Soliloquio de la abuela

Hasta qué punto tengo el pecho caído lo descubro

cuando me tumbo y siento frío en el esternón.

Antes, me digo, aquí había dos montañas

que apuntando al cielo me abrigaban incluso

en las más frías noches de invierno.

Pero ahora ellas, como dos glaciares,

milímetro a milímetro se escabullen

por las laderas de mi torso yacente

y se forma un altiplano donde corre el viento.

Por eso, cuando duermo boca arriba,

sueño con Genghis Khan atravesando el páramo

con el rostro curtido y los labios cortados y oigo

el golpeteo sordo de los cascos de los caballos,

hasta que me despierto estremecida,

pues es el corazón quien llama a la puerta de mis huesos

y no hay nadie para abrirle.

Entonces me arrebujo en mi edredón

y sin poderlo evitar pienso

“qué raro es sentir frío en el pecho”.

 

 

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