La mayor parte de mis amigos

La mayor parte de mis amigos, y yo misma, estamos ya en esa edad en la que el médico nos recomienda pasear. Yo tengo perro, le digo. Pues sácala más, responde. Estoy pensando en ponerle en contacto con nuestro veterinario para que entienda que no todo es ejercicio, que mi viejita empieza a tener artrosis y cuando mi hijo la saca al campo vuelve feliz, pero cojita y renqueando, y luego no hay quien la saque de su colchoncito en dos días. Pasear conmigo es más tranquilo y pasa menos factura aunque claro, por donde vamos el paisaje de olores debe de ser muy diferente, hasta me inclinaría a pensar que más aburrido si no fuera por el entusiasmo que la veo poner en cada rastro olfativo. Para mí la meadilla de un perro es igual que la del siguiente, algo así como los famosos macarons que ahora venden en todas las pastelerías, que antes se llamaban suspiros, y que por muchos colorines que les pongan me saben todos igual, empalagosamente dulces. Pero ella debe de ser más gourmet, y sabe diferenciar unos charquitos de los otros. Si lo vas a ver, los perros esparcen sus olores con tanta información como nosotros en nuestros rastros electrónicos: solo hace falta azuzarnos a un buen husmeador para que todos nuestros secretos salgan a la luz. Pero pedirnos que entreguemos voluntariamente esos datos para entrar en un país, es como pedirle a un perro que orine en un bote: es antinatural, ridículo y humillante. Todo esto, en fin, debido al comentario de una amiga que se queja de las censuras en las redes y está pensando en mandarlas a paseo, por lo menos ésta en la que nos movemos y que en el fondo es nuestro enemigo común, aquel que nos distrae con luchas absurdas y estériles mientras la información realmente libre y la auténtica acción discurren por otros derroteros. Yo me  quedo porque soy pusilánime, pero debería de pasear más.

Uno tiene su pequeña casa

Uno tiene su pequeña casa, su pequeño embarcadero sobre el lago, su pequeño bote en el que remar de vez en cuando sin salir de este pequeño mundo que en invierno es como de bola de cristal. Uno tiene su vida, que a veces siente infinita y otras veces es ese hilillo de agua que escapa de la cisterna del váter y hay que volver a tirar de la cadena para no desangrarse. Uno tiene su cadena, unas veces enganchada al cuello y otras al corazón, y a veces uno intenta ponerle a otro esa cadena. Pero cuando uno tiene su pequeña casa y su pequeño embarcadero se siente como el alfiler que en el corcho sujeta una nota grande de escritura desconocida y puede aceptar sentirse desbordado y agradecido por la desmesura del universo.

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Fotografía de mi prima, Gunilla Stavenow

La crisálida

Llevo tres días a dieta y estoy inquieta. No es una de esas dietas postnavideñas para quitarse uno de encima dos o tres kilitos: habría que multiplicar por lo menos por cinco para poder considerar que cuido de mi salud. No es que me pase nada, es prevención, pero me invade una preocupación de orden… no sé cómo decirlo… ¿metamórfico?

Por una parte, estoy profundamente fastidiada porque en este cuerpo en el que me hallo, en su actual conformación, peso y aspecto, he encontrado una paz y una serenidad de la que no disfrutaba hace tiempo, la placidez de la hoja sobre el estanque. Imaginarlo antropofagocitándose a sí mismo, rebañando las reservas acumuladas, auto-proporcionándose oleoso combustible, no solo me pone los pelos de punta, sino también un nudo en el estómago que, os podéis imaginar, me quita el hambre de un modo triste y me siento como un naufrago hipnotizado por las olas.

Por otra parte, no consigo entusiasmarme con la idea de trasformación que normalmente acompaña a estos “proyectos”, el estímulo cifrado en la esperanza de emerger como una mariposa de la vieja crisálida. Nunca desde mi adolescencia, y aún menos ahora, he soñado con ser etérea, liviana, un hada que pasa de puntillas con un ligero aleteo. Me gusta la corporeidad, qué le vamos a hacer. El espíritu es otra cosa.

Así que aquí estoy, acostumbrándome a mi nueva condición penitente, despidiéndome con anticipación y pena de mi ser más redondo, preguntándome qué es lo que habrá salido de aquí dentro de un año y acordándome de esta pieza del noventa y cinco a la que me encantaría abrazarme si no fuera porque la tengo almacenada en El Jacalito y debe de estar más fría que el gorro del doctor Zhivago.

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Larva, 1995.

Optimismo

Entre las muchas felicitaciones que los humanos nos hacemos unos a otros, y a veces a nosotros mismos, hay una que se expresa en una frase que da que pensar: “que cuando peor estemos, estemos como hoy”. No sé de donde procede tamaña cicatería en la expresión de un deseo.

“No, por favor”, dice alguien tímidamente. Y le miramos con sorpresa, como si nos pareciera imposible que su situación no admita prolongación, que rechace nuestro impulso de hermanarnos en un confortable bienestar, que se proteja de nuestro buen deseo como si fuera una maldición.

“Que cuando peor estemos, estemos como hoy” puede significar: que sigamos al borde del desahucio, que sigamos durmiendo en la calle, que sigamos siendo maltratados, amenazados o perseguidos, que sigamos privados de libertad, que sigamos lejos de las personas queridas, que sigamos siendo ignorantes y/o esclavos, que sigamos aprisionados por la enfermedad, que sigamos, en fin, en una situación en la que seguir es imposible porque un solo día más de “estar como hoy” significa el hundimiento inexorable, la caída en ese espacio oscuro del que ya nada puede rescatarnos y cuyo final no es otro que la muerte o el olvido, en definitiva, la desaparición.

“Que cuando mejor estemos, estemos como hoy”… Estar como hoy, para muchos, no es una opción. Es un camino cerrado.

¿Y para el resto? ¿Tenemos motivos para creer que vamos a poder optar por seguir como estamos?

A veces abre uno los párpados

A veces abre uno los párpados en el momento exacto en que la luz del alba aún no vence a la oscuridad del cuarto. Los pocos puntitos brillantes de algún aparato eléctrico brillan como diamantes en una cueva y sientes el espacio como quien se asoma a la poza de un río en una tarde resplandeciente de verano. El día entra en la retina y la confusa presencia de los sueños retrocede y se acurruca como un vampiro. Tal es el agradecimiento de los ojos a la luz.

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La ola

A medida que se congela, la ola va escupiendo cuchillos de hielo. No hace mucho era un manto líquido, vivo y resplandeciente. El frío ha ido cuajando en ella, primero, el quebradizo estupor, la densa amargura después, y por último un resentimiento sólido expresado en punzones transparentes. ¿Es esto el invierno? No, es el desengaño. Pero para entenderlo, tendríais que ver cómo se congela una ola en Siberia.

 

Victorino

Victorino entró renqueando en el comedor, se sentó a la mesa del desayuno y dirigiendo a los demás una mirada triunfante, reveló:

— ¡Demostrado! ¡Los Reyes son los padres!

— ¿Qué dices Victorino? -preguntó Rosalía- ¿Cómo lo sabes?

— Pues lo sé porque los míos no han venido.

Como todos los años, se hizo el silencio ante de la clarividencia inversa de Victorino. Margarita, que servía el chocolate en las tazas y era nueva, preguntó a la cuidadora:

— ¿Y se entera ahora?

— ¡Qué va! Es que siempre se acuerda el seis de enero ¿Verdad Victorino?

Y todos empezaron a mojar el roscón, primero en la luz que entraba por las ventanas, luego en el humo de las tazas y finalmente en el chocolate clarito.

 

A saber

¿Por qué se dice vete tú a saber? Pues… ¡a saber! ¿Quién sabe? He buscado la respuesta con la vaga esperanza de que fuera una deformación de la frase latina “Sapere aude”: “Atrévete a saber”. Para mi desgracia he caído en Yahoo Respuestas: el maremágnum del disparate, en donde la mitad de los que responden no saben la respuesta, la otra mitad no entiende la pregunta y el 75% no ha oído jamás hablar de la ortografía. Es un mundo al revés, en el que el ciego quiere guiar al tuerto.

Concedámosle al tuerto el beneficio de la frase latina al completo, que, por cierto, es de Horacio: Dimidium facti, qui coepit, habet: sapere aude, / incipe (Quien ha comenzado, ya ha hecho la mitad: atrévete a saber, empieza). El conocimiento ligado a la acción: emprender un camino, hacer un viaje, caminar por un paisaje y ser consciente de que todo lo que se nos ofrece a la vista, allá en el horizonte y en los márgenes del sendero por el que transitamos, es aquello que desconocemos y probablemente nunca abarcaremos, aunque de vez en cuando nos salgamos de la ruta y vayamos de picnic por territorios inexplorados.

No hace falta acudir a la mística oriental: desde Cervantes hasta Kerouac nos dicen que el aprendizaje está en el camino. Pero no basta con la experiencia iniciática, amigos de la Universidad de la Vida, entusiastas solventadores de dudas en Yahoo Respuestas. Aunque muchos nos quedemos por el camino (lo mío, ya sabéis, es el deambular sin rumbo, el picnic y el picoteo), el objetivo del aprendizaje es el conocimiento.

Sapere Aude es el lema adoptado por muchas universidades. Ya lo dice el refrán: “quien quiera saber, que vaya a Salamanca”, en donde se encuentra la universidad más antigua del mundo hispánico, la tercera más antigua de Europa. De hecho, fue la primera institución educativa europea que obtuvo el título de Universidad, en 1252. Podéis buscarlo en la Wikipedia sin moveros del sitio.

Berger

John Berger también se ha ido. Cuando murió Cohen, cruzaba yo los dedos para que JB durara un poco más, con poca esperanza porque era un señor muy mayor. Igual que Cohen en el estudio, Berger me acompañó muchos veranos, allá en tiempos, cuando mis hijos eran pequeños, como en un ritual: a Cantabria con un libro de Berger en la maleta. Los niños crecieron, ya no voy al norte, me quedan libros de Berger por leer y…

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