La parada de los monstruos

Hace tanto calor que me arde hasta el alma. En el vagón entra una mujer desgarbada y con los pies grandes. No puedo evitar imaginármela en El Rastrillo, de amiga de la infanta Pilar. Un poco más allá, una chica vestida de colores saharianos come lo que debe de ser el bocadillo de queso más seco de la historia. Ya se me está pegando la lengua al paladar cuando en el extremo opuesto de la fila de asientos veo a una mujer vestida de piscina. El escote palabra de honor y el ruedo de la falda por encima de la rodilla marcan claramente los bordillos. Ya no es joven, la carne le tiembla como gelatina con las vibraciones del tren, pero el fresco azul del vestido me sonríe a cada mirada, me invita, me llama… Estoy a punto de abalanzarme sobre ella cuando llego a mi parada, menos mal. Es muy mala cosa llevar el alma en llamas.

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