La lluvia

Después de tanto esperar, llueve ahora,

por sorpresa y abundantemente,

en la madrugada de un domingo de agosto,

y se mojan las colchonetas de las tumbonas

y del columpio de jardín que no está en un jardín,

pero bueno, qué más da, por lo menos

no ha llegado de puntillas en medio de la noche.

Cambio climático

Se sorprende mi primo Örjan de la tormenta que ha caído sobre su Gotland: lluvia, tormenta eléctrica y sol al mismo tiempo, por primera vez desde que él tiene memoria. Clima imprevisible, ya sabemos por qué. Los meteorólogos se van a tener que reciclar en destripadores de ocas para hacer sus predicciones en plan augurio. El cielo se derrumba sobre nuestras cabezas y no basta con ponerse sombrero.

En los ochenta había un lema turístico que me encantaba: «España, todo bajo el sol». Hoy me da un poco de miedo. Más miedo aún si pienso en el dibujo de Miró que acompañaba el lema. Muchas connotaciones superpuestas.

Hoy, para llevarme la contraria, el cielo de Madrid está cubierto de nubes altas. Tras ellas brilla el sol de siempre, como en un diaporama translúcido. Fotofobia.

Uno igual a otro y al siguiente,

el calor, el cielo azul

sin nubes, sin lluvia,

inviernos sin nieve

y ese viento extraño

que antes solo soplaba en marzo.

Días planos,

regocijo de los pobres.

Menos gasto en calefacción,

es cierto,

techos sin goteras

si no fuera por el viento

que levanta las tejas.

De algo hay que quejarse.

Que se acabe el viento,

como la lluvia, como la nieve,

como las nubes.

Solo sol y barbacoa,

sol y playa,

sol y montaña,

sol y más sol.

Todo bajo el sol

España.

örjan

Foto de Örjan Persson (http://www.vidunge.se/)

 

Me cambio al llegar al estudio

Me cambio al llegar al estudio. Con el calor que hace hoy, parece que la ropa suda sola en la silla. El ventilador lanza aire casi caliente y las dos botellas de agua congelada lagrimean copiosamente mientras la lata de Coca-Cola que he comprado en los chinos me recomienda un viaje a Cancún.

Ya de vuelta, salgo a pasear con Danka, que me confirma que el barrio sigue oliendo como siempre. Hoy he descubierto que es zurda, lo que, al parecer, significa que es más creativa que otros perros. Me alegro por ella, yo soy diestra y a lo mejor por eso he estado equivocándome todo el día. ¿Me irá mejor mañana?

A la caída del sol, llega el momento más esperado. Toca regar la terraza y aprovecho para ponerme el bañador y pegarme un manguerazo. Dormiré fresca, si no me ataca la ropa.

La ropa en la silla

tiene vida propia,

una concentración

disimulada

característica

de quien secretamente

hace planes.

 

Da un poco de miedo.

Por eso a veces

ato entre sí

mangas y perneras,

no sea que se escapen

y deambulen de noche,

mientras todos duermen.

 

El dibujo es del 99. Ropa maligna ha habido siempre.

99074

Estación de metro de Príncipe Pío

Estación de metro de Principe Pío. Línea seis, andén dos. Dirección Plaza de España. Cuarenta y cinco segundos antes de que entre el tren, nos llega una brisa fresca que se acaba convirtiendo en un vientecillo de cierta violencia. Cuando por fin dobla la curva del túnel y se ve la luz de la máquina, bien puede decirse: “por ahí sopla”.

Sueño de una noche de verano

No verteré sobre mis días

el líquido de tu sombra.

A ti soy resiliente,

solo contengo semillas

y no tu brea.

 

He reparado mis grietas

con el más fino oro

y en mi interior resuenan

voces de mujer.

De nuevo.

 

Ahora soy una vasija.

Solo contengo semillas

y una garganta propia.

El aire, en mi interior,

ha estado ahí desde siempre.

 

No dejaré que tu oso

desentierre mi cadáver,

juegue con mi calavera,

se deleite con el perfume

de mi carne desaparecida.

 

He escondido esa tumba

en lo profundo del bosque.

Pongo musgo encima

y piedras blancas

como huesos.

 

Tu oso negro no es bienvenido,

con sus babas y cabeceos,

con sus garras y parásitos,

y su olor a orines.

Fuera.

 

Como una alfombra persa

mis arenas movedizas

absorverán su pelaje,

sus fauces,

sus entrañas.

 

Este es mi territorio.

Ninguno de tus esbirros

tiene poder en él.

Veremos quién vence al fin:

su mandíbula fosilizada

o el hueco de mi vientre.

Velante

Velante

El que vela

El navegante

Que en lo oscuro

Busca el rumbo

El que despliega

Los mapas negros

De mares nocturnos

El de las estelas

Abriéndose en las sábanas

El del espejo

Vuelto del revés

El que no ve

Ni la palma de su mano

El que se desvanece

Con la primera luz del alba

Raros días de agosto

Nada bajo el sol

Solo más sol

Solo soledad

Un soleado vacío

Solamente una idea

Solamente el calor

Solo la mente ardiendo

Solo el lamento

Solo y lento

Un lamido ardiente

Y algo líquido

Entre los dientes

 

Cuarenta grados

A la sombra

En el termómetro

En la frente

Entre las piernas

En las plantas de los pies

Solo el sol

Y cuarenta grados

De alucinación

De querencia

De espejismo

De resina

De sirenas varadas

Aulladoras

Oliendo a asfalto

Y a sudor

 

Solsinsombratodofulgor

Que devoras el mundo

En las tardes de agosto

Concédenos la dicha del amor

Más terrenal

Más simple y lúbrico

Algo que recordar

Cuando llegue el invierno.