La tormenta

La anunciaron para el viernes, la tormenta, pero el día pasó sin que una gota de agua viniera a humedecer la tierra. El sábado el cielo fue adquiriendo una iridiscencia blanquecina en el calor de la tarde, y a última hora gruesos nubarrones se agolpaban a las puertas de la noche. Los vencejos del último suspiro daban vueltas por el cielo simulando espantapájaros, pero el agua no caía y sus gritos se compactaban con el olor a humedad. Fue entonces cuando un tremendo relámpago rompió el mundo en dos mientras de la distancia llegaban mil caballos al galope pisoteando los restos de todo lo que fue. Los siglos desaparecieron arrebatados por el viento en grandes remolinos polvorientos. Entonces empezó a llover y todo volvió a la normalidad.
 
Pero si alguien me pregunta, diré que no, que solo fue un sábado más.

Raros días de mayo

Hay una pareja de ancianos (conocidos en el mundo del arte) a los que suelo saludar cuando en verano saco a pasear a mi perra y me los encuentro sentados al fresco del atardecer. Con el calor que está haciendo, me extraña no haberlos visto todavía. Para ellos, aunque nunca las lean, estas cinco líneas tontas:

La moto, el vencejo, la sirena,
el llanto de un niño, la luna llena,
todo es un caos, una verbena.
En la plaza sentados se dan la mano
dos viejos esperando el verano.

De viajes y grietas

Viendo fotos de la bienal de Venecia, me pregunto si el arte hoy en día consiste en rellenar espacios, cuanto más grandes, mejor. Y cada vez me reafirmo más en la idea de que quiero ocupar un lugar discreto, más íntimo y privado de lo que demanda el mercado del arte: el espacio del ánfora en la vitrina del museo de antropología, por ejemplo. O el que ocupa en mi memoria una de las pocas instalaciones que recuerdo haberme gustado en los últimos años: “Viajo para conocer mi geografía”, de Mateo Maté en el Matadero (todo encaja) de Madrid en el 2010, ese viaje de autoconocimiento que es como un bucle en el que constantemente se descubren cosas nuevas, aspectos diferentes de lo mismo, una y otra vez. Quizás haya que viajar a Venecia para descubrir que en su infinito deambular en torno a sí mismo el arte siempre nos muestra las mismas ideas bajo diferentes aspectos, diferencias muchas veces mínimas, tan mínimas que ni vale la pena iniciar el juego de las comparaciones: sólo el ojo experto las encontrará significativas. Y solo el ojo virgen se emocionará ante lo que toma por nuevo. Virgen como la lana con la que Sheila Hicks, en un gesto ya muchas veces repetido, rellena esa grieta que es como una metáfora de la escisión entre arte y mercado, exposición y espectáculo, cultura y economía. Somos muchos los que habitamos en esa grieta.

http://www.mateomate.com/obra/viajo-para-conocer-mi-geografia-instalacion-en-matadero/

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Mateo Maté. “Viajo para conocer mi geografía”. Matadero de Madrid, 2010.

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Sheila Hicks. Bienal de Venecia, 2017.

A veces no encontramos acomodo

A veces no encontramos acomodo en ningún sitio.

Hace un par de días me invitaron a colaborar en una revista en Internet. Voy a decir que sí, pero no sé en qué sección puede encajar lo mío. Así que me siento ante el ordenador y no encuentro postura en que ponerme, estoy incómoda me coloque como me coloque y algo de culpa tiene el laurel que ayer anduve trasplantando, pero no toda, no toda.

La cosa es que, si me pongo a pensarlo, el sentimiento de no pertenencia retorna cada dos por tres. Ser totalmente algo, íntegramente, firmemente… poder decir soy esto o aquello con la seguridad y el aplomo que no dejan lugar a dudas, que convencen al interlocutor de que sabe con quién está hablando.

“¡Tú no sabes con quién estás hablando!”, ¿os imagináis? ¡Qué poderío!

Pero no. A mí me debe de faltar poder de convicción. Sólo así me explico a mí misma mi habilidad para quedarme al margen de todas las modas, acontecimientos y tendencias. ¿Que se lleva el arte de género? Pues debo de ser de un género desconocido, pues jamás me invitaron a exponer en muestras de este tipo. ¿Que vivimos el auge del dibujo? Pues mira tú que lo que yo hago casi en exclusiva desde el noventa y cinco va a resultar que es encaje de bolillos. ¿Que se organiza un recorrido de estudios en Carabanchel? ¿A que llevo veinte años yendo a trabajar a otro sitio y no me había dado ni cuenta? ¿Que se hacen  revisiones de arte postal y libros de artista de los noventa? Va a ser que Köniec jamás existió.

Empiezo a sospechar que soy una “outsider” cuando mi ángel burgués me susurra que no, que nunca he sido lo suficientemente radical para eso y que no me preocupe, que entraré de todas formas en el paraíso de los cómodos. “¡Quita de ahí!” – le digo – “¿a ti te parece esto cómodo? ¡Lárgate o te meto!”. Entonces aparece mi demonio con un parche en el ojo y un sable al cinto: “Tranquila, me dice. Deja la navegación fluvial: nos queda el ancho mar.”

No estoy muy segura de lo que quiere decir, pero me calma un poco.

Reseña

La pasada noche un rayo cayó sobre un ciprés del cementerio provocando un incendio que se extendió rápidamente. Por fortuna, no hubo víctimas mortales.

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Pilar Barrio Mauriz, cementerio de Cacabelos, 9 de mayo de 2017

Peligro de extinción

Hay que hacerlo público de una vez: cada día desaparecen más y más calcetines. Y ahora que llega el buen tiempo nos damos más cuenta, porque allí donde antes se arrebujaban en amorosa nidada, solo vemos el duro fondo del cajón y algún que otro ejemplar desparejado y agonizante. ¿Dónde se meten? No, no están en el cesto de la ropa sucia, ni nos los hemos dejado en la bolsa de deportes. Ni siquiera llevamos un par puesto. Simplemente, no están.

Algunos, con un perfecto desconocimiento tanto de mecánica como de diseño, sostienen que se los traga el filtro de la lavadora. No faltan los que culpan al cambio climático, incluso hay quien afirma haberlos visto migrar hacia el norte en penosa formación, arrastrándose en fila india como la procesionaria del pino. Pero ha llegado la hora de afrontar la única y espantosa verdad, el conocimiento de aquello que llevará al ser humano a la extinción: somos el reservorio de calcetines de extraterrestres pedunculados o polípodos (los científicos aún no se han puesto de acuerdo en el término) que llevan años tomando muestras por todo el planeta. Y no pararán hasta convertirlo en una inmensa fábrica de calceta y a nosotros en sus descalzos esclavos.

Estáis avisados. Yo estoy poniendo los míos a buen recaudo y haciendo acopio para cuando lleguen los malos tiempos.

Kang_and_kodos