A punto de ocultarse

A punto de ocultarse tras el horizonte, esta tarde el sol ha querido escapar a su destino y ha buscado refugio en mi casa.

Ciento cuarenta y nueve mil seiscientos kilómetros ha recorrido en el frío espacio azul de la galaxia (eso ha dicho, aunque creo que exagera porque estamos en febrero), los últimos doscientos metros alargando sus brazos naranjas a lo largo de la calle de enfrente, para colarse por el balcón en el salón y obligar a la planta de la esquina a hacer sombra sobre la pared, seguro de ser recogido, en quiebro diagonal, por el cristal de la puerta de la cocina, y luego, por el de la vitrina. Todo muy calculado. Se ve que llevaba tiempo planeando esta escapada.

Allí me lo he encontrado, y no estaba solo, que se había llevado la sombra de la pachira consigo, como el visitante que llega con un regalo. Les gustó mucho, por cierto, el presente a mis tazas tailandesas, pero no abrieron la puerta, y allí se quedó el pobre, pegado al cristal con su ramo en las manos mientras se iba poniendo cada vez más rojo, no se sabe si de ira o de desaparición.

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