Esa señora no es la mía

Benditos sábados por la mañana en los que los pensamientos se ponen a navegar sin rumbo, motivo ni destino conocido.

Hoy me he levantado pensando que debería de haber aprovechado mi juventud para hacer un curso de marketing, pero me ha debido de arrastrar alguna corriente porque para cuando llegué a la cocina ya estaba pensando en Ivorypress. De ahí, por supuesto, a Elena Ochoa y su “Hablemos de sexo”, su viaje personal del papel cuché al papel de algodón. Para no perderme en el cuché, doy un golpe de timón: mientras sumerjo las bolsitas de té en la taza intento recordar alguna obra de Norman Foster… Sir Norman Foster, claro. Me pregunto cómo afecta el título a su esposa, si conlleva para ella algún tratamiento especial, tipo Milady o algo así. Corto un poco de queso. Milady, Madame, Mi Señora… Para cuando echo la leche en el té, ya estoy lamentando no haber estudiado historia medieval, filología o incluso heráldica. Ese pronombre que los fríos ingleses y los galantes franceses han conservado, a los españoles se nos cayó del tratamiento no se sabe cuándo. Para que luego digan que aquí somos posesivos. Desprendidos es lo que somos, oiga, que esa señora no es la mía.

Pelo la manzana y el desayuno está listo.

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