Raros días de junio

Ese ruido sordo

es el motor del camión

de la lavandería.

Estacionado frente al hotel

viene a llevarse las sábanas

de los espectros.

Despojados de sus ropas

deambulan por las estancias

sin que nadie lo note,

habitantes accidentales

de un hotel cerrado.

Por las ventanas abiertas

se colará a mediodía

el bochorno,

pero en el fresco amanecer

los fantasmas se regocijan

y se dejan traspasar

por las corrientes de aire.

A veces un aleteo

les sobresalta.

Las palomas, como siempre,

vienen a posarse en las cornisas.

Les recuerdan por un instante

aquella visión suicida,

aquel momento de extravío

en el que se vaciaron de sí mismos

y se quedaron en nada.

 

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