Uno de abril

Salgo a la terraza y me asomo por la barandilla. Desde arriba veo a mis primas subirse a un taxi con las maletas. Es mi ritual de despedida. Las calles están casi vacías, el sol apenas empieza a calentar los muros de los edificios. En el cielo cuento hasta doce estelas de aviones. Me doy la vuelta y a través de la ventana observo a mi hija que duerme plácidamente envuelta en su edredón. Su gato me mira, sentado en la mesilla. Yo estoy en bata y zapatillas y empiezo a tener frío. Paso bajo las glicinias, que están empezando a brotar, y vuelvo al calor del hogar. Le abro al gato la puerta del dormitorio. Me preparo un té. Ojalá el domingo transcurriera a cámara lenta y en silencio.

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