Raros días de marzo

Estos grandes copos

no pueden ser otra cosa

que las almas de los gorriones

muertos

que posándose en las aceras

vienen a picotear

el frío pan de los fantasmas

en el mediodía de marzo.

Así medita Calpurnia recordando

la gran pira funeraria de su divino esposo

mientras una paloma perpleja

se rasca la cabeza con la pata

entre el agua coagulada.

 

Lo malo en arte

Los artistas tenemos tendencia a exponer nuestra propia problemática sea cual sea el auditorio, lo cual resulta muchas veces cansino hasta para nosotros mismos. Cuántas veces he estado en reuniones con gente de diversas e interesantes profesiones y los artistas del grupo venga a monopolizar la conversación con lo nuestro. Ahí se ve a los amigos, en serio, los que lo siguen siendo a pesar de todo. Ahora que ya soy mayor, me corto un poco más, aparte de que muchas cosas me importan cada vez menos. Y una de las que menos me importan son las diatribas sobre si el arte que se vende es bueno o malo. No es una postura intelectual, es puro hartazgo. Sospecho que el mal arte siempre se ha vendido mejor que el bueno (hasta los mejores museos abundan en muestras de ello) y no seré yo quien señale con el dedo a éste o aquel. Bien por ellos, que se ganan el pan y hasta el Ferrari. Yo lo que quisiera es que hubiera más diversidad de mercados del arte, mejor gestionados y mejor publicitados, y que proyectasen una imagen adecuada dejando de lado el plañiderismo imperante.

Y lo malo en arte, prefiero ignorarlo a discutir sobre ello. Mi desdén es infinito en esta mañana de sábado.

Princesas

Nunca quise ser una princesa pero oye, me ha caído en suerte, es lo que me ha tocado, qué le vamos a hacer. El destino viene como viene, no es que lo busque una, que yo he estudiado una carrera y hasta hice mis pinitos profesionales, pero se me cruzó el amor. Que no se ría nadie: si a vosotros solo se os cruzan gatos negros tampoco tengo yo la culpa. A mí se me cruzó un príncipe, y es como para pensárselo, que la vida está muy mal y una buena oportunidad no sale todos los días. No, si ya sé que a muchos les haría más gracia verme en el paro, pero yo parar, lo que se dice parar, ni un momento, que no hay más que verme lo flaca que estoy, que me he quedado en el chasis de los desvelos que me produce mi pueblo. Mi pueblo, sí ¿qué pasa? ¿Qué no voy a poder decir yo “mi pueblo” y la princesa Leia sí? Pues más del pueblo soy yo que ella, ¿o qué? Que mucha guerra por las galaxias y mucha historia, pero problemas como los míos, ella, ni por asomo. Y yo aquí, manteniendo el tipo, el tipazo que me digo a mí misma, qué quién me ha visto y quién me ve. Pero lo de la operación no fue cosa mía: lo hice por mis hijas. No se podía ser princesa con aquella nariz y aquel mentón de bruja piruja, que se me asustaban las niñas cuando les leía sus cuentos antes de acostarse y me preguntaban si se parecerían a papá o a mamá de mayores. Y yo en plan Doris Day cambiando de tema con una cancioncilla de buenas noches y ellas con la cara tapada debajo del embozo para que no las pinchara con la picota. Qué dolor, eso no lo sabe nadie. Por eso me operé, y todos contentos, las nenas deseando parecerse a su mami, que hasta se pidieron la Barbie Princesa Letizia cuando salió. Eso sí, desde que soy reina, con tantos líos y complicaciones, tengo la escoba guardada en la habitación del pánico para que no se me escape un día por la ventana de palacio. Las niñas no han de saber nunca la verdad. Como buenas españolas.