me dice. “Allí pregunte”, me indica. Y de nuevo agradecida emprendo el camino. Después de cruzar, vuelvo a preguntar, esta vez a una pareja. Otra vez, caras de consternación. Siento que estoy lejos de mi objetivo, especialmente cuando el ímpetu de sus explicaciones solo llega hasta el final del colegio que ocupa la mitad de la manzana, pero vuelvo a ponerme en marcha igualmente agradecida. Por el camino caigo en que quizá me estoy equivocando al preguntar a personas mayores. Me da la sensación de que su memoria es tan corta como sus pasitos y solo llega hasta donde pueden llevarles sus debilitadas piernas. Cien metros, doscientos, cincuenta… Más allá, una confusión inexpresable, una extensión gris, una bruma en la que se pierden los caminos. Decido preguntar a alguien más joven. Por suerte hay una empleada del Ayuntamiento que en cuclillas arregla unos arriates de romero, y hacia ella me dirijo. Con entusiasmo me explica que debo ir por la estrecha acera que, como un caminito rojo, separa la valla del colegio de un pequeño parque infantil, girar a la izquierda, seguir por la primera a la derecha (“casi en donde se ven las antenas”, me aclara) y seguir recto hasta el final. Le doy las gracias, esta vez con auténtico agradecimiento. Si, como yo, habéis seguido las explicaciones, hemos llegado. No hemos tardado más de doce minutos desde la estación, contando con las cuatro paradas informativas. No era para tanto.

Hago la vuelta como quien transita por un espejo. Me encuentro de nuevo con la jardinera y le dedico un saludo al que no responde, quizá sorprendida al percibir que no es invisible. Me pregunto si no habré estado toda la mañana dilapidando cortesía. Por el camino alcanzo a comprobar que las frutas y verduras están a menos de la mitad de precio que en mi barrio y que todas las tiendas de chinos en las que podría comprarme un refresco están fuera de mi ruta.

El tren no tarda en llegar. Va medio vacío, es casi mediodía. Al llegar a Cuatro Vientos se sube una chica muy joven con una chaqueta vaquera que lleva apliques de lentejuelas plateadas en la espalda, en forma de alas. Me quedo fascinada: siempre me han gustado las alas, aunque ella es tan menuda y la chaqueta tan pequeña que las suyas parecen de gorrión. De cría sentía que, debido a mi nombre, debería de haber nacido con alas. Del tallo de mi memoria brota una hojita verde: “Angelito patudo, que quiso volar y no pudo”, me canturrea mi primo. Nunca me ofendió su rima, sentía que encerraba un cariño guasón de primo mayor.

Lo siguiente es un túnel oscuro que nos lleva hasta el corazón de la ciudad.

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