Deseos

Me he despertado temprano, a horas en las que nadie debería de estar despierto, pensando en la futilidad de las cosas, en este no llegar nunca a ningún sitio que es la vida, cuando me he dado cuenta de que tenía hambre y un grano en la nariz. “¿A esto se reduce toda mi preocupación existencial?”, me he preguntado a mí misma. Y como no sabía contestarme (no siempre es verdad eso de que los grandes descubrimientos surgen de preguntas sencillas) y deseaba con la misma intensidad volver a dormirme y tomar un té, me he levantado y me he preparado unos cereales, porque no es cuestión de empezar, a mi edad, a ser coherente con los propios deseos, truncando su atropellada naturaleza. Más que sucederse unos a otros, mis deseos se superponen, como en el relato de Tagore: “¿Desea su majestad ir a caballo o en barca?”, le preguntaron al joven príncipe. “Quiero ir a caballo y en barca”, respondió. Yo contestaría lo mismo, y luego iría andando.

Y este es el motivo por el que no llego nunca a ningún sitio.

Ya me puedo volver a la cama.

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Raros días de enero

No es que tenga las piernas juntas,

es que cuando estoy de pie

mis muslos se rozan.

Entre ellos se escurre

un reguero de sangre

y un repentino coagulo se estrella,

en el suelo de porcelana.

En el borde de la bañera un puñado

de pelo gris habla de contradicciones.

Capitán Ahab,

mira cuánta sangre y espuma.

Nos hacemos viejos, querida,

pero sigue habiendo ballenas.

Camino por la calle Quintana

Camino por la calle Quintana. Hay una cafetería en un semisótano y desde el escaparate se puede ver, en plano picado, el mostrador con la bollería del desayuno. Una especie de golpe en el corazón me recuerda esos momentos tristes en los que uno intenta consolarse mojando un cruasán en café con leche. Me distraigo con mis pensamientos y paso de largo la puerta de la clínica. Para cuando vuelvo, han cerrado el laboratorio y me marcho como llegué, con mi botecito de orina en el bolso, ese lugar tan secreto como el corazón en el que nunca se sabe lo que puede haber.

97009

Sin título, 1997.

La idea

— Mira, ¿qué es esto?

— A ver, destápalo… Mmmm… es una idea. No respira.

— ¿Está muerta?

— Es difícil saberlo. Las ideas son impredecibles.

— Si no respira…

— No pasa nada. Le puede dar una ventolera y salir volando.

— No hace viento.

— Ellas se dan su propio aire. Lo mejor es que tengas cuidado.

— ¿Y qué hago?

— Átale una cuerdecita, por si acaso, que no se escape.

— ¿Por aquí?

— Sí, por ahí mismo. Que sea larga.

— ¿Y luego?

— Te la guardas, y si ves que se mueve y empieza a levantar, dale cuerda. ¿Dónde te la has encontrado?

— La encontré esta mañana en la almohada.

— ¿Podría no ser tuya?

— Podría, no sé. Se largó antes de amanecer.

— Si es suya a lo mejor vuelve a buscarla.

— No lo creo.

— Bueno, si alguna vez despierta puede que sepamos de dónde viene. Mientras tanto…

— Mientras tanto nada. Esta idea es mía para los restos.

Cuando se despertó

Cuando se despertó, la cocina aún estaba sin recoger. Al abrir los ojos había sentido su cuerpo como cuando tenía veinte años y pesaba veinticinco kilos menos. Bajaba por el Paseo del Cisne hacia la peluquería y notaba el roce del pantalón de pinzas en sus caderas, bien marcadas las crestas ilíacas. Recordó aquella vez en que le hicieron una radiografía del vientre y cómo, tumbada como estaba en la camilla, no era posible colocar del todo bien la máquina porque se chocaba contra los huesos. Aquel día, el de la peluquería, caminando bajo el suave sol de primavera, se le había puesto un nudo en el estómago al pasar junto al comedor social. Con un suspiro abrió la nevera y sacó el roscón relleno de nata. Mañana, pensó, tendré que ponerme a régimen.

¿La creatividad?

¿La creatividad? La creatividad es una inquietud física y mental parecida a la que te produce la caída de un diente: te molesta, pero no puedes dejar de tocarlo con la lengua y producirte con ello más molestias. Porque debajo del diente hay algo que investigar: la propia encía, el nuevo diente… Finalmente el diente cae: es el trofeo (el cuadro,el dibujo,la escultura, el poema…). Eso de que luego venga el ratón Pérez (o el coleccionista Pérez) es más bien aleatorio.

 

El año empieza en lunes

El año empieza en lunes y con luna llena. Resulta difícil encontrar un cajero que funcione en pleno centro. Los cubos rebosan basura que huele a cáscara de marisco. En el estrecho portal de la papelería que cerró durante la crisis, un mendigo con barba se sienta arrebujado en mantas sobre un trono de cartón. Permanece inmóvil, como una escultura en una hornacina.

Moises Miguel Angel