Nocturno

Con boca de queso, media luna me sonríe mientras cruzo Barceló. Entro en mi barrio como en un abrazo. Cuesta abajo, con las manos en los bolsillos, en esta fresca noche de julio Malasaña me acoge como hace treinta años, sin culpa, sin remordimientos, sin un ápice de rencor en el corazón. Acúname, cántame hasta llegar a casa… mucho has cambiado, pero sigues siendo tú… todos esos locales como estrellas en el cabello… algún día entraré en ellos, pero no hoy… hoy podría caminar toda la noche entre la gente… si tan solo pudiera distinguir sus rostros… Y no, no son los tres gin tonic que me he tomado, es la presbicia.

Raros días de junio

Ese ruido sordo

es el motor del camión

de la lavandería.

Estacionado frente al hotel

viene a llevarse las sábanas

de los espectros.

Despojados de sus ropas

deambulan por las estancias

sin que nadie lo note,

habitantes accidentales

de un hotel cerrado.

Por las ventanas abiertas

se colará a mediodía

el bochorno,

pero en el fresco amanecer

los fantasmas se regocijan

y se dejan traspasar

por las corrientes de aire.

A veces un aleteo

les sobresalta.

Las palomas, como siempre,

vienen a posarse en las cornisas.

Les recuerdan por un instante

aquella visión suicida,

aquel momento de extravío

en el que se vaciaron de sí mismos

y se quedaron en nada.

 

Por si acaso este año voy a la playa

Por si acaso este año voy a la playa, me he comprado unas gafas polarizadas. Con ellas, no sé si lo sabéis, se puede ver el fondo del mar. Pero no solo atraviesan capas de agua: el tinte dorado de los cristales me permite atravesar tiempo y espacio. Mientras camino por la Gran Vía con el sol a mi espalda puedo comprobar que todo el mundo luce un saludable tono en la piel, ese aspecto de melocotón que se le pone uno a la luz del atardecer junto a la costa. Levanto la vista para contemplar un cielo azul de polaroid antigua y hasta me llega el olor del mar. Es una marisquería, pero para la ficción me sirve.

En el metro cambio de gafas. Llevo un libro de Strindberg y quiero leer, por eso huyo del grupo de franceses que va hacia Cuzco. Son seis paradas, les dice su guía, y me felicito por entender al menos eso. Mientras leo se sube un grupo de chicos y chicas en las postrimerías de la adolescencia. Van vestidos de playa y llevan bolsas y mochilas por las que asoman los picos de las toallas. Su algarabía ahoga por un momento la conversación de mis jóvenes vecinas de asiento, que versa sobre chicos. A mi izquierda, un par de treintañeros barbudos, docentes en pantalón corto, comentan los sudores de un alumno que tenía que hacer una presentación en inglés. Del grupo que va a la piscina me llega una frase: “Dice una cosa que me encanta, `Nunca sería miembro de un club en el que me admitieran´. Y luego está Chaplin. ´El Chico` me encanta, aunque es mazo triste”. No todo está perdido, aún hay gente mazo sensible entre las nuevas generaciones, me digo. En las escaleras mecánicas una chavalilla le canta a su novio aquella canción …You say Tomato, I say Tomato… Caramba con los viajes en el tiempo. Y eso que las gafas las llevo enganchadas en el escote, y no puestas.

Ese puntito rojo

Ese puntito rojo que podéis ver en las pantallas de vuestros móviles soy yo camino del estudio. No sé quién ha comercializado la aplicación ni por qué me he convertido en el objeto de vuestro interés, pero ya me han dicho que será un proceso largo y caro conseguir que la retiren del mercado, que al fin y al cabo nadie sabe, a menos que yo lo diga, a quién representa ese punto y que no soy la única observada: hay puntos de todos los colores y también estrellitas, pequeños rectángulos, amebas, dodecaedros, etc., en todos los colores RGB , que son casi diecisiete millones. Me han dicho que además se pueden asignar otras marcas a las figuras, letras por ejemplo, y sé de más de uno que me ha puesto la “w” o la “z”. Es el colmo, cualquiera que me conozca os dirá que ni la “z” ni la “w” tienen nada que ver conmigo. ¿Qué hago yo camino del estudio con una zeta a cuestas? Nada de nada, es un sinsentido y no pararé hasta que desaparezca esta modalidad de invasión de mi anonimato.

Sin perdón

Un olor a colonia marca el rastro por donde pasaron una madre y su bebé. Ella empuja el carrito sobre el fuego de la acera con la convicción de una carabela, segura de estar abriendo una nueva ruta hacia el futuro. No hay perdón para quien trunca, rompe, borra, tuerce, los millones de caminos que abrimos las madres.

La parada de los monstruos

Hace tanto calor que me arde hasta el alma. En el vagón entra una mujer desgarbada y con los pies grandes. No puedo evitar imaginármela en El Rastrillo, de amiga de la infanta Pilar. Un poco más allá, una chica vestida de colores saharianos come lo que debe de ser el bocadillo de queso más seco de la historia. Ya se me está pegando la lengua al paladar cuando en el extremo opuesto de la fila de asientos veo a una mujer vestida de piscina. El escote palabra de honor y el ruedo de la falda por encima de la rodilla marcan claramente los bordillos. Ya no es joven, la carne le tiembla como gelatina con las vibraciones del tren, pero el fresco azul del vestido me sonríe a cada mirada, me invita, me llama… Estoy a punto de abalanzarme sobre ella cuando llego a mi parada, menos mal. Es muy mala cosa llevar el alma en llamas.

Venus

La protagonista de nuestra historia es una mujer de mediana edad que, mediante complejas fórmulas matemáticas, ha convertido todas sus vivencias y experiencias en un número que expresa centímetros y éstos, a su vez, en un único hilo del grosor de la tela de araña capaz de dar tres veces la vuelta al mundo o, lo que es lo mismo, tan largo como trescientos cuarenta y siete mil campos de fútbol puestos en fila. Deshilvanando el ovillo, en viajes de ida y vuelta ese hilo podría pasar por el palo de la bandera del Apolo 11 dieciséis mil quinientas setenta y cuatro veces. Pero suponiendo que sujetara un extremo del hilo entre sus dedos y lanzara el otro al espacio en un viaje sin retorno, suponiendo que ese viaje pudiera realizarse en línea recta, el extremo suelto quedaría flotando en un lugar indefinido del sistema solar más cercano, que es el nuestro, pues ni aún viviendo varias vidas con desenfreno conseguiría que su hilo recorriera los cuarenta millones de kilómetros que nos separan de nuestro planeta más próximo, Venus. Y siendo, por lo tanto, Venus inalcanzable, desazonada ante la malicia de los astrónomos que bautizaron un planeta falsamente cercano con el nombre de la diosa del amor y la belleza, nuestra protagonista deja caer los brazos y casi se le escapa el extremo del hilo que sujeta. Y esa es la razón por la que nunca, nunca, escribe poemas de amor.

Así, así y así, ¡ea!

Estoy “un poco así”, por decirlo de algún modo. Esta expresión, que se suele acompañar con un gesto basculante de la mano y una ligera contracción de un lado de la cara -nariz incluida-, no significa en absoluto lo mismo que “estar así, así”, que dicen los más reiterativos acompañándose, ellos también, del mismo gesto manual. Porque mientras “estar así, así” suele indicar un estado de cosas material, ya sea en lo físico o en lo económico, estar “un poco así” denota más bien un estado de ánimo, una flojera de origen desconocido que tiende a la ñoñez y que puede terminar en lágrimas de cocodrilo por cualquier motivo absurdo. Me digo a mí misma que son cosas de la edad, igual que este dolor de cabeza y esta sensación de fiebre que no me dejan desde hace ya cuatro días, y entonces tengo que reconocer que además de estar “un poco así”, también ando “así, así”… ¡Qué pena me doy! Me voy a llorar a un rincón.

Una del Oeste

Con el vestidito que me  pongo cuando ya no soporto el calor y que se parece un poco en el vuelo al de la pequeña Lulú, salgo a regar la terraza. Cuando ya llevo aproximadamente un tercio, parece levantarse un poco de brisa que se me cuela entre las piernas, no sé si al conjuro del agua o al de la luna, como las mareas. No puedo apartar de mi cabeza la imagen vista al salir del metro, en medio del bochorno del atardecer: pájaros volando en círculos sobre un cielo blanquecino mientras un chirrido musical va lamiendo las calles desde el chiringuito de la plaza de Callao. Ahora, pasada la medianoche, me siento a mirar la luna, grande y llena, que se muestra como en un espejo empañado, con su propio halo como velo, mientras nubes transilvanas la van cubriendo poco a poco. Aguanto la respiración. ¿Aullarán los lobos o los chacales?