Una del Oeste

Con el vestidito que me  pongo cuando ya no soporto el calor y que se parece un poco en el vuelo al de la pequeña Lulú, salgo a regar la terraza. Cuando ya llevo aproximadamente un tercio, parece levantarse un poco de brisa que se me cuela entre las piernas, no sé si al conjuro del agua o al de la luna, como las mareas. No puedo apartar de mi cabeza la imagen vista al salir del metro, en medio del bochorno del atardecer: pájaros volando en círculos sobre un cielo blanquecino mientras un chirrido musical va lamiendo las calles desde el chiringuito de la plaza de Callao. Ahora, pasada la medianoche, me siento a mirar la luna, grande y llena, que se muestra como en un espejo empañado, con su propio halo como velo, mientras nubes transilvanas la van cubriendo poco a poco. Aguanto la respiración. ¿Aullarán los lobos o los chacales?