Nocturno

Con boca de queso, media luna me sonríe mientras cruzo Barceló. Entro en mi barrio como en un abrazo. Cuesta abajo, con las manos en los bolsillos, en esta fresca noche de julio Malasaña me acoge como hace treinta años, sin culpa, sin remordimientos, sin un ápice de rencor en el corazón. Acúname, cántame hasta llegar a casa… mucho has cambiado, pero sigues siendo tú… todos esos locales como estrellas en el cabello… algún día entraré en ellos, pero no hoy… hoy podría caminar toda la noche entre la gente… si tan solo pudiera distinguir sus rostros… Y no, no son los tres gin tonic que me he tomado, es la presbicia.

Raros días de junio

Ese ruido sordo

es el motor del camión

de la lavandería.

Estacionado frente al hotel

viene a llevarse las sábanas

de los espectros.

Despojados de sus ropas

deambulan por las estancias

sin que nadie lo note,

habitantes accidentales

de un hotel cerrado.

Por las ventanas abiertas

se colará a mediodía

el bochorno,

pero en el fresco amanecer

los fantasmas se regocijan

y se dejan traspasar

por las corrientes de aire.

A veces un aleteo

les sobresalta.

Las palomas, como siempre,

vienen a posarse en las cornisas.

Les recuerdan por un instante

aquella visión suicida,

aquel momento de extravío

en el que se vaciaron de sí mismos

y se quedaron en nada.