Optimismo

Entre las muchas felicitaciones que los humanos nos hacemos unos a otros, y a veces a nosotros mismos, hay una que se expresa en una frase que da que pensar: “que cuando peor estemos, estemos como hoy”. No sé de donde procede tamaña cicatería en la expresión de un deseo.

“No, por favor”, dice alguien tímidamente. Y le miramos con sorpresa, como si nos pareciera imposible que su situación no admita prolongación, que rechace nuestro impulso de hermanarnos en un confortable bienestar, que se proteja de nuestro buen deseo como si fuera una maldición.

“Que cuando peor estemos, estemos como hoy” puede significar: que sigamos al borde del desahucio, que sigamos durmiendo en la calle, que sigamos siendo maltratados, amenazados o perseguidos, que sigamos privados de libertad, que sigamos lejos de las personas queridas, que sigamos siendo ignorantes y/o esclavos, que sigamos aprisionados por la enfermedad, que sigamos, en fin, en una situación en la que seguir es imposible porque un solo día más de “estar como hoy” significa el hundimiento inexorable, la caída en ese espacio oscuro del que ya nada puede rescatarnos y cuyo final no es otro que la muerte o el olvido, en definitiva, la desaparición.

“Que cuando mejor estemos, estemos como hoy”… Estar como hoy, para muchos, no es una opción. Es un camino cerrado.

¿Y para el resto? ¿Tenemos motivos para creer que vamos a poder optar por seguir como estamos?

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