Sobrehumano

Ayer tuve un mal día. Por la noche, pesadilla. Un ser diabólico se me presenta en sueños y me pregunta: “¿qué clase de alma eres tú, que rehúsas tener miedo?”. Muy deliberadamente mantengo la calma, no quiero mostrarme asustada ni enfadada, pero quiero desafiarle. Respondo: “¿Y tú qué mierda de espíritu eres?”. Es todo muy intenso y mi voz me despierta. Entonces lo sé: quiero ser un alma radiante.

A la luz del día entiendo que he de evitar las tres cosas: el miedo, el enfado y la beligerancia. De entrada me parece sobrehumano.

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Raros días de octubre

Este atardecer, encelado con el horizonte,

no sabe que es otoño. Solo

como el torero justo antes de la embestida,

no sabe que ya el jazmín y las últimas rosas

decidieron entregar sus aromas,

que la vid ya se rindió al oro de la estación,

que estos son los últimos resplandores

de su traje de luces.

 

Banderas

Tendría unos seis años aquella noche. Me levanté a arroparle porque tenía fiebre y empezó a hablar en sueños: “no son pastillas, que son bolitas; no son bolitas que son pastillas; no son pastillas…”

Con la bolsa de té colgando entre el índice y el pulgar, mi cabeza va a su aire: no son banderas, que son ideas; no son ideas, que son banderas; no son…

– ¿Y qué ideas son esas? dice el hombrecillo rojo de mi hombro izquierdo.

– Ay, no empieces. Prefiero seguir así, sin pensar.

– A ti no hay manera de sacarte un pensamiento coherente en domingo.

– Puedes quitar lo de “en domingo”, si quieres.

– Mira que te pones pasota cuando te da. Oye, ¡no te rasques que me caigo!

-¿Sabes qué voy a hacer hoy? Voy a meter la bandera en lejía.

-¿Cuál de ellas?

– La sueca, ¿te parece bien?