La tormenta

La anunciaron para el viernes, la tormenta, pero el día pasó sin que una gota de agua viniera a humedecer la tierra. El sábado el cielo fue adquiriendo una iridiscencia blanquecina en el calor de la tarde, y a última hora gruesos nubarrones se agolpaban a las puertas de la noche. Los vencejos del último suspiro daban vueltas por el cielo simulando espantapájaros, pero el agua no caía y sus gritos se compactaban con el olor a humedad. Fue entonces cuando un tremendo relámpago rompió el mundo en dos mientras de la distancia llegaban mil caballos al galope pisoteando los restos de todo lo que fue. Los siglos desaparecieron arrebatados por el viento en grandes remolinos polvorientos. Entonces empezó a llover y todo volvió a la normalidad.
 
Pero si alguien me pregunta, diré que no, que solo fue un sábado más.