Raros días de julio

Mujer en la playa no necesita gafas de cerca.

Mujer en la playa quiere quemar papel.

Mujer en la playa tiene el  corazón naranja.

Mujer en la playa se hace sombra con la mano.

Mujer en la playa bucea, un poco.

Mujer en la playa sigue las huellas de una gaviota.

Mujer en la playa observa

los mástiles de dos veleros

que cabecean al unísono

por encima de la valla blanca.

Mujer en la playa piensa: ese joven negro

corta la línea del horizonte.

Mujer en la playa desea, por un momento, un día nublado.

Mujer en la playa vuelve a casa,

bebe té,

deambula.

Como un soldado

Como un soldado ha caído el sueño muerto en esta noche de julio. Herido por el calor y el ruido, exhaló su último aliento poco antes de amanecer. Tras sí deja un cuerpo fatigado e incrédulo y muchos pequeños sueños diurnos. Todos lloran la pérdida del que pudo haber sido el Gran Sueño Reparador de la noche del veintiocho. Hoy un sueño de reemplazo ocupará su lugar. En la guerra contra la vigilia se libra un combate cada noche.

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Sin título, 1995

Soy un púlsar

Como un púlsar, he pasado veinte años de mi vida girando a toda velocidad, y solo a costa de densidad y un enorme esfuerzo de voluntad gravitatoria consigo que mi propio movimiento no me despedace. Esta velocidad vertiginosa, como dice la Wikipedia, ha hecho que me expanda en mi ecuador. Ahora me estoy concentrando en mi campo magnético para que mis polos emitan potentes chorros de radiación electromagnética enfocados al infinito. Luz colimada, llaman a eso. Pero lo que más me reafirma en la idea de que soy un púlsar, son las siguientes frases: “Por razones aún no muy bien entendidas, los polos magnéticos de muchas estrellas de neutrones no están sobre el eje de rotación. El resultado es que los «cañones de radiación» de los polos magnéticos no apuntan siempre en la misma dirección, sino que rotan con la estrella.” Yo tampoco lo entiendo, pero sé por experiencia lo difícil que resulta mantenerse en el eje, y como lo de andar lanzando chorros de radiación de modo descontrolado me parece altamente irresponsable, estoy haciendo prácticas de giro con zapatillas de punta y no pararé hasta conseguir la exactitud necesaria para replicar el famoso “efecto faro” de los púlsares que, aplicado a la vida cotidiana, a lo mejor hace que los viandantes se aparten de mí en la Gran Vía como quien huye del acantilado, con la consiguiente mejora de mi velocidad de crucero por el centro de la capital.

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Púlsar Vela, imagen del telescopio Chandra de Rayos X

El sobrentendido

Me mira a los ojos y me dice “Tú ya sabes cómo va esto”. Me quedo callada porque quien calla otorga y así puedo hacer creer a mi interlocutor que sí, que sé de qué habla, que conozco todos los artificios y vericuetos de aquello a lo que nos referimos, pero interiormente una voz como de papagayo tropical me dice al oído “Ya tu sabe’, ¿no?” con esa nasalidad desencadenada, ese brillo blanco de colmillo, ese caer de piñas, cerezas, bananas, mientras pulso nerviosa el botón y espero que las tres frutas coincidan, que las tres cosas que yo sé –cruzo los dedos- sean las mismas que sabe el otro. Y me quedo expectante, atisbando disimuladamente un gesto delator, aventurando alguna frase vaga con la esperanza de que siga hablando de aquello que ya sabemos y que, justo en ese momento, pasa fastasmagóricamente sobre nuestras cabezas, elegante y silencioso como un pez raya.

Los análisis están bien

– Los análisis están bien, dice la doctora.

– ¿Todo está bien? ¿Todo?

Me felicito interiormente, sonrío y ya estoy a punto de levantarme para irme.

– Están bien en general.

– ¿Pero?

– Hay algunos resultados que en su conjunto indican que padeces berreta.

– ¿…?

Tengo que despertarme para entenderlo. Berreta: entre berrinche y pataleta.