Venus

La protagonista de nuestra historia es una mujer de mediana edad que, mediante complejas fórmulas matemáticas, ha convertido todas sus vivencias y experiencias en un número que expresa centímetros y éstos, a su vez, en un único hilo del grosor de la tela de araña capaz de dar tres veces la vuelta al mundo o, lo que es lo mismo, tan largo como trescientos cuarenta y siete mil campos de fútbol puestos en fila. Deshilvanando el ovillo, en viajes de ida y vuelta ese hilo podría pasar por el palo de la bandera del Apolo 11 dieciséis mil quinientas setenta y cuatro veces. Pero suponiendo que sujetara un extremo del hilo entre sus dedos y lanzara el otro al espacio en un viaje sin retorno, suponiendo que ese viaje pudiera realizarse en línea recta, el extremo suelto quedaría flotando en un lugar indefinido del sistema solar más cercano, que es el nuestro, pues ni aún viviendo varias vidas con desenfreno conseguiría que su hilo recorriera los cuarenta millones de kilómetros que nos separan de nuestro planeta más próximo, Venus. Y siendo, por lo tanto, Venus inalcanzable, desazonada ante la malicia de los astrónomos que bautizaron un planeta falsamente cercano con el nombre de la diosa del amor y la belleza, nuestra protagonista deja caer los brazos y casi se le escapa el extremo del hilo que sujeta. Y esa es la razón por la que nunca, nunca, escribe poemas de amor.